A comienzos del siglo XIX el pensador francés Destutt de Tracy publicó un libro llamado Elementos de la ideologíaen el que se propuso convertir las ideas de los seres humanos que considera como estados de consciencia como objetos de estudio científico. Así, como las ciencias de la naturaleza estudian los objetos y fenómenos de la realidad natural, la ideología es la ciencia que estudia las ideas para conocerlas en su plenitud y profundidad. En ese sentido la ideología la quiso presentar como una especie de metafísica filosófica de las ideas o del saber que contienen, como el fundamento universal y esencial de esas ideas.
Poco tiempo después Marx y Engels publicaron su voluminoso libro llamado La ideología alemana en la que examinan críticamente con extensión el pensamiento de los jóvenes hegelianos. Pero, le dan un giro significativo porque las raíces de las ideas que estudian no están en la naturaleza de los hombres, sino en el carácter idealista y antropológico de las mismas. Hecho, que les da, además, un carácter falso. En efecto, la ideología se convirtió en sus manos en un conjunto de ideas falsas que los pensadores o filósofos neo-hegelianos estaban tratando y exponiendo en sus obras. Dicen en el prefacio: “Hasta ahora, los hombres se han formado siempre ideas falsas acerca de sí mismos, acerca de lo que son o debieran ser.
Han ajustado sus relaciones a sus ideas acerca de Dios, del hombre normal, etc. Los frutos de su cabeza han acabado por imponerse a su cabeza. Ellos, los creadores, se han rendido ante sus criaturas. Liberémoslos de los fantasmas cerebrales, de las ideas, de los dogmas, de los seres imaginarios bajo cuyo yugo degeneran. Rebelémonos contra esta tiranía de los pensamientos. Enseñémoslos a sustituir estas quimeras por pensamientos que correspondan a la esencia del hombre, dice uno, a adoptar ante ellos una actitud crítica, dice otro, a quitárselos de la cabeza, dice el tercero, y la realidad existente se derrumbará”.
La ideología es, entonces, un conjunto de ideas pretendidamente filosóficas o teóricas que son falsas por el carácter idealista o antropológico que tienen, y, que, se contraponen a la concepción materialista del hombre y de la historia que estaban elaborando y exponiendo en ese libro, y, que para ellos era la única científica y válida. Ideas falsas, que, además, contribuyen a formar la conciencia de la sociedad, haciendo de esa conciencia una falsa consciencia.
Aquí, Marx y Engels, entonces, al afirmar que esas ideas son falsas lo que hicieron fue criticarlas precisamente por serlas, con el argumento central de que no se ajustaban a la realidad objetiva y material de la historia y la sociedad. Exponer y criticar las ideas filosóficas o teóricas de carácter idealista o naturalista que consideraban falsas se convirtió para ellos en una labor primordial en la medida que, así abrían el camino para elaborar y exponer las nociones y conceptos dialécticamente opuestos de carácter materialista que refutaban esas ideas.
Así, entonces, la crítica de la economía política que llevó cabo Marx en su obra El Capital lo es porque critica las teorías económicas formuladas por los fundadores de la ciencia económica moderna Adam Smith y David Ricardo. Teorías, que, contienen hallazgos cognoscitivos valiosos como, por ejemplo, el del papel primordial que desempeña el trabajo humano, y, su división en diferentes ramas, en la formación de la riqueza social, el de medir el valor del trabajo en relación con el tiempo que emplean los trabajadores en la producción de una mercancía, o, en haber señalado y descrito el doble valor que tienen las mercancías el de uso y el de cambio.
Pero, integradas a estos hallazgos cognoscitivos existen en estas teorías ideas falsas de carácter naturalista o idealista. Así, por ejemplo, la idea de Smith expuesta en su célebre libro La riqueza de las naciones de que el mercado de la economía capitalista es un orden natural ordenado por una “mano invisible” que lo guía y dirige semejante a los existentes en la naturaleza en la medida que los intereses privado, individuales o de cada grupo social se armonizan siempre con los intereses generales. En la medida que el trabajo se divida de manera racional, los beneficios que obtengan las empresas capitalistas privadas en una sana competencia con otras, redundaran en beneficio de toda la sociedad. El interés particular de unos termina siempre coincidiendo con el interés general de todos.
Dice Smith: “Por lo tanto, como cada individuo se esfuerza tanto como puede por emplear su capital en el sostenimiento de la industria doméstica, y por dirigir esa industria de modo que su producto sea del mayor valor; Cada individuo se esfuerza necesariamente por hacer que los ingresos anuales de la sociedad sean tan grandes como puedan. Por lo general, de hecho, no tiene la intención de promover el interés público, ni sabe cuánto lo está promoviendo. Al preferir el apoyo de la industria nacional al de la extranjera, sólo pretende su propia seguridad; Y al dirigir esa industria de tal manera que su producción sea del mayor valor, sólo pretende su propio beneficio, y en esto, como en muchos otros casos, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no formaba parte de su intención. Y no siempre es peor para la sociedad el no haber formado parte de ella. Al perseguir su propio interés, con frecuencia promueve el de la sociedad más eficazmente que cuando realmente tiene la intención de promoverlo”.
