El sentido religioso de la pobreza

En homenaje al gran papa que fue Francisco.

Camilo García Giraldo

abril 27, 2025 - Actualizado abril 26, 2025

Ilustración: Freepik

Los fundadores de la religión judía se percataron con gran agudeza que cuando los hombres viven en la pobreza sufren, es decir, que la falta de los medios esenciales y básicos para satisfacer sus necesidades vitales los hace sufrir. Y, sufren porque perdieron el lugar natural en el que habitaban –el paraíso terrenal– donde abundaban de modo inagotable todos los bienes que desean y necesitan para vivir con plenitud y de los que podían disponer sin ninguna dificultad; al perder la posibilidad de continuar viviendo en este lugar los hombres comenzaron a sufrir porque perdieron la posibilidad de satisfacer en el preciso instante de su aparición cada uno de los deseos y necesidades naturales que conforman sus vidas; es decir, comenzaron a sentir en su interior la tensión dolorosa que causa la presencia prolongada de estos deseos y necesidades esenciales insatisfechos ante la dificultad de encontrar y conseguir sus objetos.

Un sitio cuya imagen les fue inspirada por los parajes frondosos, llenos de vegetación y árboles frutales, de agua cristalina y limpia que había a las orillas de los ríos Tigris y Éufrates en la antigua Mesopotamia que denominaron el jardín del Edén y que describieron así: “Luego plantó Yahveh Dios un jardín del Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. Yahveh hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos para la vista y buenos para comer, y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Del Edén salió un río que regaba el jardín y desde allí se repartía en cuatro brazos”. (El Génesis. 2. La prueba de libertad. El paraíso. La Biblia).

De ahí, que al tomar y comer el fruto que Dios les había prohibido, al saber lo que era el bien y el mal, los hombres por una parte tomaron conciencia de que lo estaban viviendo, la abundancia y riqueza inagotable de todos los bienes necesarios para la vida que les proporcionaba felicidad plena, era el bien, y, por otra parte, al ser expulsados del paraíso por Dios como castigo por haberle desobedecido su prohibición, comenzaron a vivir la falta de estos objetos y bienes. Al comenzar a vivir esta carencia los hombres sintieron por primera vez el sufrimiento. Y, al sentirlo aprendieron o supieron lo que es el mal. Por eso, a través de este relato alegórico los judíos descubrieron y comprendieron algo esencial: que el mal es el sufrimiento que viven los hombres. Pero, sobre todo, el que viven debido a la carencia de los medios necesarios de vida, debido a la pobreza.

Esta concepción religiosa judía de la pobreza explica, en gran medida, su conducta a lo largo de su historia. A pesar de ser un pueblo paria o marginado, un pueblo que vivió en los márgenes de las sociedades europeas, y, sin un orden estatal y territorial propio durante 20 siglos, se propuso conseguir y acumular riqueza y bienes económicos con una voluntad férrea. Propósito, que logró desde los tiempos medievales practicando ampliamente el préstamo a interés o la usura a los creyentes católicos que la tenían prohibida por su Iglesia, y, creando desde los albores de la modernidad múltiples empresas bancarias, industriales y comerciales en el mundo.

De ahí, que Marx, pensador de origen judío, al preguntarse por el fundamento de la religión judía, contestara diciendo que “la necesidad práctica, el egoísmo… el dinero… La letra de cambio es el Dios real del judío. Su Dios es la letra de cambio ilusoria”. La enseñanza bíblica de que el bien radica en la felicidad que proporciona a los hombres la riqueza económica marcó sus mentes y sus conductas de modo decisivo a lo largo de la historia. El alcance de la riqueza material fue para ellos la manera esencial de alcanzar la felicidad que constituye el bien supremo de la vida. Por eso, la búsqueda y obtención de estos bienes materiales en los que empeñaron su vida en la historia quedó plenamente justificada: fue la realización del bien supremo de la felicidad en esta tierra. Y, de esta manera sienten que viven en el presente de la historia la felicidad que vivieron sus antepasados míticos originarios en el paraíso terrenal. Por eso, su pérdida no ha sido definitiva. Si bien no han recuperado su lugar físico natural, han recobrado, gracias a sus actividades económicas constantes, la función básica que cumplía de proporcionarles en abundancia los bienes necesarios para conservar y reproducir sus vidas. Y, al recobrarlo, sienten que se han hecho merecedores de la salvación después de la muerte, de ir al verdadero paraíso celestial eterno junto a Dios; es decir, de vivir eternamente felices. Al forjar con sus actividades prácticas grandes riquezas económicas, los judíos han forjado con sus propias manos una especie de nuevo paraíso terrenal para sus vidas que habían perdido en el pasado por su propia culpa; y al forjarlo, creen que se han acercado a la posibilidad de alcanzar el paraíso celestial eterno que Dios les ha prometido.

