Bariloche y Brasilia como comparaciones de centros cívicos como el de la Ciudad de Guatemala

Esta columna es continuidad de las publicadas los domingos 26 de julio, 2 de agosto y 9 de agosto de 2026, por lo que sugiero su lectura, lo cual agradezco, para comprender esta de mejor manera.

Mauricio José Chaulón Vélez

agosto 16, 2026 - Actualizado agosto 15, 2026

Podemos proponer que si bien existen antecedentes de proyectar centros de civismo en Guatemala y en otros lugares de América Latina durante los periodos liberales y que esto a su vez responde a las características de exaltación de la identidad nacional, para el caso que nos compete en el denominado Centro Cívico actual de la Ciudad de Guatemala existen proyectos más cercanos en el tiempo en cuanto a combinación de elementos estructurales arquitectónicos y urbanísticos con la estética de las vanguardias del siglo XX y los objetivos de la interacción simbólica en lo social.

Uno de los primeros casos es el del Centro Cívico de Bariloche, en el departamento de San Carlos de Bariloche, que pertenece a la provincia de Río Negro en Argentina. San Carlos de Bariloche, conocida solamente como Bariloche, es la ciudad con mayor población de los diez departamentos con jurisdicción municipal de Río Negro. Se encuentra en la región de la Patagonia Andina o Andes Patagónicos, convirtiéndose por sus características geográficas y naturales en uno de los más importantes destinos turísticos de toda Argentina. La combinación de los elementos naturales como lagos, ríos, montañas nevadas y bosques, con una arquitectura que contiene características interrelacionadas de culturas originarias andinas, de la presencia española y de las migraciones suizas, alemanas, inglesas, italianas y de otras regiones europeas que se dieron en los siglos XIX y XX, hacen de Bariloche un lugar propicio para el fomento de pensar lo argentino como un crisol de relaciones interculturales.

Esto a su vez permite buscar desde el Estado el fortalecimiento del desarrollo identitario, insistiendo en que esas características construyen el sentido nacional argentino, por lo que Bariloche no sólo es un destino turístico por sus bellos paisajes geográficos y arquitectónicos, sino también porque al Estado argentino le ha interesado proyectarlo desde esas lógicas que contribuyen al permanente refuerzo de la identidad nacional. En el caso argentino, como en muchos de América Latina durante los liberalismos del siglo XIX y de la primera mitad del XX, esto se pensó desde la integración cultural.

Así, Bariloche se convirtió en un lugar propicio para ello. El 17 de marzo de 1940 se inauguró un espacio nuevo en la ciudad, al cual se le denominó Centro Cívico de Bariloche, cuya obra estuvo a cargo del arquitecto e ingeniero Ernesto de Estrada, que es considerado uno de los más importantes referentes de la arquitectura argentina en el siglo XX. Su obra en Bariloche representa para el urbanismo un claro ejemplo de los avances en la redefinición de las ciudades, sobre todo en combinación con elementos de la naturaleza como se dio en el caso de San Carlos de Bariloche, por lo que los trabajos de Estrada son considerados de significativo adelanto en la historia moderna de la arquitectura. Precisamente el Centro Cívico de Bariloche se cataloga como el culmen de los trabajos de Estrada en ese revolucionario desarrollo de la arquitectura urbanísticas en la reconfiguración de las ciudades. Son importantes para este análisis los siguientes estudios: el de Florencia Barcina (2007), titulado Ernesto Estrada: el arquitecto frente al paisaje, y el de Laura Marcela Méndez (2015), que se titula El Centro Cívico, la estatua y el reloj: una obra de 75 años. La obra de Estrada en el Centro Cívico de Bariloche evidencia que un proyecto de esa envergadura y con ese nombre no se trataba solamente de construir un nuevo espacio para albergar edificios públicos de importancia o sitios que presenten temáticas nacionales y cívicas, sino que iba más allá: hablamos de una obra artística cuidadosamente definida, organizada y proyectada en lo que hemos analizado en las columnas anteriores: el objetivo de lograr la interacción simbólica entre la ciudadanía y las identidades que busca reforzar cotidianamente la razón de Estado y el sentido de la nación. Todo el conjunto de un Centro Cívico moderno es una obra de arte en sí misma, con la combinación de varias obras de arte, siendo la arquitectura la que más se muestra y por ello la principal. En el caso del Centro Cívico de Bariloche, Estrada la proyectó y realizó de esta manera: se pensó en los cuatro puntos cardinales y en cada uno se definió una idea concreta, materializada en la combinación entre arquitectura y naturaleza. El Centro Cívico se realizó para albergar los edificios municipales y Estrada ideó una forma de “U” que tuviese una gran plaza para la realización de actos que al mismo tiempo permitiera observar de manera absoluta la monumentalidad y la magnificencia de las edificaciones ediles. Entre 1936 y 1940 se realizaron los trabajos de su construcción.

