Provocatio/La Demonización de la política

…el término “idiota” fue acuñado por los griegos antiguos (ἰδιώτης (idiṓtēs) para referirse a una persona privada, alguien que se desentendía de los asuntos públicos y que solo velaba por sus intereses egoístas. Dos milenios después, la semántica popular ha cambiado radicalmente, pero el sentido civilizatorio de la gran Grecia debería seguir presente para evitarnos este vergonzoso estado actual de nuestra sociedad, en la que hablar de política, es sinónimo de discutir sobre algo sucio y perjudicial.

José Alfredo Calderón E.

junio 12, 2026 - Actualizado junio 10, 2026
José Alfredo Calderón E.

En nuestro país, es frecuente escuchar expresiones de rechazo hacia la política partidista, pero también, hacia la política en general. No dudo que la historia del país, tenga argumentos sólidos para este rechazo; sin embargo, una sociedad apolítica, no solo no es posible, por su propia naturaleza, sino que es hasta perjudicial, como es nuestro caso.

No salgo de mi asombro cuando escucho decir, sobre un alcalde o cualquier funcionario de elección popular, “es que se politizó”, con un sentido negativo para evaluar su desempeño. En realidad, las deficiencias surgen, probablemente, por su poca honestidad, experiencia o incapacidad, y no por su “politización”.

Toda persona que pertenece a la vida comunitaria, que opina sobre asuntos públicos y/o de aquellos que afectan en lo personal o grupalmente; todos los que se manifiestan sobre la salud, educación, cultura, ambiente, infraestructura y hasta temas básicos de cotidianidad, son homo politicus, como hace más de dos mil años aseveró Aristóteles, al referirse a la naturaleza del ser humano como ser social y político, cuya realización plena ocurre dentro de la polis o ciudad, o sea, en convivencia con otros.

De hecho, el término “idiota” fue acuñado por los griegos antiguos (ἰδιώτης (idiṓtēs) para referirse a una persona privada, alguien que se desentendía de los asuntos públicos y que solo velaba por sus intereses egoístas. Dos milenios después, la semántica popular ha cambiado radicalmente, pero el sentido civilizatorio de la gran Grecia, debería seguir presente para evitarnos este vergonzoso estado actual de nuestra sociedad en la que hablar de política, es sinónimo de discutir sobre algo sucio y perjudicial.

He expresado en múltiples ocasiones que una sociedad despolitizada, está condenada a la manipulación, al engaño y al escarnio. Politizar en su sentido real, es hacer partícipe a los comunitarios de las decisiones que les afectan y que, participar en el juego político, y no necesariamente como candidato, deviene en una responsabilidad ciudadana de suma importancia.

Cuando alguien me pregunta cómo se soluciona la ignorancia política, la apatía y la instrumentalización de la población, siempre respondo: formación, formación y más formación. Primero debe conocerse la realidad, luego interpretarla y, finalmente, estar dispuesto a cambiarla.  La mayoría llama a la organización y lucha, pero sin claridad política, nada cambiará.  En el mismo sentido, ¿a quiénes conviene hacer de la política algo sucio? Precisamente a las personas que se entronizan en los puestos públicos, pues no admiten competencia. Así mismo, a quienes medran de dicha actividad, aprovechándose de la indiferencia de las mayorías, obteniendo como resultado, una libertad plena, para su accionar mafioso.

En lugar de unirnos a los corifeos que pregonan que la politización es algo diabólico, debemos luchar por formarnos a nosotros mismos y luego compartir conocimiento y experiencias con los menos favorecidos, aquellos sin el privilegio del estudio; porque hay que decirlo claro, en Guatemala, estudiar es un privilegio. No hablo de aprobar grados en un sistema educativo escandalosamente deficiente, hablo de adquirir conocimiento real, de calidad, y para nuestro caso, ni siquiera se obtiene en los colegios privados, salvo excepciones costosísimas, inalcanzables para las mayorías.

Otro término demonizado es “polarizar”, como si la naturaleza misma del ser humano no fuera contradictoria. La semántica popular ha reducido la expresión a antagonismo perjudicial, a maniqueísmo puro y duro, buenos contra malos, rojos contra blancos, ladinos contra indígenas, hombres contra mujeres y un largo etcétera. La confrontación de ideas, aún en posturas diametralmente opuestas, no tiene por qué ser violenta. De la unidad y lucha de contrarios, ha nacido no sólo la ciencia y los grandes inventos, sino las sociedades más maduras y civilizadas.

El enemigo no está entre nosotros mismos, sino en los aparatos institucionales y mediáticos que nos dividen y confunden, implantando imaginarios ajenos a nuestra propia naturaleza. No tenga temor a ser diferente ni discutir con pasión sus ideas, las pugnas ideológicas no solo son buenas sino necesarias, siempre y cuando la base axiológica de los contendientes permita una discusión de altura, sin centrarse en la descalificación y daño del otro.  

La próxima vez que le quieran vender que la politización es mala y que lo ideal es la condescendencia hacia el centro, que es punto muerto igual a cero, reflexione antes de ceder o reproducir sofismas que solo le interesan a unos pocos, precisamente, a aquellos que administran el negocio politiquero.

Historiador y analista político

 

 

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