La verdad de las mentiras

En el ambiguo tiempo del arte, que se parece al de la ilusión o al del sueño o al del ensueño las cosas pueden pasar o no pasar, o bien, las cosas pueden pasar porque no han pasado…, porque quién sería capaz de negar que la vida, más que exacta y precisa, es ondulante y ambigua.

Rogelio Salazar de León

julio 13, 2025 - Actualizado julio 12, 2025

Si el universo, en lugar de ser un caos, es un cosmos, eso se debe a la gracia de Dios; al menos eso hubiera pensado Dante, que escribió un libro magnífico para decirlo y no sólo pensarlo; ese libro quiere dar cuenta de eso desde el propio título, porque su nombre es: “La Divina Comedia”.

El orden que Dante propone no sólo sigue los rigores que cualquier sistema requiere, sino que busca ser pleno y completo, es decir, que abarca todos los saberes de su tiempo: la religión cristiana, la filosofía, las artes, la historia, la política; otro italiano unos cuarenta años mayor que Dante, de nombre Tomás de Aquino ha culminado un proyecto colosal, también colmado de ansias absolutas.

Dante y Tomás, desde las bóvedas y torres góticas del siglo XIII han trabajado con éxito eso que hoy llamaríamos: “teoría del todo”, al reunir en una obra todas las formas de saber de una época; sin embargo, aunque no lo parezca, puede ser que la poesía tenga más pliegues y dobleces que la propia filosofía o, para decirlo con otras palabras, puede que la obra de Dante sea menos ingenua que la de Tomás, porque a Dante le resulta más fácil admitir que el orden verdadero y último del universo es inaccesible para los hombres, porque Dante está más cerca de aceptar como lo más probable, que sea imposible acceder a la cuadrícula del mundo, al orden del universo.

Es posible responder a la cuestión ¿por qué estamos acá, si es que estamos para algo…? O bien ¿qué lugar ocupamos en el plan divino, si es que hay algún plan…?

En el noveno círculo del infierno, Dante y Virgilio encuentran al conde Ugolino, quien lame y muerde por toda la eternidad el cráneo de su enemigo, el odiado arzobispo Ruggieri; el conde suspende su digestiva labor, para contarles su historia: el arzobispo lo encerró en una oscura torre para que allí muriera de hambre con sus hijos, Ugolino, antes de morir, se habría alimentado de la carne de sus hijos, quienes habrían muerto antes que él.

Durante siglos los comentadores de Dante se han distribuido en dos bandos: aquellos que suponen que después del dolor, pudo más el hambre y Ugolino, en efecto, devoró la carne de sus hijos muertos; y los que suponen que Ugolino se dejó morir de hambre, sorprendido de que el dolor de ver morir a sus hijos ante sus ojos no lo matase antes.

Esa discusión y desacuerdo de siglos es posible, porque Dante en “La Divina Comedia” no resuelve el asunto del todo, porque el tiempo del arte lo permite, allí es posible dar sentido, más que al cumplimiento de la elección de lo uno o lo otro, a un tiempo que puede ser el de la esperanza o el tiempo del olvido; en el texto de Dante, el conde Ugolino come y no come la amada carne de sus hijos muertos, la carne de sus amados cadáveres.

De alguna forma sabemos, aunque no siempre estemos dispuestos a aceptarlo, que la vida real en el mundo está más hecha de las incertidumbres y de las indecisiones que de las certezas que busca la filosofía, la ciencia o los historiadores.

En el ambiguo tiempo del arte, que se parece al de la ilusión o al del sueño o al del ensueño las cosas pueden pasar o no pasar, o bien, las cosas pueden pasar porque no han pasado…, porque quién sería capaz de negar que la vida, más que exacta y precisa, es ondulante y ambigua.

El conde Ugolino, en el noveno círculo del infierno dantesco, devoró y no devoró el cuerpo de sus hijos, porque Dante soñó y se estremeció ante las dos angustias y quiso que el futuro también sintiera ambas angustias.

En el mundo de la vida, lo menos probable puede cumplirse en vez de lo más factible: más de una vez, alguien habrá sentido hervir su sangre, mientras las hojas del otoño caen de los árboles y el pelo se platea.

¿Quién, que alguna vez haya estado enamorado, no ha soñado un encuentro con su amor y, luego, esa ensoñación ha quedado guardada en la memoria de forma más viva, fija e indeleble que cualquier otro recuerdo de la vida diurna…?

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