El oficio de trabajar el cabello y la barba en los hombres se registra desde las civilizaciones más antiguas, existiendo con sus correspondientes particularidades históricas en todas las etapas subsiguientes. Cuando llegó la modernidad capitalista, el barbero o peluquero del mundo occidental se adecuó a los cambios que obligaron a que adaptara sus locales e implementos a los cánones estéticos y sociales propios de la época, definiendo así la barbería o peluquería con las características que prevalecieron a lo largo del siglo XX. Una de ellas fue la de ser espacio de socialización en diversidad de aspectos, pero de acuerdo también con las singularidades de cada lugar específico. Lo que quiero decir, es que hubo elementos generales que definieron las barberías, pero también intervinieron las condiciones de clase, culturales y sociológicas amplias para otorgarles peculiaridades que definían ciertas diferencias. Sin embargo, dos elementos comunes fueron el de ser espacio de socialización y el respeto por el señor barbero como una persona versada no sólo en la antigua profesión de tratar la barba y el cabello masculinos, sino también en otros asuntos de importancia.
En el siglo XX de Guatemala había barberos que eran especialistas en su trabajo y al mismo tiempo eran maestros, enfermeros, consultores de medicina, aplicadores de emplastos y remedios naturales, hacedores de sangrías -refiriéndonos al tratamiento médico de extraer sangre para tratar ciertas dolencias-, vendedores de timbres y papel sellado, asesores jurídicos, pequeños comerciantes de diversas mercancías, intermediarios y consejeros en todo tipo de problemas: emocionales, matrimoniales, familiares, políticos, económicos y hasta espirituales. En ciertas poblaciones, el barbero o peluquero tenía el estatus de ser una de las personas más relevantes de la comunidad, porque su experiencia en la conversación mientras se realizaba un trabajo que requiere sumo cuidado, lo significaba como un profesional de altísimo respeto. Otro factor a tener en cuenta para esta valoración es el de la higiene, ya que la barbería debía de ser un ejemplo de asepsia debido a que los instrumentos utilizados se comparten con las cabezas, rostros, cuellos y pieles de muchos clientes.
En los barrios y las colonias citadinas, las barberías del siglo XX permitían la socialización de múltiples maneras. Eran sitios de lectura: desde chistes, llamados ahora cómics, hasta libros de todo tipo, pasando por las revistas de variados temas y por los periódicos actuales y pasados. Hubo barberías que funcionaron como pequeñas hemerotecas, porque se podía encontrar en ellas números anteriores de publicaciones periódicas en las estanterías generalmente colocadas en una esquina. Se daban algunos casos de que ciertas revistas sólo se podían leer con la autorización del señor barbero, estando bajo llave: eran las eróticas, reservadas sólo para la clientela mayor de edad; sin embargo, en ciertas barberías estas también se encontraban al alcance libre, formando parte de la vasta gama de lo que podía ser leído, lo que contaba como una característica que sumaba al aprecio que se le tenía ir a la barbería, la cual no era políticamente correcta.
Era común en las barberías los juegos de ajedrez, de damas españolas, de damas chinas y de baraja. Varias peluquerías eran centros para ajedrecistas, que no necesariamente se cortaban el pelo o se afeitaban o arreglaban la barba constantemente, sino que llegaban una vez al mes a estos menesteres, pero muchos días para encontrar un oponente en el deporte-ciencia, lo mismo que con los otros juegos. Los barberos, porque había barberías en donde trabajaban dos y hasta tres o cuatro peluqueros según las capacidades del negocio, pasaban algunas horas sin clientes, por lo que había que ocupar el tiempo para que pasara de manera más generosa. Los juegos de mesa que he descrito eran una opción, pero también el canto con el acompañamiento que generalmente era de guitarra. A muchos barberos se les podía encontrar practicando jugadas de ajedrez y damas, jugando cartas con otro colega o de manera solitaria, pero también leyendo o cantando al toque de las cuerdas. Esto lo muestra muy bien Mario Moreno Cantinflas en la película “Si yo fuera diputado”, en la que el gran actor mexicano interpreta a un peluquero en un antiguo barrio de la Ciudad de México, quien al mismo tiempo es asistente de abogado, y cuando no tiene visitantes está practicando la mandolina.
Muchas barberías eran espacios de libertad de expresión y de intercambio amplio de conocimientos, con un sentido de democracia popular, aunque algunas también fueron posibles lugares donde aprovechaban los espías de regímenes represivos para escuchar, seguir y controlar; sin embargo, esto último no impidió que la barbería del siglo XX en Guatemala mantuviera su espíritu de importante espacio para socializar. La confianza en el barbero es tan antigua como la historia de las civilizaciones, ya que por un momento se está poniendo en sus manos -literalmente- y en sus conocimientos el cabello, la barba y la piel, siendo los dos primeros elementos naturales en la estética masculina que, estén presentes o no, forman parte integral de la personalidad y de cómo prefiere o gusta verse alguien, o cómo piensa que debe verse de acuerdo con lo que impone la sociedad dominante.