A cada área del Centro Cívico se le puso un nombre, exaltando los valores cívicos y la historia. Al Este se le denominó “La Cultura”, albergando los edificios de la Biblioteca y el Museo de Bariloche; al Oeste se le nombró “La Fuerza Pública”, teniendo los edificios de Policía y la Aduana; al Sur se le llamó “El Poder Humano”, y presenta los edificios de la Municipalidad, de Correos y Telégrafos y del Poder Judicial; y el Norte fue llamado “La Naturaleza”, ya que permite ver el lago Nahuel Huapi y la cordillera de los Andes. A la plaza se le bautizó como Expedicionarios del Desierto, exaltando la expansión del Estado Nación argentino entre 1878 y 1885 en las tierras áridas y semiáridas que se denominaron como «desierto» por el gobierno central y que en la historia oficial argentina se conoce como Campaña del Desierto o Conquista del Desierto. En esos procesos históricos, fueron afectados de manera negativa los pueblos indígenas mapuches, pampa, tehuelche y ranquel, originarios de la Patagonia.

Otra característica del Centro Cívico de Bariloche es que en el diseño original se proyectó separado del centro primario de la ciudad, es decir del centro tradicional. Esta particularidad de los centros cívicos modernos es muy importante porque no obstante hoy muchos de ellos, como sucede con el de la Ciudad de Guatemala, se localizan dentro de la ciudad y las distancias con los centros históricos son menores, en el momento de su construcción esas longitudes eran consideradas como más largas, debido a la subjetividad de la relación cercanía-lejanía existente en aquellos momentos. Inclusive, el Centro Cívico de la Ciudad de Guatemala pertenece a la zona 1 y su distancia a la 18 calle como límite del denominado Centro Histórico es corta de acuerdo con los parámetros actuales; pero a mediados del siglo XX cuando se ideó y se desarrolló el proyecto, no se consideraba cercano. Hay que tomar en cuenta que el crecimiento urbano contribuye a que se perciban las distancias de distinta manera.

Este análisis evidencia que sería reduccionista pensar que el proyecto de un centro cívico solamente corresponde a la intención de ampliar la ciudad o de modernizarla. Si bien es cierto que estas dos razones forman parte de la idea de un centro cívico, existen más causas que se entremezclan para que llevarlo a cabo. La búsqueda de la interacción simbólica para reforzar la identidad nacional en los códigos que indica la actualización de la modernidad permite reforzar el imaginario de que se está avanzando y que la ciudad y el país no se están quedando atrás. Al mismo tiempo, se ensalza la importancia que tiene la historia oficial y todo el discurso de lo que significa la nación y el ser ciudadano perteneciente a ella. Por lo tanto, en un proyecto de esta magnitud se toman de la mano los objetivos de avanzar en la actualización que exige la modernidad y la búsqueda del fortalecimiento de la identidad nacional, a través de mostrar la grandeza de la patria y de su historia recurriendo a la monumentalidad, sólo que en clave moderna. Por ello es por lo que las vanguardias arquitectónicas, escultóricas y pictóricas que participaron en la construcción de estos centros cívicos o de obras similares, hicieron uso de la monumentalidad como un recurso estructural, pero a la vez simbólico. De esa manera, se lograban los fines de los centros cívicos en el siglo XX. Al mismo tiempo, estos avances urbanísticos situaban a las ciudades y a los países que los llevaban a cabo en la atención del mundo. América Latina buscaba posicionarse en su soberanía, frente a las complejidades de un mundo que iba definiendo nuevas potencias o reforzaba algunas de las antiguas, constituyendo los Estados Unidos y Europa los núcleos de la hegemonía mundial.

