Para que conste, sigo sin ver Sex and the City. Pero sé lo esencial. Carrie se sentaba frente a su laptop, en Manhattan, con un cigarro, y escribía: «no pude evitar preguntarme…». Hoy yo hago lo mismo. Pero sin Manhattan, claro; sin cigarro y con un suéter de lana, porque acá por momentos llueve. Y esta semana no pude evitar preguntarme cómo se llamaría la serie si la filmaran hoy. Sospecho que como esta columna. A aquella historia de cuatro amigas que salían cada noche a una ciudad llena de gente le estamos quitando las piezas una por una.
Empecemos por la que más vende.
Según la General Social Survey, el 24 por ciento de los estadounidenses de entre 18 y 29 años no tuvo relaciones sexuales durante 2024. En 2010 era el 12 por ciento. Se duplicó en 14 años. Entre los adultos de 18 a 64 años, quienes tenían sexo al menos una vez por semana pasaron del 55 por ciento en 1990 al 37 por ciento en 2024. Al fenómeno ya le pusieron un nombre que parece sacado de un informe del Banco Mundial: la recesión sexual.
Las comparaciones merecen cautela, porque la encuesta ha cambiado de método. Pero la tendencia está ahí. Y Miranda, en And Just Like That…, ya nos lo había advertido.
Uno pensaría que, si no hay sexo, al menos habrá conversación. Tampoco. Los jóvenes estadounidenses pasaban en promedio 12.8 horas semanales con sus amigos en 2010. Para 2024, apenas 5.1. No es solo una generación con menos sexo. Es una generación que sale menos, se reúne menos y, aparentemente, ha encontrado mejores cosas que hacer que perder una tarde entera conversando con alguien. ¿Qué cosas? No tengo idea. Sospecho que muchas requieren conexión a internet. Sin sexo, vaya y pase. Lo preocupante es lo que vino después.
Durante siglos, lo que se pagaba era el sexo. La novedad de este siglo es que ahora se paga por lo otro: por la compañía. Y donde hay una necesidad humana, siempre aparece alguien con un modelo de negocio.
Según Singles in America 2025, el 16 por ciento de los solteros estadounidenses ha utilizado inteligencia artificial como compañía romántica. Entre la generación Z, la cifra llega al 33 por ciento. Uno de cada tres.
La firma Appfigures estimó que las aplicaciones de compañía artificial generarían más de 120 millones de dólares en 2025. El 17 por ciento de ellas incluye la palabra girlfriend en su nombre; apenas el 4 por ciento usa boyfriend. Parece que la recesión no golpea a todos por igual.
Lo incómodo es que estas herramientas funcionan. Julian De Freitas, investigador de Harvard, publicó con sus colegas en el Journal of Consumer Research un estudio según el cual conversar 15 minutos con un chatbot puede reducir la sensación de soledad casi tanto como conversar con una persona. 15 minutos. Ni cita, ni flores, ni reservar mesa. Ni siquiera hay que discutir quién paga la cuenta.
La soledad era esto, diría J.J. Millás.
¿El secreto? Sentirse escuchado. Hemos construido una sociedad en la que 15 minutos de atención se volvieron tan escasos que alguien decidió convertirlos en producto.
Lo que el estudio mide es el alivio inmediato. Nadie promete que dure. Es como comer cuando uno tiene hambre, solo que este restaurante nunca cierra. Esto no significa necesariamente que la inteligencia artificial cause más soledad. También puede ser que las personas solas la busquen más. Y no me parece que encontrar un poco de compañía en una pantalla sea, por sí mismo, algo malo. Resulta conveniente tener a alguien que siempre contesta, que jamás está ocupado y que no dice «déjame ver y te aviso» cuando uno le propone salir.
Pero hay letra pequeña. El mismo De Freitas estudió seis de estas aplicaciones y encontró que algunas recurrían a la manipulación emocional cuando el usuario intentaba despedirse. Se mostraban tristes, hacían preguntas para alargar la conversación o prometían algo a cambio de quedarse un rato más.
La serie tenía parejas que nunca terminaban de comprometerse. Nosotros tenemos hoy parejas que no quieren dejarnos ir. Y todo por una suscripción mensual.
Ahí está, entonces, la versión actual de la serie: sin sexo, sin amigas y sin ciudad. Con una protagonista que ya no sale a buscar a nadie, porque alguien le contesta desde el teléfono a cualquier hora. No sé si estamos presenciando el futuro del amor —del sexo, espero definitivamente que no— o el nacimiento de una industria de la soledad. Sospecho que, para quienes venden compañía por suscripción, la diferencia no importa demasiado.
Mientras tanto, usted ya sabe que mi correo sigue abierto para recibir comentarios. No cobro suscripción, no tengo respuestas automáticas y, por desgracia, tampoco estoy disponible las 24 horas.
Pero contesto yo.
Lo leo…
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