Para Joyce, la muerte, o más precisamente, los muertos, no están del todo muertos. Siguen de alguna manera vivos en el recuerdo de quienes los quisieron y conocieron. Pues, así como Odiseo logra hablar con el alma de su madre muerta, Bloom habla con su hijo muerto a través de los recuerdos vivos que conserva de él, precisamente en el lugar donde se entierran, en el cementerio, que corresponde a la puerta de entrada del Hades de los antiguos griegos.
El capítulo séptimo Joyce lo titula Eolo, en referencia al dios de los vientos que aparece en La Odisea. Dios, que trató de ayudar a Odiseo que lo visitó en la isla de Eolia donde vivía con sus seis hijos y seis hijas, dándole viento favorable para que continuará su viaje de regreso a Ítaca. Le proporcionó, además, una bolsa que contenía todos los vientos que debía emplear con precaución. Sin embargo, la tripulación creyó que la bolsa guardaba oro, y la abrió, provocando grandes tempestades.
En este capítulo, Joyce narra la llegada de Bloom la oficina del periódico Freeman journal para tratar de poner un anuncio. Sin embargo, no lo consigue, a pesar de la buena disposición del editor. El episodio está dividido en pequeñas secciones con titulares de estilo periodístico. De tal manera, que el lugar central del episodio donde ocurren los acontecimientos es precisamente un periódico.
Aquí, también es necesario plantearnos la pregunta sobre la analogía o correspondencia que pueda existir entre el contenido de esos dos relatos, entre los vientos y las noticias e informaciones que dan los periódicos, porque no parece clara y evidente. Sin embargo, existe. En efecto, los vientos como las noticias se mueven y circulan con gran rapidez por el espacio atravesando y llegando a múltiples lugares. Los primeros. se mueven por el encima del espacio físico natural de la tierra y los mares, mientras que las segundas circulan por muchos sitios del espacio de las sociedades. El movimiento de los vientos nos informa de lo que ocurre en la naturaleza en un determinado momento. Mientras, que gracias a la circulación o movimiento de las noticias nos informarnos sobre lo que ocurre en la sociedad en un determinado lapso. De ahí, que, el movimiento de uno complementa y completa al otro. Los dos cumplen la misma función, pero en esferas de la realidad diferentes.
Joyce, nombra al capítulo siguiente Los lestrigones refiriéndose al canto X en que Homero relata la llegada de Odiseo con sus compañeros a Telépilo de Lamos, la ciudad de los lestrigones que son gigantes que comen carne humana. Y, después que el rey Antífates raptó uno de los tripulantes y comenzó a comérselo, los demás salieron corriendo despavoridos rumbo a sus naves. El rey comenzó a gritar fuertemente, haciendo que todos los demás gigantes los persiguieran, y lanzaron inmensas piedras desde los acantilados, que ocasionaron la destrucción de sus barcos, menos uno, y la muerte de varios de sus compañeros.
Este episodio de La Odisea, Joyce lo transforma de modo esencial. En efecto, Bloom entra a mediodía, a la hora del almuerzo, al restaurante del hotel Burton. Pero, se retira casi al instante al sentir asco y repugnancia al ver “los hombres comer como animales”. De tal manera, que este restaurante es la representación metafórica de la ciudad de los lestrigones, Telépilo de Lamos. Pues, estos hombres que están comiendo en el restaurante se parecen a los lestrigones debido a que los dos comen como los animales. Estos, porque seguramente devoran grandes cantidades de alimentos con mucha rapidez, no usan los cubiertos, los cogen con las manos, los mastican con la boca abierta, y hablan con ellos todavía en la boca. Y, los gigantes también comen como los animales porque no son propiamente humanos al alimentarse, también sin usar cubiertos, de las carnes de los cuerpos humanos, y devorarlas en poco tiempo. Pues, si bien han existido en la historia algunos grupos humanos que se alimentaron de las carnes del cuerpo de otros humanos, es una práctica que resulta repugnante para el resto de la humanidad precisamente porque es la carne de un miembro de la misma especie. De ahí, que esta práctica antropofágica haya sido moral y legalmente condenada por todos los Estados desde sus orígenes y por todos los pueblos llamados civilizados.