Era el contexto de los nacionalismos y del Estado de Bienestar que también se procuraba constituir en varios países de latinoamericanos, a pesar de muchas desventajas frente a la potencias industrializadas, ricas y expansionistas. Comenzar a sustituir los modelos agroexportadores por un capitalismo nacionalista, implicaba para las naciones de Latinoamérica llevar adelante proyectos no sólo económicos sino también de infraestructura y urbanismo. El arte jugaba un papel esencial en ello, desde los casos revolucionarios hasta los más dependientes, porque el contexto exigía ir a tono con un mundo rápidamente cambiante y los Estados no podían quedarse atrás en fortalecerse. Transmitir las ideas de nacionalismo, patriotismo y civismo era parte fundamental de garantizar que la ciudadanía entendería sus deberes para con los tiempos que necesitaba el país. Las grandes obras urbanísticas monumentales del liberalismo de finales del siglo XIX y que continuaron los gobiernos nacionalistas, cada uno con sus matices, en el siglo XX hasta los años 70, forman parte de este proceso. A ello corresponden los centros cívicos como el de la Ciudad de Guatemala, con antecedentes como el de Bariloche.

Otra referencia comparativa para el Centro Cívico de la Ciudad de Guatemala es Brasilia, la capital de Brasil desde el 21 de abril de 1960. Puede decirse que el amplio conjunto monumental de edificios públicos de Brasilia, que es Patrimonio de la Humanidad declarado por la UNESCO en 1987, constituye en sí un gigantesco centro cívico, pero que contiene espacios específicos en los que cada uno de ellos puede ser un centro cívico particular, siendo el principal la Plaza de los Tres Poderes.

En el sentido estético de la arquitectura y de la integración artística que se observa en el Centro Cívico de Guatemala, una de las mayores influencias es la arquitectura de vanguardia que se observa en Brasilia, aunque también existe en otras ciudades de Brasil como Sao Paulo (San Pablo). El modernismo arquitectónico fue el estilo que trabajó ampliamente la escuela brasileña de arquitectura, encabezada por Óscar Niemeyer, Lúcio Costa y Affonso Eduardo Reidy[1], entre otros. Aunque Reidy nació en Francia, era brasileño y los tres pertenecen a una misma generación: Lúcio Costa nació en 1902, Niemeyer en 1907 y Reidy en 1909.  Siguiendo las ideas del arquitecto y artista plástico suizo-francés Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más conocido como Le Corbusier, los arquitectos brasileños que seguían las avanzadas ideas del modernismo se dispusieron a proponer estas innovaciones en las principales ciudades brasileñas, priorizando estar al servicio del Estado en su proyecto nacionalista. En varias partes del mundo avanzaba el modernismo en la arquitectura, siendo uno de los precursores el estadounidense Frank Lloyd Wright. A Le Corbusier y a Lloyd Wright les siguieron los brasileños Niemeyer, Costa y Reidy; el alemán Walter Gropius, fundador de la Escuela Bauhaus; el alemán-estadounidense Ludwig Mies van der Rohe; el neerlandés Christian Emil Marie Küper, mejor conocido como Theo van Doesburg, y el finlandés Alvar Henrik Aalto.

