Remesas: estabilidad sin sostenibilidad

Hugo Maul R.

julio 20, 2026 - Actualizado julio 19, 2026
Hugo Maul R.

Un querido amigo chiquimulteco relataba que, cuando fue a estudiar inglés a Estados Unidos, se hospedó con unos primos. Uno de ellos le regaló un reloj Fossil comprado con lo que había ganado ese mismo día en uno de sus dos trabajos: seis horas a US$15 la hora, equivalentes a unos Q684. Para un trabajador guatemalteco que gana Q4,000 mensuales y logra ahorrar entre Q700 y Q800, reunir esa cantidad exigiría entre 26 y 29 días de ahorro; es decir, el resultado de entre 163 y 186 horas laborales, frente a las seis horas que bastaron en Estados Unidos. La comparación no constituye una medición estricta de productividad: si ambos trabajaran 190 horas al mes, el primo ganaría unos Q21,660, 5.4 veces el ingreso del trabajador guatemalteco.

Sin embargo, muestra algo más revelador para la vida cotidiana: después de cubrir sus necesidades, el trabajador inserto en la economía estadounidense puede convertir su esfuerzo en bienes de consumo entre 27 y 31 veces más rápido. Al cruzar la frontera no se volvió más inteligente, disciplinado ni trabajador; ni siquiera cambió de ocupación. Cambió el entorno en el que empleaba sus capacidades: más capital, tecnología, infraestructura, organización, demanda y mejores condiciones institucionales permiten que cada hora de trabajo produzca y sea remunerada mucho más. El migrante no solo gana un salario mayor; genera, dentro de una economía más productiva, ordenada y predecible, un excedente que en Guatemala tomaría meses acumular.

Una parte del excedente generado por esa mayor productividad regresa a Guatemala en forma de remesas. Las remesas sostienen el consumo familiar, financian alimentación, salud, educación y vivienda; aumentan las importaciones y dinamizan el comercio, la construcción, los servicios financieros y numerosas actividades orientadas al mercado interno. El ingreso se produce fuera, pero se consume dentro.

En palabras de otro amigo, la dependencia crónica de las remesas ha hecho de Guatemala una “zona óptima de consumo”: un excelente lugar para vender, pero no necesariamente un mejor lugar para producir. La economía se especializa crecientemente en administrar, intermediar y consumir ingresos generados en otro país. Crece la demanda de bienes importados; se expanden el comercio, la logística, los servicios y el sector inmobiliario; aumentan los precios de terrenos, viviendas y servicios; y producir para el mercado interno puede resultar más atractivo que invertir en actividades exportadoras.También cambian los incentivos laborales. Las remesas permiten a ciertos hogares rechazar empleos a los salarios existentes, reduciendo la oferta de trabajo en determinadas comunidades.

El problema no son las remesas. El problema es que sus beneficios pueden debilitar la urgencia de transformar la estructura productiva. Mientras el consumo crece, las empresas venden, el sistema financiero intermedia, el gobierno recauda y la estabilidad macroeconómica se mantiene, la baja productividad deja de sentirse como una emergencia. La aparente prosperidad amortigua el problema que la originó. Durante un conversatorio sobre migración en FILGUA, una de las participantes describió este comportamiento como una “adicción a las remesas”. Esta surge cuando una economía organiza su producción, sus importaciones, sus ingresos fiscales y su estabilidad social alrededor de este flujo de recursos. Comienza cuando la estabilidad producida por las remesas se confunde con un modelo económico exitoso. El país puede tener abundancia de divisas, estabilidad monetaria, consumo creciente y mayor recaudación, mientras conserva alta informalidad, baja productividad y escasa movilidad social.

Nada de esto disminuye el valor de las remesas ni el sacrificio de quienes las envían. Para millones de familias constituyen bienestar, seguridad y oportunidades que el país no ha sabido ofrecer. No obstante, las remesas han convertido a Guatemala en una economía optimizada para consumir, sin convertirla en una economía igualmente capaz de producir. Su efecto estabilizador ha permitido sobrellevar la baja productividad, la informalidad, la insuficiencia del empleo y la debilidad institucional sin enfrentar plenamente las reformas que esas carencias exigen. Allí radica la verdadera adicción: no solamente en depender de los dólares que llegan, sino en acostumbrarse al alivio que proporcionan y seguir postergando los cambios necesarios para que prosperar en Guatemala no dependa de marcharse de ella.

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