Sin embargo, el hecho que existan hombres que coman como animales no significa que sean animales. Ciertamente, al comer como ellos se parecen a ellos. Pero, esta apariencia no elimina las diferencias sustanciales que los separan dadas por la capacidad de usar el lenguaje, de hablar y de obrar de modo racional que tienen todos los seres humanos. Solo las borra en ese instante y por un instante cuando el hablar se pierde confundiéndose con el masticar, y cuando la medida racional desaparece debido a la desmesurada rapidez con la que ingieren los alimentos y desproporcionada cantidad que comen.
Por eso, para contrarrestar el significado de esta escena, Joyce lleva a Bloom al Museo Nacional, lugar en que se conservan y exhiben las obras de arte creadas por diferentes pueblos, y, que revelan y demuestran la capacidad creadora que los caracteriza también como seres humanos. Y, mostrar así, que por encima de estas conductas animales de algunos prevalece siempre al final esa capacidad creativa que los humaniza, que demuestra su auténtica humanidad.
El capítulo noveno Joyce lo titula Escila y Caribdis que son dos monstruos marinos mitológicos, que también aparecen en La Odisea, y, que vivían en orillas opuestas de un estrecho canal de agua. Mientras, Escila vivía en los acantilados, tenía doce patas, seis cuellos largos y devoraba a quien osara acercarse, Caribdis tragaba una gran cantidad de agua tres veces al día para devolverla otras tantas, formando así un peligroso remolino que absorbía todo lo que alcanzaba. A ese canal llega Odiseo con sus barcos, y se encuentra ante la difícil disyuntiva de escoger una de las dos orillas para atravesarlo, así continuar su viaje. Aconsejado por la hechicera Circe, Odiseo decide atravesar el canal por la orilla donde se encuentra Escila debido a que era preferible perder seis hombres que el riesgo de morir todos.
Este capítulo trata esencialmente de la exposición que hace Estefan Dedalus a un grupo de estudiantes de sus teorías biográficas sobre las obras de Shakespeare, en especial, la de Hamlet que está basada, según él, en el adulterio de su esposa.
Esta explicación del origen de este drama que sostiene Dedalus no parece válida porque no existe ninguna prueba o testimonio histórico que avale algún adulterio cometido por la esposa de Shakespeare, Anne Hathaway. En cambio, es mucho más probable que Shakespeare tomara la historia y el argumento principal de este drama de una pieza anterior llamada Ur-Hamlet que la compañía teatral Lord Chamberlain`s Men, en la que trabajó, la comprara y representara durante algún tiempo. Pero, como no se conserva ninguna copia de esta, es también difícil probar la veracidad de esta hipótesis.
Pero, más allá de este debate sobre los antecedentes y raíces de este inmortal drama, lo importante y significativo aquí es la analogía que introduce Joyce entre Odiseo y Hamlet. En efecto, los dos se encuentran frente a dilemas vitales semejantes, el primero tiene que elegir entre la certeza de morir junto a todos sus compañeros o sacrificar la vida de algunos de ellos para tener la posibilidad de salvarse y salvar al resto. Y, el segundo, tiene el dilema de elegir matar a Claudio, al asesino de su padre rey de Dinamarca, o no hacerlo, entre vengar su muerte matándolo o abstenerse de hacerlo. Aunque son dilemas diferentes porque para Odiseo se trata de salvar su propia vida, mientras que para Hamlet se trata de quitarle la vida a otra persona, tienen en común el hecho fundamental de que son los dilemas más decisivos que puede tener cualquier ser humano, el dilema entre la vida y la muerte. En este sentido, estos dos personajes, se asemejan mucho, uno parece el reflejo algo distorsionado del otro, y viceversa. Y, por supuesto, otro de los varios méritos literarios de Joyce es haberlo visto y señalado en este capítulo.
El siguiente capítulo Joyce lo nombra Las rocas errantes, en referencia a las rocas flotantes y móviles que destruían los barcos al chocar con ellas, según un relato de la mitología griega, y que aparecen en La Odisea. Ahí, Circe advierte a Odiseo sobre ellas, y le recomienda evitar la ruta donde se encuentran. Lo que efectivamente hace.