Por esa razón, para los judíos el cumplimiento de los 10 mandatos morales que Moisés escribió en nombre de Dios en las tablas de piedra es solo una condición necesaria para reconciliarse de nuevo con Él. La otra condición que deben cumplir es precisamente la de mostrarse a sí mismos, y, al propio Dios, que se la merecen con justicia por haber construido con su propio esfuerzo aquí en la tierra la réplica, ciertamente imperfecta y limitada, de este modelo ideal de vida feliz dado por y en el paraíso divino.   

Por su parte, los hindúes y los budistas, a diferencia de los judíos, no consideran que la pobreza sea una causa principal de sufrimiento de los seres humanos. Los seres humanos sufren más bien por dos causas diferentes: por una parte, por el hecho mismo de existir; el hecho de existir es por sí mismo un hecho de sufrimiento; y, por otra parte, por el deseo de vivir apegado o aferrado a las cosas del mundo que se tienen o se han conseguido. No es, entonces, la falta de bienes necesarios para vivir lo que hace sufrir a los hombres, sino el deseo que tienen de poseerles, de atarse a ellos. Pues, atarse a los bienes materiales los conduce al karma o al castigo de renacer después de sus muertes encarnados en otro ser humano cuya existencia estará marcada también por el sufrimiento. Liberarse de este karma es por lo tanto un deber esencial de todo ser humano que se logra absteniéndose de cometer faltas morales y desapegándose de los bienes materiales.

Y, Siddharta Gautama, Buda, pensó que la fuente del mal y el sufrimiento es el deseo casi natural que tienen los seres humanos de satisfacer a plenitud sus deseos naturales de comer, beber, etc.  Por eso trató, una vez, de abstenerse de satisfacerlos para suprimir el sufrimiento y encontrar la luz o iluminación de su auténtico y profundo ser. Sin embargo, este empeño lo llevó casi morir. Comprendió, entonces, que los seres humanos, no pueden ni deben tratar de despojarse o suprimir sus deseos naturales. Lo que tiene que hacer es, más bien, moderar y limitar su fuerza y presencia para que no los dominen, para que no controlen sus existencias. De tal manera, que la falta de bienes necesarios para vivir, la pobreza, es para él un hecho negativo no tanto porque hace sufrir a los hombres, sino, sobre todo, porque pone en grave peligro sus vidas que es el bien más preciado que tienen.    

Los musulmanes, herederos de la comprensión judía de la pobreza, sí la han considerado que esta es una fuente de sufrimiento. Por eso, uno de los deberes fundamentales que tienen es de dar limosna a los que la padecen, principalmente, a los miembros de su comunidad religiosa; es decir, darles periódicamente alimento, bebida, ropa y techo o dinero para que puedan comprar estos bienes en el mercado, y, así puedan palear esa pobreza que los hace sufrir. En la medida en que cada musulmán cumpla este deber no solo confirma ante sí mismo, y, ante los demás miembros de la comunidad, su condición religiosa de tal sino también cumple un deber moral de validez universal de ayudar que los pobres y necesitados a vivir, a conservar sus vidas de la manera más digna posible, para que se libren, así sea por un tiempo, de esta fuente de sufrimiento. Al hacer, esto los musulmanes pretenden mostrar en esta tierra un destello de lo que serán sus vidas en el paraíso después de sus muertes en el que habrá para todos, una inagotable abundancia de los bienes necesarios para vivir bien; hecho que les dará plena felicidad.

Y, Jesús de Nazareth, el fundador de la religión cristiana, aceptó como válida la enseñanza que había recibido de sus antepasados judíos que le pobreza hace sufrir a quienes la padecen. Pero, pensó que los pobres sufren más que los ricos o que los que tienen los medios necesarios para satisfacer sus necesidades vitales. Todos los seres humanos, tanto pobres como ricos, sufren porque se enferman y mueren. Pero, los pobres sufren más porque les faltan los medios necesarios para vivir, los medios que hacen posible la viva misma. De ahí, que en su importante sermón de la montaña dijera que “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”. Frase que complementó con otra: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos”. Para él, entonces, los pobres, al sufrir más que los demás seres humanos, tienen un mérito moral superior; un mérito que les da el privilegio de que las puertas del reino de los cielos, las puertas de la salvación eterna al lado de Dios, se les abra con mayor facilidad después de sus muertes. La vida eterna en el reino de los cielos será la justa compensación que recibirán por este sufrimiento injusto que han padecido durante sus vidas terrenales.