Esta idea es falsa para Marx porque precisamente presenta el orden de la economía capitalista como si fuera un orden natural regido por una especie de ley que llama “la mano invisible”, y, que, por lo tanto, funciona al margen de la actividad de los hombres basada en sus intereses materiales. Pues, son los hombres los agentes activos que forman todo orden económico en la historia de acuerdo a sus intereses reales y objetivos. Idea de Smith, que, además, ha servido a los empresarios privados capitalistas para justificar y defender el régimen de producción capitalista del que son parte fundamental y privilegiada.
De ahí, que Marx centró su crítica de esta idea mostrando y explicando que la economía capitalista no es una realidad natural, sino histórica, una realidad, como acabamos de decir, forjada por la actividad o la praxis de los seres humanos que evoluciona, se transforma y cambia en el tiempo. Y, además, sosteniendo que los intereses económicos de los empresarios capitalistas no coinciden con los intereses de los obreros que contratan como fuerza de trabajo para ejercer las funciones laborales. Hecho, que trató de probar documentando ampliamente el fenómeno de pauperización en que vivían los obreros ingleses mientras que los empresarios obtenían cada vez más mayores ganancias que se debía a que los empresarios explotaban a sus obreros de manera sistemática, pagándoles unos salarios que no correspondía al valor de la fuerza de trabajo que habían desempeñado en cada jornada laboral. Es decir, que obtenían un valor adicional o mayor, al del valor real de la fuerza de trabajo de los obreros, la plusvalía, y, que, constituida la raíz de esos grandes beneficios que lograban. Este hecho demostraba que los intereses de los capitalistas no solo no coincidían con los de sus trabajadores, sino, que, además, eran opuestos o contrarios. El interés de los empresarios era el de mantener la plusvalía, mientras que el de los obreros era el de suprimirla.
Sin embargo, con el paso del tiempo y la evolución de las fuerzas productivas de la economía capitalista dada por el aumento creciente de la productividad del trabajo gracias a la incorporación de nuevos medios técnicos fundados en los conocimientos científicos de la naturaleza –la ciencia como una fuerza productiva directa-, se puso de relieve que esta crítica de Marx a la idea de Smith perdió fundamento debido a que la lucha incesante de los obreros y sus organizaciones lograran suprimir la plusvalía, es decir, lograran conseguir un salario que correspondiera al valor de la fuerza de su trabajo empleada en cada jornada, con el cual pudieran adquirir los bienes y mercancías que necesitaban para vivir con sus familias. Esto condujo a que los trabajadores se integrarán a la económica capitalista porque se sintieron
conformes con las condiciones de vida que habían obtenido en este orden económico. Los llamados Estados del bienestar que se construyeron en los países nórdicos y otros países europeos capitalistas a partir de la segunda guerra mundial fueron precisamente obra de un gran acuerdo entre los empresarios y los trabajadores en el que se establecía y aseguraba las condiciones necesarias de una vida humana digna para todos los miembros de la sociedad. Acuerdo que se hizo con la participación activa de los agentes del poder estatal, y, que, significó que todos aceptaban vivir, invertir y trabajar en este orden económico capitalista.
Por esa razón, la crítica de Marx a la idea esencial de Smith resultó en cierta medida fallida. Es decir, esta idea de Smith no era tan falsa como pensó Marx. Pues, la formación del Estado de bienestar en el capitalismo avanzado, aunque en crisis actualmente, mostró que es posible que los intereses de los empresarios coincidan con los de los trabajadores. Si bien es cierto e indudable que esta coincidencia que no se da en los términos que sostuvo Smith. Pues, los crecientes beneficios que obtienen los capitalistas con la tecnificación de los procesos productivos y el aumento de la productividad del trabajo, no redundan casi nunca en beneficio de los obreros y del resto de la sociedad. Son recursos que los empresarios no usan para beneficiar social o económicamente al resto de los miembros de la sociedad, salvo contadas excepciones. De ahí, que la coincidencia relativamente armónica entre los dos, como hemos dicho, se presentó en plano diferente, el de que los obreros consiguieron con sus luchas que los empresarios pagaran salarios equivalentes al valor real de la mercancía fuerza de trabajo que les vendían en el mercado laboral. El precio justo que los empresarios del capitalismo avanzado comenzaron a pagar por la compra de esta mercancía fuerza de trabajo fue la que hizo posible esa relativa coincidencia o acuerdo entre ellos.
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