Es un episodio compuesto de 19 pequeñas secuencias o escenas que nos muestran los recorridos de varios personajes, algunos ya presentados y otros nuevos, por las calles de Dublín que son como las rocas errantes porque en algunas por los que transitan, mueren violentamente varios de ellos, y, se narra la muerte trágica ocurrida a muchas otras personas anónimas. Así, en una de ellas, cercana al puerto, ocurrió el ahorcamiento del señor Emmet, cuyo cadáver su arrastrado descuartizado. En la calle Walting, un caballo fugitivo y desbocado pone en peligro la vida de los transeúntes. En otra, Fitzsimons golpea fuertemente a Jem Corbet. En la otra calle Nausau,el maestro Digman anuncia la muerte de su padre, diciendo que el tío Barney la informará en el periódico con su nombre y el de su padre. La noche antes de su muerte fue abucheado. En otra, el señor Kernan informa al señor Crimmins que hubo una explosión en un bote del general Slocum que dejó mil muertos, y, “escenas desgarradoras. Hombres pisoteando a mujeres y niños. Lo más brutal”.
Sin embargo, los únicos que transitan las calles de Dublín sin correr peligro de muerte son los carruajes del virrey inglés y del teniente general gobernador de Irlanda, y que, sin embargo, fueron observados, saludados y reverenciados a su paso por algunos de sus personajes. Y, otros, como John Wyse Nolan mirados “con ojos fríos hostiles”.
Tal vez, Joyce nos quiere decir aquí, que solo aquellos que está bien protegidos y resguardados por militares y policías, como los gobernantes y monarcas, tienen la posibilidad de vencer los riesgos que acechan en el camino de sus vidas, en el tránsito de sus existencias. Es decir, el poder del que disponen o del que son dueños les asegura la posibilidad de superar y vencer a muchos de sus adversarios o enemigos que acechan siempre en el recorrido de sus vidas como gobernantes poderosos.
Pero, además, Joyce relata aquí, no solo la complacencia que sentían algunos irlandeses por la presencia imperial británica en sus tierras, sino también, el rechazo y la hostilidad que sentía otra parte de la población por este poder imperial que los sometía como súbitos y vasallos coloniales. Y, que pensaban que era un imperio decadente y enfermo, tal como lo expresó Estefan Dedalus, quien, al presenciar el carruaje imperial, “observó a través de la ventana palmeada los dedos del lapidario como una cadena con temporizador. El polvo barrió la ventana y los platos. El polvo oscureció los dedos laboriosos con sus uñas de buitre. El polvo dormía sobre bobinas opacas de bronce y plata, pastillas de cinabrio, sobre rubíes, piedras leprosas y vino oscuro”.
Por eso, pocos años después de este acontecimiento narrado en la novela, los irlandeses se levantaron en armas contra este dominio imperial, y lograron, después de varios años de lucha vencerlo y expulsarlo del país, y convertirlo en una república independiente y soberana desde 1922. Y, durante esas batallas armadas, las calles de Dublín se convirtieron para las tropas británicas en verdaderas rocas errantes en donde muchos de ellos encontraron la muerte. Y, por supuesto, también, muchos miembros de las milicias irlandesas.
Al capítulo once, Joyce le da el nombre de Las sirenas en referencia al pasaje del canto XII de La Odisea en la que aparecen. Son criaturas con rostros de mujer y cuerpos de aves que habitan una isla sin nombre, y, que seducen y atraen con su bella voz y su canto a los marineros para llevarlos a la muerte. Odiseo, siguiendo el consejo de Circe, quien le había advertido de ese grave peligro, tapa los oídos de su tripulación con cera, y les pide que lo aten al mástil para no ser atrapado por la poderoso y seductora voz, y que no lo desaten, por más que así lo suplique. Y, así continúan navegando hasta dejar atrás a las sirenas, salvándose del peligro que entrañan.
