Carlos Navarrete Cáceres. Foto: https://alchetron.com/
El 29 de enero recién pasado, tuve una (como siempre) agradabilísima conversación con el Dr. Carlos Navarrete Cáceres, la cual fue vía telefónica, él desde su casa en la Ciudad de México y yo desde la mía en la Ciudad de Guatemala. Hablamos de tantas cosas (como siempre): la situación actual de ambos países y de América Latina, de la antropología y de la arqueología, de literatura, de recuerdos comunes y de proyectos académicos. La llamada era fundamentalmente por un motivo: felicitarlo por su cumpleaños. Ese día, el maestro Navarrete cumplió 95 años de edad. “No todos los días se cumplen”, me dijo riendo, “y no todos los días puede uno felicitar a un querido maestro que los cumple”, le respondí, seguido de un “pero son los primeros 95, querido maestro”. Los varios minutos que duró la conversación transcurrieron “muy sabrosos”, en palabras del maestro Navarrete, “porque cuando se habla de estos temas debe ser sabroso” dijo riendo, y así nos despedimos.
Don Carlos Navarrete Cáceres es de esas personas que lo dejan a uno con alegría, a pesar de circunstancias difíciles que se puedan estar viviendo. Es un intelectual que nunca se ha jactado de su gigantesco conocimiento, de su gran experiencia y de sus tremendos aportes en las ciencias sociales y las artes. Al contrario, los ha puesto al servicio de los pueblos y de quienes le buscamos. El objetivo de esta columna no es hacer un listado de todo lo que nos ha legado, porque necesitaríamos muchas columnas. Hay bastantes sitios electrónicos en el campo académico y de la literatura que reúnen la historia de vida de Carlos Navarrete Cáceres y pueden ser consultados; también están sus libros, los innumerables artículos académicos que ha escrito, los materiales audiovisuales sobre su trabajo y las referencias que lo citan, constituyendo todo esto parte integral de su persona; y, seguramente, podremos contar con trabajos biográficos sobre él, ampliando algunos que ya existen.
Estoy escribiendo estas líneas desde un plano más relajado, para hablar de la influencia que en múltiples áreas ha dejado en mí, como en muchas otras personas, el querido doctor Navarrete. Y es que al maestro lo hemos podido conocer en una conferencia muy rígida en varios espacios del mundo académico y cultural, pero también alrededor de una mesa con rica comida y espirituosas bebidas. También en una calle, en una banqueta, en una plaza, en un parque, en un camino, en un corredor universitario, en un aula, en una librería, en una feria o en un atrio de iglesia. Lo hemos escuchado en disertaciones y nos ha escuchado él, paciente y con deferencia y disposición, con preguntas de todo tipo que buscan y encuentran respuestas científicas. Pero al mismo tiempo, en otros lugares compartiendo también con él, esas preguntas y esas respuestas se convierten en diálogos más en confianza, más abiertos y fluidos. Y es que con una persona como Carlos Navarrete Cáceres se aprende y se sale bien, siempre. Por eso es que había muchísimas personas en su celebración de cumpleaños en la Ciudad de México el sábado 31 de enero de enero, gozando de tal acontecimiento. Y aunque en el maestro Navarrete estén integrados tantos caminos trascendentales para las disciplinas de la historia, la antropología y la arqueología; para la literatura (es Premio Nacional de Literatura, concedido en el 2005); para los estudios de la cultura y el arte, y para la praxis revolucionaria, su esencia precisamente es esta última en todo lo que hace. Sus doctorados honoris causa de la Universidad de San Carlos de Guatemala (2007) y de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (2015) no lo han convertido en alguien inalcanzable para las demás personas, sino todo lo contrario. Cada uno de sus destacados méritos y justos reconocimientos fortalecen lo más meritorio que posee: su altísima calidad personal basada en la sencillez y la alegría por la vida. En ese ser humilde y asequible se están las cualidades más profundas de su genialidad.
