Hablemos sin tapujos: dentro de esta impunidad, también se juega la carta del racismo

Mariana Rohrmoser

abril 29, 2025 - Actualizado abril 28, 2025
Mariana Rohrmoser

A pesar de haber, supuestamente, superado un conflicto armado interno, de vivir en un mundo con más entendimiento de la historia, de contar con respeto a los supuestos derechos humanos, con avances científicos, tecnológicos y de comunicación, aún persiste una fuerza silenciosa y letal que continúa atándonos, no sólo a un triste pasado, sino al odio y a la separación, elementos que se conjugan en aquello que conocemos como: racismo.

No importa si hablamos de Guatemala o de cualquier otra parte del mundo, pues el racismo sigue siendo una de las principales causas que impiden traspasar barreras que nos hagan superar nuestras diferencias, resolver nuestros conflictos sociales y políticos, construir economías sólidas y poblaciones verdaderamente integradas.

Es un hecho, en nuestro país, aún existe el racismo y uno muy fuerte y poderoso, incrustado especialmente hacia las comunidades indígenas, el cual ciega la razón y provoca rezagos terribles, que no permiten, ni siquiera, analizar las circunstancias de las situaciones, provocando en muchas personas, la ceguera absoluta, la falta de objetividad y claridad de los hechos y peor aún, a lograr cualquier diálogo, que permita arribar a contundentes acuerdos, provocando un confuso entramado de orden político, que afecta las dinámicas sociales.

Por iluso que parezca, por factores de orden racial y con dotes de racismo, se provoca la exclusión y el repudio de acciones, buenas o malas, por el simple hecho de venir de sectores vulnerables y mayoritariamente olvidados, como lo son los pueblos originarios, argumentando que sus acciones constituyen un peligro y hasta un delito, no por lo que representan, sino por quienes está articulado.

Todo esto es el reflejo de esa falencia y escaso entendimiento en la conformación de los pueblos originarios, cuya esencia está basada y profundamente ligada a su visión integral de la vida, su organización democrática ancestral, sus valores comunitarios y la defensa activa de su cultura y territorio.

A pesar de ello, para muchos estos son inexistentes, sin atender a la protección de sus derechos y principios desde nuestra legislación, tanto nacional como la internacional, lo cual hace inaudito esa marginación y olvido desde muchos aspectos, como el acceso a la educación, la salud o la representación política real, lo cual expone esto a un problema social y étnico, cuya piedra angular recae en esos rasgos de racismo inexplicable, que impide ese verdadero y potencial desarrollo. Ese problema no es lejano, ni teórico. Es una verdad absoluta y muy dolorosa.

Hoy, en pleno 2025, vemos cómo en Guatemala persisten actitudes de indiferencia, ataques y abierta hostilidad, hacia líderes indígenas que alzan la voz frente a las injusticias que para todos son evidentes y a todos nos afectan.

Dicha voz que se alzó, para defender una democracia que finalmente no era más que la nuestra, pues la de ellos, dentro de sus comunidades, vaya que funciona, bajo sus esquemas de orden y una organización que les brinda paz social y jerarquías muy claras.

Hoy, líderes indígenas, críticos del abandono histórico al que han sido sometidos los pueblos originarios, enfrentan la cárcel y para algunos, esto representa una acción que persigue probar un fraude inexistente, que sólo pretende desestabilización y preservación de impunidad, imputándoles acciones delictivas que muy posiblemente estén fuera de contexto, haciéndose evidente una vez más, esa desigualdad que subyace y la cual es inherente al desprestigio de los pueblos originarios. Todo esto evidencia esa desigualdad de la que aún somos presa.

Otros tendrán muy en claro, que esto no es más que una persecución política, en donde se pone de manifiesto, la falta de certeza jurídica y la cooptación de las instituciones públicas, mismas que tienen por finalidad perpetuar este sistema corrupto y manufacturado para promover la impunidad.

Pero sea de la forma que sea y esperando se haga realmente justicia, lo que nuevamente se evidencia es esa nefasta situación, que muchos prefieren ignorar o justificar, bajo el velo de los estereotipos de orden racial, cayendo en los letales y groseros racismos.

La facilidad con que una parte de la sociedad guatemalteca minimiza estos atropellos, permaneciendo en silencio, evidenciando que dicho racismo no se encuentra únicamente incrustado en los grandes gestos de odio, sino también en la pasividad cotidiana.

Si un líder indígena es criminalizado por exigir justicia y la mayoría de la ciudadanía no levanta la voz, no es simplemente un problema de derechos humanos: es una muestra de que aún no hemos entendido que nuestro progreso depende de reconocer y respetar la dignidad de todos los guatemaltecos, sin excepción alguna.

Esto no es una deducción personal, sino la conclusión de ejemplos tan claros como los que hemos evidenciado en países, en donde ese racismo también afecta los derechos humanos y lacera la democracia y libertades, arrastrándose heridas raciales muy profundas. Estados Unidos es un ejemplo de ello, en donde las personas afroamericanas han sido históricamente marginadas y víctimas de una violencia estructural que se refleja en tasas desproporcionadas de pobreza, encarcelamiento y violencia policial. Así es como movimientos como el Black Lives Matter no surgieron de la nada y fueron para muchos, el grito de generaciones que exigen igualdad. Sin embargo y como siempre, deslindar todo esto de lo político y racial, tendrá como resultado, distintas tonalidades, que impedirán identificar la verdadera gama de colores que tiene el cuadro en escena.

Incluso en otros contextos, como el del pueblo judío, vemos cómo el antisemitismo, lejos de extinguirse, persiste y se adapta a nuevas formas de discriminación.

Es así como siguen existiendo olas de violencia, impunidad y persecución, que no son sólo el reflejo de una sociedad que se fragmenta por las acciones que se realizan, sino cómo una buena parte de esta sociedad se expresa de dichas acciones y las envuelve y tiñe en discriminación racial.

Todas estas acciones nos deben recordar, que los prejuicios más antiguos pueden encontrar nuevas voces, si no se combaten con determinación.

En tanto no encontremos una salida a todo esto, siempre será posible considerar que la raíz de todos estos problemas, no son más que la respuesta a la apreciación de una visión de «el otro» como una amenaza, como un ser inferior o, en el mejor de los casos, como alguien que no merece las mismas oportunidades ni condiciones ante una sociedad que fomenta la inequidad y la desigualdad, aunque pelee por nuestros derechos.

Mientras el mundo no reconozca que esta mentalidad, seguirá siendo una de las grandes razones que propician la obstaculización de todo desarrollo, cualquier propósito común que exista, siempre seguirá atado a conflictos estériles, llenos de injusticias y a un progreso ficticio e inexistente.

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