Joyce, presenta las sirenas como dos meseras del hotel Ormond, Lydia Douce y Mina Kennedy que cantan una canción de Simon Dedalus, con una atractiva voz. Su canto musical lo escuchan los presentes en el restaurante-bar, entre quienes están Bloom y su amigo Richie Goulding, que se encuentran cenando. Pero, con su canto estas dos jóvenes no atraen a quienes las escuchan para matarlos, sino todo lo contrario, para complacerlos, o mejor, “para hacer que la tristeza parta”. Lo mismo ocurre con la canción que canta Lionel, o, con la que canta Cowley. Pues, Joyce hace del lugar una especie de escenario musical en el que unos cantan y otros escuchan sus canciones complacidos, dejando atrás sus tristezas. Cantos, acompañados por un pianista, un contrabajo y una arpista. Pero, además, la música tiene un atributo mayor, el de desperrar y fomentar el amor, y sobre todo el deseo, entre los seres humanos. Dice Joyce, que lo que hay detrás de la música “es floración. La inundación del cálido secreto jamjam lickitup fluyó para fluir en la música, en el deseo, oscuro para lamer el flujo invadiendo. Inclinarla golpeándola golpeándola sobre ella. Tu p. Poros para dilatar dilatando. Tu p. La alegría, la sensación, el calor. Tu p. Para verter esclusas vertiendo chorros. Inundación. ¡Ahora! Lenguaje del amor”. El amor, y el deseo de amar y ser amado es lo que hace nacer en los seres humanos la música, cuando la escuchan.
Por esa razón, en ese lugar aparece Marta Clifford con la que Bloom mantiene un romance por carta usando el seudónimo de Henry Flower, mientras que su esposa Molly tiene un encuentro sexual-amoroso con su amante Blazes Boylan en la cama de la habitación de su casa. Actos de amor que confirman precisamente esta capacidad que tiene la música despertar, promover y renovar el deseo sexual y amor entre los seres humanos.
Joyce, realiza, entonces, una radical transformación del papel y significado del canto musical que tiene en La Odisea, y, en general, de la música, la de que una mujer que interpreta una pieza musical con una bella voz atrae a los varones, y en general, a todos quienes la escuchan no para matarlos o destruirlos, sino al contrario, para darles vida sensible, para llenarlos de vida en su interioridad con la que nace el deseo de amar y ser amados, de vivir el amor.
Hay que decir, además, que esta función que da Homero al canto musical femenino, representado por las sirenas, por esas criaturas mitológicas monstruosas, de atraer poderosamente a los hombres, y seguramente también sobre las otras mujeres, para matarlos, no fue la función, que, en general, los antiguos griegos le atribuyeron a la música. Sino fue, más bien, toda la contraria. En efecto, comprendieron muy bien a través de otro personaje mitológico, Orfeo, que la música tiene la capacidad de apaciguar a quienes la escuchan, de liberarlos en ese momento de los impulsos agresivos o violentos que tengan. Pues, al escuchar bellos, melodiosos o armónicos sonidos musicales los seres humanos quedan totalmente atrapados o encadenados a ellos. Hecho que no los esclaviza, que no los priva de su libertad natural. Sino al contrario, los libera, así sea por unos instantes, de la más dura y fuerte cadena que llevan desde su nacimiento, la de los impulsos agresivos-destructivos.
El siguiente episodio, Joyce lo titula Los cíclopes en referencia al canto IX de La Odisea en el Homero relata que Odiseo entra con doce de sus compañeros a una caverna habitada por estas criaturas gigantes y salvajes que tienen un solo ojo. Una de ellos, Polifemo, los encierra arrastrando una roca enorme que ellos nunca podrían mover. Después, comienza a devorar a varios de sus compañeros. Odiseo, entonces, le ofrece vino fuerte. Y, cuando Polifemo le pregunta ¿cómo se llama?, él le responde “nadie”. Y, mientras el gigante duerme borracho, Odiseo y sus hombres le clavan una estaca de olivo en el único ojo que tiene, dejándolo completamente ciego. Polifemo, entonces grita pidiendo ayuda. Los demás cíclopes, le preguntan, entonces que ¿quién lo ataca?, y él responde que “nadie”. Estos creen que sufre de un mal divino, y se marchan. Odiseo, logra así huir con sus compañeros atados a los vientres de las ovejas del rebaño.