La colonia, el barrio, el sector, el pueblo, la aldea y la comunidad tenían su barbería sin la necesidad de que fuese el centro comercial el que definiese a dicho comercio. En la actualidad, muchas barberías han debido recurrir a los centros comerciales por razones de seguridad, porque la delincuencia ha imposibilitado en muchos lugares la permanencia de ellas en la calle, como eran normalmente en el siglo XX.
Aquellas barberías de la centuria pasada podían ser las del local ubicado en la avenida o la calle -con o sin nombre, pero que se sabía que era la barbería porque la fachada tenía pintados los colores rojo, blanco y azul, o estos se encontraban en el denominado poste de barbero, distribuidos de manera helicoidal- o las que se encontraban en un edificio, siendo estas últimas, por lo general, de mayor estatus en función de clase y de lo que se considera como prestigio social de acuerdo a las ideas del sistema dominante. No obstante, contaban con implementos más sofisticados y fueron las primeras que colocaron televisor para los clientes y por lo tanto eran más caras, seguían siendo espacios de socialización, aunque con menos o ninguno de los elementos de carácter popular que le otorgaban una particularidad más amplia a las de barrio, a las de colonia y a las de localidades rurales. Incluso en las áreas urbanas, había muchas personas que, a pesar de contar con altos recursos económicos, seguían yendo a la barbería del barrio y de la colonia; y en el caso de las poblaciones rurales, la barbería o peluquería generalmente era una, a donde obligadamente debían acudir todos, independientemente de su condición social. Como fuese, los olores y las conversaciones eran, por lo general, los mismos, aunque variaban, como lo expongo líneas arriba, la exposición de determinados elementos. En las barberías de barrio, de colonia y de las poblaciones rurales era común que estuviera encendida la radio, que hubiese cromos y almanaques de figuras femeninas o de equipos deportivos, principalmente de fútbol. Lo que era infaltable en todas, más allá del estatus, eran los posters de estilos del cabello y de barba, algunos con fotografías y otros dibujados a lápiz. Tampoco podían faltar en ninguna de las barberías del siglo XX los cinchos o correas de cuero adheridas a las sillas donde se cortaba el pelo, las cuales servían para afilar la navaja. No se utilizaban las hojas de afeitar desechables, que comenzaron a ser necesarias por razones de profilaxis, pero nadie le temía a la navaja así fuera para ser rasurados o que el mismo cabello se cortase con ella y no con tijeras.
En los espejos de las barberías populares podían verse calcomanías con dichos de albures, o que identificaban la pertenencia política o deportiva de los barberos. También en ellas no faltaba la fotografía de la familia del señor peluquero, de su esposa o de algún ser querido que había muerto. En este tipo de barberías era posible que el señor barbero interrumpiera el corte o la rasurada porque le llevaban sus alimentos, en cualquiera de los tres tiempos, lo cual no podía ser alegado por el cliente, que debía esperar sentado a medio trabajo o en las sillas del turno. Esto no sucedía en las barberías de edificio que eran más sofisticadas, porque tenían ya varios barberos que se turnaban los trabajos, aunado al hecho de que iban abandonando formas populares de relacionarse y de comprenderse porque se encontraban más atravesadas por el capital. La reflexión sobre estas diferencias entre barberías en el siglo XX también nos permite analizar cuestiones de clase, de representaciones sociales y de símbolos que operan en nuestras complejas relaciones como sociedades y pueblos.
Los olores también podían marcar diferencias, pero al final convergían, porque mientras unas utilizaban afeites, lociones, espumas, champús y cremas sencillas, y las otras aplicaban productos más onerosos, el olor de la barbería, popular o más refinada, se identificaba como el del espacio a donde se iba para arreglarse cabello y barba, pero también a socializar. En las barberías de edificio en el siglo XX y con más sofisticación también se leía, también se hablaba y se aconsejaba, como en las populares.
Actualmente, algunas barberías con las características del siglo XX subsisten en Guatemala, pero diversas razones han establecido cambios. Continúan siendo espacios de socialización, sin duda, pero con las características del presente, habiéndose transformado en varios de sus componentes. También ha surgido un nuevo modelo de negocio en la barbería actual, que es muy distinto a lo que conocimos en aquellas barberías del siglo XX en Guatemala. Sin embargo, esas barberías resisten, permaneciendo algunas, pero sobre todo porque han heredado a las nuevas lo esencial: socializar con quienes llegan, como el elemento infaltable (el alma digámoslo así) de la barbería. Esperemos que eso nunca cambie.
Aprovecho para saludar y agradecer a todos los barberos que he tenido el alto honor de conocer a lo largo de mi vida y que generosamente me han atendido, en especial a quienes lo hacen actualmente: don Faustino, don Alex, don Efraín, don Jorge y don Marco Tulio. Gracias a ellos y a muchos otros por mantener el carácter de la barbería del siglo XX en Guatemala, a pesar de fuertes transformaciones que el sistema dominante ejerce y acelera sobre uno de los oficios más antiguos en el mundo.
¡Alto al genocidio sore el pueblo palestino!
¡Palestina tiene derecho a ser Estado!
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