Vivimos en una época en la que, si no hubo fuegos artificiales, parece que no pasó nada, como si el tiempo necesitara validarse a través del ruido, la explosión en el cielo y el olor a pólvora. Si no hubo color, estruendo o conclusión explícita, se sospecha que se perdió algo, que no se avanzó, que el tiempo invertido fue inútil. Es en medio de esa bulla donde reflexionamos menos desde la ideología pasajera y damos más espacio a lo concreto, sin acusar con premura, intentando describir.
Hay momentos, especialmente de cierre de ciclos, en los que nos permitimos una reflexión minuciosa y precisa, encontrándola más potente que denuncia frontal. Esto no implica neutralidad vacía ni renuncia al criterio. El cielo estalla en celebración e inspira. La reflexión se limita a constatar: esto duele, esto falta, esto podría ser mejor. En esa mirada no hay rabia o resentimiento, pero sí discernimiento; no hay absolución inmediata ni condena automática. Un momento especial que no busca exceso ni aplauso, sino verdad. Con suerte, la admiración por las luces nos recuerde también lo bello que es tomar una pausa reflexiva, a modo de que lo vivido no se vuelva ruido acumulado. Mientras algunos aprenden cantando y otros mientras viven, sin reflexión no vale la pena lo que sigue.
Se dice que la retrospectiva tiene visión perfecta, como si la claridad que llega tarde fuera apenas un premio de consuelo, una cortesía del destino que aparece cuando ya no sirve. Pero la claridad tardía no está hecha para explicar ni justificar; su función es reconciliar. No con lo ocurrido, que permanece inalterable, sino con quien uno fue mientras atravesaba la tormenta. Porque hay etapas que se viven sin mapa, sin brújula y sin norte, momentos en los que no queda otra opción que quedarse, sostenerse y permanecer. Pies firmes en la tierra. Aire que se respira. Una calma que no proviene de la ausencia de fuego, sino de la capacidad de dominarle. La claridad tardía no reescribe el pasado ni corrige sus formas; simplemente permite habitarlo sin vergüenza.
Este año pasó algo real. Se percibe en el cansancio que queda cuando termina. Hubo intercambios injustos, estándares mal definidos, dudas persistentes, desconfianzas, deslices, supervivencias e inflación. Hubo desgaste, sin duda. Y aun así, no hubo colapso total. Afortunadamente, acá estamos, con esperanza. Afortunadamente, muchas cosas lograron sobrevivir y se han ido adaptando. Tal vez, con suerte, aprendieron a moverse de otro modo. El sentido del humor no desapareció; afinó su puntería. La curiosidad dejó de dispersarse y aprendió a concentrarse mejor. La humildad se mantuvo separada tanto de la ingenuidad como del orgullo, y la firmeza no se transformó en dureza. No quedó cinismo como cicatriz ni grandilocuencia como consuelo. Como dice Žižek, no siempre se viene a esta vida a ser más felices, pero sí a volverse más interesantes.
El triunfo, si es que hubo uno, no consistió en hacer que algo funcionara, porque no todo lo que funciona merece ser preservado. El verdadero logro fue no deformarse en el intento, no traicionarse para resistir; poder mirar atrás y decir, sin dramatismo ni épica: no fue limpio, no fue sencillo, no fue fácil, pero tampoco fue una renuncia a lo esencial. Hay derrotas que son la única manera de no perderse y victorias que, en cambio, pueden convertirse en una maldición.
Al inicio de un nuevo ciclo, conviene recalibrar el aparato: agradecer la posibilidad de seguir aprendiendo, buscar nuevos equilibrios y resguardar la esperanza en un futuro que no exija demostraciones forzadas, mentiras necesarias ni violencia como argumento, sino coherencia, continuidad y soluciones. Un futuro que permita repetir lo que vale la pena y soltar lo ruidoso e innecesario; que llegue con música lejana, calma de montaña y mañanas claras; con celajes, buenos vientos, aventuras y logros. Seguimos aquí, siendo lo que somos, avanzando. Y eso no es poco.
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