Joyce, identifica el imperio colonial británico que ejerce su dominio sobre Irlanda y su pueblo con un este cíclope o cíclopes mitológicos que aparecen en este canto de La Odisea. Es un imperio poderoso que controla y gobierna Irlanda, que, sin embargo, tiene una gran debilidad casi imperceptible, la de que no ve, o no ve bien, a los múltiples hombres y mujeres importantes y valiosos que han hecho y conformado la historia y la identidad cultural del país. No solo aquellos nacionales de origen celta, sino también, a muchos otros personajes de la historia y la cultural europea y universal que han estado presentes con sus obras formando esa identidad nacional propia. Por eso, Joyce los nombra, no solo para recordarlos, sino también y, sobre todo, para nombrárselos y enseñárselos a los agentes del poder imperial. Y, también, a muchos monjes católicos que en el pasado medieval dedicaron sus esfuerzos y energías diarias a traducir y reescribir textos valiosos de la filosofía, la historia y las ciencias. Nombra a reales o imaginarios santos y santas católicos que constituyen lo más destacado de la historia de esta religión en el país. Nombra al judío Jesús quien fundó una nueva religión, cuya versión católica, comparte la inmensa mayoría de sus habitantes. Y, también, a los demás judíos, que desde hace muchos siglos se han integrado a la sociedad irlandesa como el propio Bloom, a pesar del rechazo que muestra por ellos El ciudadano. Pues, es el nombre el que da identidad a una persona, a un pueblo o de un país. El nombre de Irlanda está compuesto de muchos otros nombres de diversas y valiosas personas que lo formaron a lo largo de la historia.
Por lo tanto, los ojos los gobernantes imperiales al no ver y conocer los nombres de esta gran cantidad de personajes que han formado la historia y la rica tradición religiosa y cultural de la nación irlandesa, no son capaces de reconocer el derecho casi natural y legítimo que tienen sus habitantes de ser una nación libre, independiente y soberana. Derecho, que les brota de
El capítulo siguiente lo denomina Joyce Nausícaa en referencia a la bella joven que encuentra a Odiseo exhausto, cansado y maltrecho junto a la desembocadura de un rio en la isla de Esqueria donde habitan los feacios. Es el único sobreviviente del naufragio de su barco en el que murieron todos sus compañeros sobrevivientes. Ella es la hija del rey Alcínoo y de la reina Arete, y, quien lo lleva al palacio real. Después, de lavarse y vestirse, Odiseo entra al palacio y le suplica a Arete abrazando sus rodillas, hospitalidad. Y, después de revelar su identidad, le pide al rey ayuda para proseguir su viaje a Ítaca. Este le prometa que lo llevará dormido un barco mágico que navega sin piloto y sin timón, y lo depositará en una playa de su casa-isla junto a sus tesoros, como efectivamente así lo hace.
Joyce, convierte aquí a Nausícaa en Gerty MacDowell, una atractiva joven que Bloom encuentra sentada en la playa de la bahía. “Era en verdad un ejemplar de la hermosa niñez irlandesa tan bella como podría desear ver. La palidez de su rostro era casi espiritual en su pureza de marfil, aunque su boca de capullo de rosa era arco genuino de Cupido, griego perfecto. Sus manos eran alabastro finamente veteado con dedos afilados y tan blancas como un jugo de limón…” Al verla, Bloom se siente atraído por ella, por su infantil belleza, así como Odiseo se sintió atraído por el rostro, y, sobre todo, por el alma bella de Nausícaa. Pues, es la belleza del alma infantil que nace y se identifica con la bondad, la que los atrae en principio.
Estaba sentada pensando y viendo jugar con la arena de la playa Sandymount a dos de gemelos de 4 años, Tommy y Jackie. Cuando vio a Bloom contemplándola, se sintió atraída por él porque creía que “ningún príncipe encantador es su novio ideal para poner un amor raro maravilloso a sus pies, sino más bien un hombre varonil con cara fuerte y tranquila…”. Atracción mutua que nació, entonces, de esas miradas recíprocas en la que Bloom vio la representante de la belleza infantil irlandesa, y ella vio en él el exponente de un hombre maduro y varonil que anhelaba amar. Por eso, le muestra sus piernas y ropa interior. Hecho, que le lo llevó a masturbarse y que provocó una cierta fantasía sexual. Y, después, cuando Gerty se levanta y se va caminado, se percata que es coja. En ese momento desaparece la atracción inicial que sintió por ella, al comprender que no es la belleza física infantil pura y completa que creyó ver en un principio. Escena que nos enseña o nos recuerda una vez más que la belleza física de una mujer, o de cualquier ser humano, nunca es completa y absoluta. Siempre guardada en sí misma algo de su contrario, de lo no bello o feo. Y, sobre todo, que nos sentimos atraídos por lo que nos parece bello, y no por lo que es total y absolutamente bello porque en la realidad no existe.
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