Él mismo se define como un “peregrino por los caminos de América”. Y es cierto. Siendo “el guatemalteco de la arqueología mexicana”, con más de medio siglo de carrera profesional, es su nombre una institución en el campo de los estudios históricos, arqueológicos y culturales mesoamericanos. Guatemala por nacimiento y México por adopción le han dado su formación y su conciencia, también como él lo dijo en su célebre discurso de recepción del doctorado honoris causa que la Universidad de San Carlos le otorgó por iniciativa de la Escuela de Historia. Y él nos ha dado a tantas personas esa alegría que saben dar los seres humanos sabios, buenos y sin pretensiones. Por ello es que los 95 años de Carlos Navarrete Cáceres son para que los celebremos todos quienes le queremos y le debemos tanto, porque en su vida fluye la historia reciente de la Guatemala a la que viaja real o imaginariamente, tal y como él lo expresó en aquel memorable acto en el Salón Mayor “Adolfo Mijangos López” de la antigua Facultad de Derecho, hoy Museo de la Universidad de San Carlos de Guatemala.
La generación de intelectuales, artistas y revolucionarios a la que pertenece Carlos Navarrete Cáceres en Guatemala, que tanto ha aportado a América Latina, se está yendo. Él es un andante que mantiene la luz encendida, algo digno de valorar, porque más allá de su obra que es eterna, su persona cotidiana tiene tanto que hacer y decir, lo cual es necesario en un mundo que en la actualidad nos lleva por derroteros muy oscuros. Carlos Navarrete es una esperanza icónica que permite mantener conectados los hilos del tiempo histórico, lo que es un contrapeso a tanta deshumanización que nos rodea y amenaza. Con mi querido amigo Jaime Barrios Carrillo, quien también tiene una gran amistad con Carlos Navarrete, conversamos en esos días previos del cumpleaños del maestro sobre la infinita relevancia de su obra, pero sobre todo de la claridad con que su pensamiento ha contribuido para que analicemos Guatemala y la región mesoamericana de manera multidimensional.
Aprovecho estas líneas para agradecer a otro gran y reconocido arqueólogo guatemalteco, el Dr. Édgar Humberto Carpio Rezzio, otro de mis grandes amigos y compañeros, y quien fue un destacado alumno del maestro Navarrete, el habérmelo presentado hace ya varios años atrás, iniciando así una amistad invaluable e imperecedera. La primera plática fue sobre los exiliados españoles en México y Guatemala por la Guerra Civil española, y su pertenencia al Grupo Saker Ti y a la Revolución guatemalteca, influyendo, junto a otros queridos profesores de mi formación, en que esa línea de estudio sea de las más importantes en mi carrera actual. Y la conversación se trasladó, aquella noche, de los corredores de la Escuela de Historia a un restaurante de comida china, alrededor de una mesa que nos brindó la hospitalidad del maestro Navarrete. Y, hasta la fecha, ese maestro hospitalario sigue incólume como el gran humanista que es, aceptándome como su amigo, al igual que lo hace con tantas otras personas que nos preciamos de su amistad y enseñanzas.
En marzo del 2023, tuve el alto honor de ser uno de los presentadores de su libro “En el corazón verde de América”. Pablo Neruda en Guatemala, publicado por Editorial Catafixia, en un acto en dicha librería guatemalteca. Los escritores y editores Luis Méndez Salinas, Carmen Lucía Alvarado, y el maestro Navarrete, me eligieron para esa tarea, algo que agradeceré por siempre. Al terminar mi intervención, su mano se posó sobre mi brazo, en señal de satisfacción y afecto, lo cual recordamos en esta llamada por su cumpleaños 95. “Somos colegas y amigos cucuruchos, revolucionarios comunistas también”, me dijo entre risas, evocando esa bonita noche del libro sobre Neruda. Su mano y sus palabras son privilegios que me ha dado la vida.
¡Salú, maestro Navarrete, salú y larga vida!
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