Esta referencia de Jesús a los pobres de espíritu incluye necesariamente a los pobres, a quienes les falta de manera regular los medios materiales que necesitan para satisfacer sus necesidades vitales. Y, la incluye, porque en esos tiempos los pobres eran siempre pobres de espíritu, personas que no sabían leer y escribir, personas iletradas e ignorantes que se encontraban en una posición diametralmente opuesta a los ricos letrados que habían leído los libros de las escrituras, es decir, a la posición de los doctores de la ley que él tanto criticó. De tal manera, que esta expresión de Jesús tiene el doble significado de indicar, por una parte, el mérito moral superior que tienen los pobres para obtener la salvación, y por otra, el de que no era necesario dominar la letra, haber leído los textos sagrados para lograr este bien supremo. La sola fe o creencia que los pobres tengan en su salvación es suficiente para que la puerta del reino de los cielos se les abra.

Sin embargo, con la reforma protestante llevada a cabo por Lutero y Calvino, esta concepción de Jesús sobre los pobres desapareció o perdió la relevancia central que tenía en la posibilidad de la salvación. Y, la perdió porque consideraron que todos los seres humanos, sean pobres o ricos, están marcados por el pecado original de manera profunda e imborrable, son de raíz pecadores. El pecado o la falta original que cometieron los primeros hombres, Adán y Eva, al desobedecer el mandato que Dios les había dado de no comer el fruto de un árbol, el fruto que les abría la posibilidad de saber lo que era el bien y el mal, no quedó borrado o suprimido por el castigo que recibieron de Él de ser expulsados del paraíso terrenal en donde vivían felices. Al contrario, es un pecado que ha permanecido vivo y presente en todos sus descendientes, es un pecado que se ha transmitido, se transmite y se transmitirá de generación en generación hasta el fin de los tiempos. Por esta razón, para Calvino nada les asegura la salvación eterna; ni el hecho de vivir en la pobreza, ni las buenas obras, ni el comportamiento moral correcto o justo, les proporciona de manera cierta y segura esta posibilidad que anhelan vivir. Solo es Dios quien en su soberanía absoluta e inescrutable decide quienes merecen esa salvación y quienes no la merecen; es Él quien otorga la gracia a unos hombres de salvarse para la vida eterna. 

Pero, además, para los protestantes la pobreza es una situación que los hombres deben siempre tratar de suprimir de sus vidas entregándose a realizar de manera metódica y racional un trabajo profesional que les permita obtener los bienes necesarios para satisfacer sus necesidades vitales; si los hombres entregan su vida al trabajo profesional obtendrán no solo la certeza que les falta de sus salvación ultra-terrenal sino también la riqueza con la que podrán vivir y honrar a Dios como se merece siempre y cuando no la gastan en los goces y placeres sensibles de la vida, siempre y cuando lleven un vida ascética. El influyente teólogo protestante-puritano inglés del siglo XVII Richard Baxter sentenció al respecto en su libro La orientación cristiana: “Si Dios os muestra un camino que os va a proporcionar riqueza que siguiendo camino distinto (sin perjuicio de vuestra alma ni la de los otros) y lo rechazáis para seguir el que os enriquecerá menos, ponéis obstáculos a uno de los fines de vuestra vocación y os negáis a ser administradores de Dios y a aceptar sus dones para utilizarlos en su servicio cuando él os lo exigiese. Podéis trabajar para ser ricos, no para poner luego vuestra riqueza al servicio de vuestra sensualidad y vuestros pecados, sino para honrar con ella a Dios”.

En cambio, la iglesia católica, al contrario, sí aceptó siempre esta concepción de Jesús sobre el mérito moral superior o privilegio que tienen los pobres para salvarse. Esto condujo a sus fieles seguidores, tanto pobres como ricos, a aceptar la pobreza como un hecho moralmente positivo a lo largo de su historia, a aceptar que los ricos tenían más lejos el reino de los cielos que los pobres; que los ricos al disfrutar de los bienes materiales y terrenales de sus vidas tenían más dificultades de salvarse para la vida eterna. Ciertamente, la certeza que los ricos y los dignatarios superiores de la propia iglesia tenían de este hecho no los llevó a renunciar a sus riquezas de ninguna manera. Pues, era y es más importante y decisivo para sus vidas poseer suficiente dinero para adquirir sin falta los bienes materiales para atender todas sus necesidades vitales, y, así, disfrutar de los placeres sensibles del buen comer y beber, de vivir en habitaciones y casas confortables, y en ocasiones lujosas. La riqueza material para los jerarcas de la iglesia es un bien válido que deben tener debido a su posición de poder y dirección religiosa y política que tienen en el seno de la misma. Esta condición justifica para ellos los abundantes bienes materiales en que viven envueltos. Para estos “representantes” de la doctrina de Jesús el poder y la riqueza están necesariamente unidos, como los están para muchos otros seres humanos.  Pero, sin embargo, al vivir así, se olvidaron y traicionaron el mensaje central de Jesús de que los pobres tienen un mérito moral mayor que los ricos para acceder al reino de los cielos después de sus muertes, de que son los auténticos merecedores de la salvación eterna.

