La campaña anticipada fluye a todo vapor y ni el mundial de futbol la opacará, más bien, servirá a muchos para promocionarse, aunque en su vida jamás hayan jugado una chamusca. Acompañando esta salida robada, surgen mediciones, encuestas, predicciones, prospectivas y, sobre todo, campos pagados para atacar y/o impulsar a todo tipo de personajes, por muy impresentables que sean. Mecanismos que son muy burdos unos, y otros, con algún intento de maquillaje que los haga un poco más digeribles.
Desde 1957 a 2023, llevamos 17 elecciones simuladas, tres golpes de Estado tradicionales, dos golpes técnicos y un autogolpe. En todas estas ocasiones, el pueblo siempre ha participado del montaje, sin decidir, por supuesto. La estructura es la misma, con pequeñas variantes, para hacer más creíble el juego. ¿Por qué habría de ser diferente en 2027?
Las supuestas mediciones carecen –en su mayoría– de base metodológica y rigurosidad científica, pero a un pueblo tan necesitado de democracia y libertad, siempre se le puede engañar con viejos trucos. Quiero referirme a dos aspectos que pretenden fortalecer el sistema político-electorero, para que el noble y sufrido pueblo guatemalteco siga esperanzado, cada cuatro años.
1. El “error” de confundir preferencia de voto, con conocimiento público: Son dos cosas diferentes, pero que parecieran iguales. Ya antes he explicado la importancia de ser conocido, aunque no necesariamente favorecido con el voto. A más personas que me conozcan, independientemente de su preferencia, más posibilidades tengo de mercadear mi figura. Hay casos, como el de Sandra Torres, con un enorme antivoto, pero que siempre reaparece entre los candidatos, porque es muy conocida. La simpatía, en cambio, mezcla tres cosas: conocimiento público, opinión favorable y potencial voto, si se aparece en las listas a cargos de elección popular.
2. Otro “error” es presentar un escenario con muchas posibilidades (multipartidismo) creando la ilusión del voto para “elegir”, cuando esto no es real. Las verdaderas “elecciones” se hacen antes, entre un selecto grupo de decisores que indican quién participa y quién no; o a quien, ya inscrito, se le obstaculiza o se le favorece, para evitar agrias sorpresas, como la que dio Thelma Cabrera del MLP en 2019, alcanzando un cuarto lugar y erizándole la piel a las élites. En las siguientes elecciones Cabrera fue bloqueada antes de participar y así blindaron el sistema.
En el primer caso, lo que se pretende es inflar el interés ciudadano en determinados candidatos, para ambientar una supuesta fiesta cívica, cuando lo común es la indiferencia o repugnancia ante tanta desilusión y escarnio. Los porcentajes y preferencias no importan, el objetivo estratégico es que la gente siga creyendo.
En el segundo “error”, la intención es aparentar que todos están representados en la oferta política, por lo que “no vota el que no quiere”. Hay para todos los gustos, dicen. Izquierda radical, izquierda moderada, centroizquierda, centro (igual a nada) centro derecha, derecha moderna, derecha nacionalista, extrema derecha (neo y/o tecnofascista) según la particularidad taxonómica en la que se divide la diversidad de plataformas electoreras. Lejos quedaron los tiempos de identificar y separar verdaderas corrientes de pensamiento como el marxismo, el liberalismo y su versión neoliberal, el socialcristianismo, la socialdemocracia, etc.
Ahora que se flexibilizó la campaña anticipada, todos ganan: los medios de comunicación, las agencias de mercadeo y publicidad, incluyendo las entidades que se dedican a vender mediante mediciones preparadas al gusto del cliente. Ganan también las élites y su ahora socio permanente: el narco. Nos han vendido la idea de una democracia formal y funcional, hasta para los gustos más exóticos.
Las expresiones folklóricas de los participantes abonan al circo, así como las acusaciones, burlas y descalificaciones. Se monta un show lo más cercano a la lucha libre, con técnicos y rudos, que se cambian convenientemente de bando y que ejecutan perfomances que hacen la delicia del público. Mientras tanto, la estructura de desigualdad e injustica permanece, al igual que los privilegios de quienes manejan a los payasos, trapecistas, equilibristas y domadores.
Y pese a todo, el show debe continuar…
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