Sandor y yo

Andrés Gutiérrez Aiza

mayo 3, 2025 - Actualizado mayo 2, 2025
Andrés Gutiérrez Aiza

Hoy viernes 2 de mayo, muy temprano, Adri y Vicky (mis hermanas), y yo, acompañamos a nuestro querido Sandor, el perro viszla más fantástico que te puedas imaginar. Tenía que dormir, pues el cáncer le había provocado ya una hemorragia interna y el dolor para él era insoportable, a pesar de las medicinas. Sandor es hijo de Bandy, el primer viszla en Guatemala, según entiendo. Son una raza de origen húngaro y nos lo regaló un querido amigo de mi papá, sabiendo que en nuestra familia queremos mucho a los perros. La tradición dice que son perros de caza, pero nuestro Sandor era perro de casa.

Nos compartió su vida entera, catorce años vibrantes. El inicio no fue fácil. El cachorro robaba las pantuflas de mis hermanos, descaradamente saltaba engulléndose mis papas fritas favoritas y los panqueques de mis desayunos, además pensaba que mis pollitos eran su presa de caza. Pero fue aprendiendo. Le enseñé y con los meses traía en su hocico a los pollitos al punto del infarto, pero vivos. Luego, ya convertidos en gallinas y gallos, se hicieron carnales –como dicen en México— compartían sus platos de comida, y hasta la cama.

Lo que me dice mi familia –pues no lo recuerdo—es que Sandor era mi guardián. Mis travesuras a los cinco años consistían en subirme a los muros –de donde más de una vez me caí, y guardo las cicatrices—y escaparme de casa, y mi querido Sandor siempre iba detrás de mí. A veces me delataba, porque cuando en el bosque escuchaba que mis hermanos gritaban mi nombre, él ladraba.

Una vez, en mi caminata no autorizada por mis padres, toqué la puerta de una casa desconocida. Me atendieron y pedí agua, porque me moría de sed. Amablemente, unos señores ya mayores –como están ahora mis papás—me invitaron a pasar, mientras avisaban a alguien responsable en la colonia de que yo estaba ahí, el chico Down. Y la gentil señora susurraba en el teléfono: Vengan rápido porque viene acompañado de un perro que no nos permite que nos acerquemos al niño, y tenemos al animalito en nuestra sala.

Les debo contar algo más. A mis cinco o seis años me volví fanático de la película Spirit, aquel corcel testigo mudo pero indomable frente a la introducción del ferrocarril en el viejo Oeste de Estados Unidos. Y después de ver la película, yo salía al jardín de la casa y saltaba como cuadrúpedo con una fuerza increíble en los brazos. Hasta llegué a ganarle las carreras a Sandor, pues él se cansaba más rápido. Tuve estimulación temprana desde muy bebé, por eso desarrollé tanta fuerza y coordinación motriz.

Ahora bien, la verdadera madre de Sandor es Adri, mi fantástica hermana. Y el verdadero hermano de Sandor, es Lennon, un schnauzer que llegó a casa un año después de Sandor. Mis papás decías que un perro tan nervioso como Sandor necesitaba un hermanito chiquito que lo tranquilizara. Cuando vi esa miniatura lo bauticé Lennon y cumplió la profecía, y más. Lennon resultó ser un perro autista, las dos veces que conocimos su voz fue, la primera, cuando se enamoró y los señores de la casa vecina le impidieron que viera a su amada, y la segunda cuando Sandor asistió a una cita médica y tardó mediodía en regresar. Lennon aullaba con malos presagios. Solo una vez ladró de felicidad, y bailaba incontenible. Fue cuando Sandor regresó bien de su cita médica.  

Me encantó la película Marley y yo, por eso así titulé esta columna. La historia se parece. Cuando Marley duerme, como ahora Sandor, John Grogan (me inspiró como columnista) y su esposa Jenny, llaman a sus hijos al pie del árbol donde está el cadáver de Marley. Cada uno de los niños le ha escrito un pensamiento y lanza el papelito a la fosa. Desde el fondo de mi corazón, escribí varios pensamientos que he leído ante las cenizas de nuestro querido e inolvidable Sandor. Les prometo que mañana se las comparto.

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