Sin embargo, dentro del catolicismo surgió en la década de los años 70 del siglo pasado un grupo de sacerdotes y teólogos latinoamericanos con el peruano Gustavo Gutiérrez y al brasileño Leonardo Boff, que estimulados por la declaraciones del concilio Vaticano II y la conferencia episcopal de Medellín en 1968 que ratificaban claramente la primacía que Jesús le había dado a los pobres, y, sensiblemente afectados por la existencia de una inmensa cantidad de pobres en el continente que viven al lado de una minoría inmensamente rica, propusieron una interpretación especial de su concepción de la pobreza: la teología de la liberación. Una interpretación, que, inspirada en el pensamiento marxista, sostiene que la pobreza no es tanto un mérito moral de los que la padecen, sino, más bien, una situación profundamente injusta provocada por obra de unos pocos hombres dueños de los medios de producción económica y de los medios del poder, que se apoderan del valor de los productos de sus trabajos pagándoles salarios muy bajos, o, que los condenan al desempleo. De ahí, que los pobres en realidad son víctimas de la acción profundamente injusta de esta minoría de hombres, y, que ha servido de base para organizar de manera sistemática las sociedades del continente latinoamericano. A este respecto dice Gustavo Gutiérrez en su libro La espiritualidad de la liberación – escritos esenciales-: “La pobreza es además una condición que tiene causas humanas: estructuras sociales y categorías mentales. La solidaridad con los pobres no se limita a la ayuda directa e inmediata al pobre; ella debe manifestarse en el compromiso de eliminar las causas de la pobreza. Esta perspectiva entró lentamente en el magisterio social de la Iglesia católica, pero desde hace décadas está claramente en él”.

Por esta razón, el primer deber moral de los católicos, y, en especial de los miembros de la iglesia, es el de enseñarles a los pobres que deben combatir contra esta injusticia que viven a diario, es decir, enseñarles que deben y pueden luchar para emanciparse de su pobreza durante sus vidas aquí en la tierra. Y, cuando los pobres hagan suya esta enseñanza, cuando comprendan la necesidad de dar esta batalla social, podrán emanciparse de esta condición que los hace sufrir injusta e innecesariamente. En este momento, la concepción de Jesús de la pobreza revelará su verdadero y profundo sentido, el de la necesidad moral y humana de erradicarla para siempre de la vida presente y futura de los hombres.   

Sin embargo, esta interpretación de la teología de la liberación no es completamente fiel a la concepción de Jesús. Pues, Jesús nunca propuso a los pobres que combatieran aquí en la tierra para suprimir su pobreza removiendo las causas que la producen. En esto tienen razón los jerarcas de la Iglesia católica que se han opuesto a esta interpretación propuesta por los teólogos de la liberación. Lo que hizo Jesús, como ya señalamos, fue dar un mérito moral privilegiado a los pobres por padecer esta situación en sus vidas, y, mostrar que al sufrir más que los ricos por carecer de manera regular de los medios necesarios para vivir, de los medios necesarios para satisfacer sus necesidades humanas básicas, tienen más “derecho” que los ricos de ir al reino de los cielos y ser felices para siempre al lado de Dios, después de sus muertes. Es decir, tienen una mayor posibilidad de vivir eternamente libres por completo de la pobreza que los hizo sufrir durante sus vidas aquí en la tierra. Para Jesús la verdadera liberación de la pobreza la obtendrán los pobres en el reino de los cielos unidos a Dios para siempre.

Pero, lo más importante es que esta interpretación contribuyó, de manera muy positiva y fecunda, a que los católicos, y, en general los creyentes del todo el mundo, tomaran conciencia del deber moral que tienen no solo de ayudar solidariamente a los pobres, sino también, de apoyar de manera activa y decidida sus luchas para lograr una vida digna como seres humanos que son. En el compromiso activo de los creyentes con los pobres de este mundo por ayudarlos a salir de su pobreza, para ayudarles a liberarse de este mal que los hace sufrir, aparece ante ellos siempre el rostro y la palabra viva de Jesús, que los teólogos de la liberación han renovado. 

(Este texto hace parte de mi libro Ensayos breves sobre la religión)

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