Dos culturas diferentes y desiguales, cuyos caminos se entrecruzan a lo largo de la historia.
Quizá esa oración logre resumir el contenido de este inmenso volumen donde el autor recorre los siglos que van desde la llegada de los españoles a los vastos territorios que llamaron América, conduciéndonos a través de su entreverado devenir hasta el siglo XXI, cuando el presidente de Estados Unidos está provocando una crisis sin precedentes que nos afecta en todo este continente que, desde el Sur, hoy llamamos Abya Yala.
El historiador norteamericano, Greg Grandin, catedrático en la Universidad de Yale, es conocido en el ámbito académico local por sus libros La sangre de Guatemala y Panzós, la última masacre colonial, aunque en su haber cuenta con varios títulos más recientes, como The End of the Myth, con el premio Pulitzer, The Empire of Necessity y Fordlandia, entre otros. Desde que leí su libro sobre Panzós, he procurado seguirlo, no sólo por los temas que aborda, sino porque además de ser un investigador acucioso, es un escritor directo con estilo propio y un sentido del humor que suele exhibir en frases contundentes o en la forma de nombrar los hechos y personajes. Tiene además la virtud, escasa en el gremio, de poner atención a las mujeres y sus aportes a la historia.
Si echamos una mirada al índice del libro, veremos que el contenido es extenso y complejo. No podría en este espacio resumir tanta información, ni tanto dolor, tanta muerte y tantas luchas por construir un nuevo mundo donde todas las personas vivieran con bienestar. Por eso recomiendo leerlo, para acompañar a Grandin en la construcción de una narrativa en la que Estados Unidos y América Latina aparecen fatalmente vinculados.

Desde la introducción, el autor establece la relación entre personajes destacados del sur y del norte, e ilustra los contrastes entre las políticas de ambos territorios, empezando con el relato que hace el venezolano Francisco de Miranda, de visita en Norteamérica en 1783, donde observó que las mujeres de habla inglesa se veían más oprimidas y subordinadas, y quedó impresionado por la rígida religiosidad de la gente y los sermones de odio contra judíos, católicos y musulmanes. Contrasta con el espíritu insurgente, católico y antimonárquico del sur que propugnaba un republicanismo más humanista.
A lo largo del libro vamos a ver cómo el uso del nombre América corrió aparejado con políticas expansionistas, ejercicios de poder abusivos, invasiones, robos y explotación que han tenido continuidad hasta hoy. Pero el autor aclara que su objetivo no es meterse en esos vericuetos del nombre, sino explorar la larga historia de disputas ideológicas y éticas del Nuevo Mundo.
La discusión sobre si los pueblos originarios eran humanos, que sirvió de trasfondo para justificar matanzas, esclavitud y despojos durante las conquistas y colonizaciones, también es un fenómeno que se ve reflejado en Tratados, Acuerdos, Pactos, Contratos y en políticas que hasta hoy podemos observar, como en la ridícula propuesta de cambiar el nombre del Golfo de México. El apogeo de la supremacía blanca es otra muestra, a cual más deplorable, de ese pensamiento conquistador.
A partir del análisis de las acciones de los forjadores de la patria norteamericana, podemos observar cómo fueron conformando su identidad nacional bajo la moral protestante individualista, el elogio del poder, el uso de la violencia y el desprecio por otras culturas, mientras que, de este lado, el autor nos lleva de la mano por las reflexiones de luchadores sociales y del desarrollo de las distintas repúblicas de habla hispana a quienes atribuye el haber contribuido a forjar un cuerpo de leyes internacionales que defienden la libertad, la soberanía y el desarme.
Entre los personajes que el autor estudia, están los grandes hombres que, como Simón Bolívar y José Martí, marcaron nuestro sentimiento latinoamericano de insumisión frente al imperio. El libro es una puerta abierta hacia esas hazañas por la independencia, primero del imperio español, y luego del yugo imperialista que siguió reclamando para sí su derecho a la conquista y al despojo a lo largo de la historia. Las relaciones con América Latina siguen estando en la mira del que todavía se cree el país más poderoso del mundo. Su presencia e injerencia en Guatemala son, desgraciadamente, prácticas todavía en uso.
Del otro lado, describe a personajes como F. D. Roosevelt, que en su momento levantó banderas progresistas que alentaron la esperanza de un nuevo pacto que estableciera relaciones justas y equitativas en el mundo. Un personaje que me atrae muchísimo por su singularidad, es Henry Wallace, vicepresidente, quien propugnó mejorar el nivel de vida de la gente y por salarios y condiciones dignas para las clases trabajadoras, discurso que molestó sobremanera a los grandes empresarios y poderosos políticos como Edgar Hoover y Harry Truman que echaron leña anticomunista al fuego de la Guerra Fría desatada después de la segunda guerra mundial.
En el epílogo del libro, Grandin dice que América Latina ha sido como un cable a tierra para la tormenta eléctrica de Estados Unidos, al cuestionar y responder a sus políticas agresivas, al oponerse a sus intervenciones y conquistas, y con la incansable y pública demanda de respeto a las soberanías. A continuación, hace un conteo de las intervenciones recientes que EUA ha protagonizado, desde la invasión a Panamá en 1989 hasta la guerra del Golfo, Irak, Afganistán, y el largo etcétera que se extiende desde Ucrania hasta Gaza. Habla de la globalización financiera, de la polarización ideológica, y de la escalada guerrerista que hoy parece un destino ineludible.
Hablando de Nuestra América, menciona los intentos democratizadores que fueron abortados en distintos países, las luchas sociales por la defensa de nuestros derechos, la construcción de una cultura propia, basada en nuestras raíces y la entrada de los pueblos originarios en los escenarios donde antes fueron excluidos. Todo ello, en franca oposición a los mandatos dominantes yanquis.
Después de leer este libro, es pertinente preguntarnos sobre las relaciones entre los gringos y nosotros: hasta dónde su cultura está asumida como propia, por qué muchas personas desean vivir allí y ser como ellos. Guatemala, ya sabemos, ha estado a la sombra de los gobiernos y empresarios norteamericanos durante, por lo menos, todo el siglo XX. El anticomunismo que impusieron como política de Estado, tuvo consecuencias trágicas que se contabilizan en los miles de desaparecidos y asesinados, producto de su lucha contra el fantasma del socialismo. La crueldad con la que se combatió a los pueblos originarios, el desprecio hacia los migrantes, la prepotencia en su trato hacia nuestros gobernantes, son resultado de una cultura masiva que presentó a los colonizadores blancos como los vaqueros buenos y a los “indios” como los “salvajes” que había que exterminar.
Como continente latinoamericano, como pueblos con aspiraciones y rasgos comunes, sabemos que la garra del imperio está aquí para proteger sus intereses. El conocimiento de nuestro pasado, de las luchas por justicia genuina para todos, son una fuerza que nos permite continuar tendiendo puentes con quienes, aquí y allá, creen y luchan por vivir en armonía y paz.
*Greg Grandin, America, América. A New History of the New World, Penguin Press, New York, 2025.
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