Memorias y anécdotas/ Un sacerdote escritor

Escribir sobre Hugo Estrada es hacerlo de un amigo que se lleva en el corazón, de un excelente profesor de literatura y de un escritor que ha puesto su talento al servicio de Dios, de la Virgen María y en los valores espirituales en los que cree.

Max Araujo

febrero 22, 2026 - Actualizado febrero 21, 2026

El sacerdote y escritor Hugo Estrada (1936). Foto: Boletín Salesiano

Uno de mis profesores de literatura, en mis estudios de bachillerato en el colegio Salesiano Don Bosco, en la década de los sesenta del siglo pasado, fue el sacerdote salesiano Hugo Estrada, muy conocido por sus mensajes radiales y televisivos en Radio María y Jesús TV, pero sobre todo, por su militancia activa en la Renovación Carismática. Es, además, un escritor de literatura y de  temas católicos, con más de treinta libros publicados, con muchas reediciones de los mismos, dentro y fuera de Guatemala. Me atrevo a decir que en el ambiente del catolicismo de habla hispana es un autor muy leído.  

Algunas de sus obras han sido traducidas al alemán y al inglés. Ha sido incluido en antologías de poesía, entre estas: Verde hierba y Poesía Hispanoamericana, editadas respectivamente en España y Argentina. También forma parte de antologías guatemaltecas como Los nombres que nos nombran y La poesía del grupo Rin 78, cuyos antólogos fueron: Francisco Morales Santos, de la primera y Luz Méndez de la Vega de la segunda. Por 18 años fue editor de la revista Boletín Salesiano, que nos llega periódicamente a quienes formamos parte de la comunidad salesiana. En mi caso como exalumno.

Recuerdo de él cuando todavía era el señor Estrada. Con la palabra  “señor” y su apellido se designaba, en el colegio Don Bosco, a los seminaristas que nos dieron clases. Primero fue alumno regular del  mismo colegio, al igual que sus hermanos: Vita, un extraordinario jugador de futbol. Otro siguió sus pasos en el sacerdocio; ambos ya fallecidos, y  a Pepe, mi amigo,  quien por años fue encargado de la página cultural del diario El Gráfico. Actualmente dirige el semanario El Sol de Mixco. Es esposo de una de las dueñas del teatro Abril.

Recuerdo también a su mamá y a su hermana, a quienes solo saludaba, al asistir a actividades del colegio, entre estas las recordadas kermeses, las fiestas de María Auxiliadora y de don Bosco. La familia Estrada pertenecía a una de las familias de la zona 8, residentes en la avenida que en ese entonces se llamaba Santa Cecilia, cercanas a nuestro centro de estudios. Otra de estas fueron las familias López y Liano. Creo que las relaciones de esas familias con el colegio se dieron por el carisma de los salesianos, por su cercanía a la cultura italiana, y por sus actividades dominicales en sus “Oratorios”. De uno de ello participé en los campos del Cejusa, en la zona 11, cuando con los de “mi cuadra”, podría decirse “pandilla”, de la 3 calle B de la zona 7, en donde se encontraba nuestra vivienda,  formamos el equipo de futbol “Saetas”, que aún vive en  el imaginario de nuestra adolescencia y  juventud.

De mi época escolar, como alumno del padre Estrada, rememoro que de apodo se le decía “pajarito”, por su físico delgado. En esa época él era estudiante de la carrera de letras de la Universidad de San Carlos. Creó y dirigió, en ese entonces, una pequeña revista que llevó el nombre de Ecos del Don Bosco. Todavía tengo ejemplares de la misma. En ese medio de comunicación, en la que escribieron alumnos, se estrenaron como escritores Dante Liano, Arturo Monterroso, Franz Galich, Celso Cerezo Mulet, Alfonso Mata y Fernando González Davison, entre otros.

Tengo presente cuando nuestro personaje obtuvo la licenciatura e hizo su tesis de graduación sobre la poesía de Rafael Arévalo Martínez.  Recreo en mi memoria algunas de sus explicaciones y la lectura que nos hizo de algunos de los poemas de ese importante escritor guatemalteco, abuelo de  Rodolfo Arévalo, crítico literario y estudioso de la filosofía. Don Rafael fue papá de doña Teresita, del mismo  apellido, autora de dos valiosos tomos, extensos en número de  páginas, sobre la vida y obra de su papá, que vale la pena leer. Ella fue muy apreciada en el medio cultural de Guatemala. Don Rafael fue suegro de don Ricardo Juárez, de la editorial Landívar, quien con su generosidad hizo posible la publicación de obras de algunos escritores de la segunda mitad del siglo pasado, por eso los miembros todavía vivos del Grupo Nuevo Signo, lo mencionan con respeto y afecto.