La arquitectura moderna prácticamente nació con estos pioneros, quienes supieron leer y comprender los contextos de avances económicos y sociales, aunque también sus contradicciones y los efectos tanto positivos como negativos sobre las sociedades y la naturaleza. Por lo tanto, trabajaron en la integración paisajista para que los proyectos urbanísticos pudiesen ser coherentes con el contexto, pero también con las necesidades sociales, necesitando adecuar otros materiales a las construcciones. En ese sentido, la arquitectura brasileña con Niemeyer, Costa y Reidy como mayores exponentes (aunque por supuesto que hubo más) se sumó a la arquitectura moderna y la aplicó a los proyectos nacionalistas del Estado brasileño. La vanguardia que aplicó Niemeyer en los diseños arquitectónicos fue seguida por Costa en la proyección urbanista y por Reidy en la forma de la obra, naciendo con ello el movimiento denominado modernismo radical, que se conoce también como modernismo brasileño. La utilización del hormigón, material que resulta de la mezcla entre cemento, arena, agua y piedra triturada, y que al resultar en grandes planchas se denomina hormigón armado, es característico del modernismo radical o modernismo brasileño, aunque por supuesto no fue exclusivo de ella. Lo especial en este caso es que en Brasil, que todavía conservaba arquitectura colonial y conservadora de varias influencias europeas, se continuaban usando materiales propios de esas tendencias anteriores, por lo que en aquel país se revolucionó la arquitectura con las implementaciones de los modernistas como Niemeyer, Costa y Reidy. Su aplicación trascendió de las viviendas al ámbito de las grandes construcciones públicas, demostrando que podían realizarse obras de gran envergadura en el sentido también de reforzar el nacionalismo acorde a los avances de la modernidad. Por ello es por lo que en la historia oficial de Brasil se le ha denominado a este avance en la arquitectura como «El Periodo Heroico», debido a la enorme importancia que tuvo la arquitectura en la proyección del proyecto nacional del Estado brasileño, tanto hacia la ciudadanía como para el mundo.

Niemeyer y Costa fueron elegidos para el proyecto de construir la nueva capital de Brasil, que se denominaría Brasilia. El gobierno del presidente Juscelino Kubitschek, quien gobernó Brasil de 1956 a 1961, planeó su construcción. El objetivo era trasladar la capital hacia el interior del territorio, para romper con la hegemonía heredada del colonialismo portugués que tuvo como centros principales a Río de Janeiro -que fue la capital de Brasil hasta 1960- a Salvador de Bahía y a Sao Paulo (San Pablo). Así mismo, el proyecto nacional de configurar una nación moderna consideraba que desde el interior del país se podía configurar un sistema de comunicaciones urbanas y políticas más eficiente, por lo que al no encontrarse una ciudad existente que pudiese ser la sede, se planificó inventar y construir una nueva. Así nació Brasilia como proyecto temprano del gobierno de Kubitschek.

Si la arquitectura modernista brasileña fue revolucionaria en todo sentido, probablemente Brasilia sea lo más revolucionario de ella, porque fue la construcción de toda una ciudad capital que integró ese sentido de lo cívico desde un espacio urbanístico. Por ello es por lo que se trata, probablemente, de una de las más adecuadas comparaciones con otros proyectos similares en América Latina, incluido el Centro Cívico de la Ciudad de Guatemala. No pretendemos decir con esto que los arquitectos guatemaltecos que participaron en el diseño y construcción del Centro Cívico no tuviesen sus propias ideas, pero la influencia del modernismo desde Lloyd Wright y Le Corbusier hasta el modernismo radical brasileño fueron referentes de gran peso. Brasilia comenzó a construirse en 1956, coincidiendo con las primeras edificaciones del Centro Cívico de la Ciudad de Guatemala, por lo que se trata de dos proyectos dentro del mismo contexto, aunque con las diferencias políticas de cada país y cada proyecto de Estado que es importante tenerlas en cuenta.


[1] Reidy nació en Francia.

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