Escribir sobre Hugo Estrada es hacerlo de un amigo que se lleva en el corazón, de un excelente profesor de literatura y de un escritor que ha puesto su talento al servicio de Dios, de la Virgen María y en los valores espirituales en los que cree. Es un sacerdote querido y admirado por muchas personas. Yo soy uno de ellos, aunque  tengo años de no conversar con él. Una de las últimas veces que lo hice fue para la presentación de la una novela  de Dante Liano. Se que vive su ancianidad con mucha actividad en la Parroquia de La Divina Providencia, en la zona 8 de la ciudad de Guatemala. A las misas que oficia acuden muchos fieles. A veces le escucho en sus programas de radio.

Una década después de mi egreso del colegio salesiano, siendo ya abogado y notario, por títulos que obtuve en la Universidad Mariano Gálvez, cuando inicié mis estudios de filosofía y letras en la Universidad Landivar, se nos ocurrió formar el grupo editorial Rin 78 e invitamos al padre Hugo Estrada para que fuera miembro. Aceptó y formó parte del mismo. Asistió a algunas reuniones y dio puntualmente sus aportaciones económicas.

En el grupo editorial Rin 78, durante mi presidencia, entre otros libros que se publicaron está el poemario Ya somos una gran ciudad de Estrada. Años después, 1984, cuando inicié mi propia editorial Nueva Narrativa, uno de los dos primeros libros publicados, con el que se presentó la empresa, en un acto que se realizó en el IGA, fue una serie de cuentos de su autoría con el título Por el ojo de la cerradura. El otro libro para esa presentación fue Instructivo Breve para matar al perro, de Víctor Muñoz, Premio Nacional de Literatura.

En sus inicios, los primeros libros de Rin 78 se publicaron en Impresos Industriales, una imprenta que se encontraba en la zona 9, propiedad de un ingeniero de nombre Guido Cosenza. En esos años, a fines de los setenta, por causas que ignoro, en esa empresa privada se publicó la revista “Alero” de la Universidad de San Carlos. Y dado que por una recomendación que me hicieron en esa imprenta se imprimió mi tesis de graduación como licenciado en ciencias jurídicas, en 1976,  siendo yo el coordinador del grupo indicado busqué la empresa indicada para la publicación de nuestros libros. Tuve la suerte de encontrar ahí, como uno de sus trabajadores, a Andrés Román Galindo, amigo desde mi adolescencia, vecino de cuadra y barrio, quién asumió como propias esas impresiones. Una de ellas fue el libro de poesía de Hugo Estrada, antes indicado. Desde esa época hasta nuestros días Andrés ha sido coprotagonista, al igual que Paco Morales Santos, de casi todas mis aventuras editoriales. Lo hizo con la mayoría de los libros de Nueva Narrativa y de otros de mi autoría. Aún trabaja con un equipo modesto de su propiedad el oficio de impresor.  A pesar de la distancia geográfica, por una ciudad que se desbordó hacia los alrededores, nos mantenemos en contacto por la vía telefónica. Nos encontramos con él y su familia de vez en cuando.

De Impresos Industriales recuerdo que, en una ocasión, en los años ochenta, el ejército de Guatemala comenzó a hacer cateos en imprentas de la ciudad de Guatemala, por lo que nos avisaron a varios clientes de esa imprenta, por si nos interesaba, que llegáramos lo más rápido posible a su sede, para que tomáramos libros y revistas que nos interesaran. Fue así como me hice de una modesta colección de la revista “Alero” y de unos grabados del tecolote Ramírez Amaya. Al final no hubo ningún cateo a dicha empresa.

Ahora que estoy viviendo mis años dorados, -en unos días cumpliré setenta y seis años-, al recordar hechos de mi vida reconozco y agradezco a mis padres el haber estudiado en el colegio Don Bosco en donde tuve profesores como Hugo Estrada, quienes marcaron con sus enseñanzas y ejemplos parte de mi camino. Mi papá a pesar de que él no tuvo estudios y que creció como campesino, nos apoyó a sus hijos para que estudiáramos. Nos dio oportunidades que él no tuvo.

Soy lo que soy con mis defectos, aciertos y debilidades.

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