José Rubén lo afirmó clara y contundentemente: la cárcel es un exilio. Varios periodistas centroamericanos que tuvieron que buscar refugio fuera de sus países le asintieron en silencio.
En una emotiva alocución Zamora compartió cómo estando en el encierro no le quedó más que desconectarse de la vida cotidiana, de sus seres queridos y reconectar con su mundo interior, con otros universos como el de los libros… en un esfuerzo resiliente por no sucumbir ante la persecución y el encierro.
Su opción por la libertad de expresión y el ejercicio periodístico lo llevó -después de incontables agresiones y persecuciones- a una cárcel solitaria e insalubre, infestada de bichos que fueron mermando su salud. Una plaga provocada por sus mismos captores quienes aprovechando una de sus varias salidas a tribunales llenaron de insectos su oscura celda. En un intento desesperado por acabar con las plagas que lo torturaban, su sistema nervioso terminó siendo afectado por los pesticidas.
Durante su intervención, José Rubén Zamora explicó los paralelismos entre el exilio y la cárcel. Ruptura vital y emocional al separarse de sus familiares, redes sociales y entorno cultural. Separación que suele traer consigo ansiedad, estrés e incluso depresión. A esto se agregan muchas veces una situación económica precaria y una constante angustia por su seguridad y la de los suyos.
Ahora cuando Chepe Zamora comparte personalmente su experiencia gracias a su frágil libertad es difícil no conmoverse y sentir admiración. Evidentemente, su salud ha sido permanentemente afectada por sus esbirros, pero su integridad no.
Al escucharlo hablar sobre estos temas uno no puede dejar de indignarse y preocuparse. Especialmente cuando son miles de personas las que son afectadas por situaciones similares alrededor del mundo.
En América Latina más de 900 periodistas han sido obligados a exiliarse entre 2018 y 2024 según el reporte “Voces desplazadas: radiografía del exilio periodístico latinoamericano” editado por la Universidad de Costa Rica y respaldado por la Unesco. La mayoría son originarios de países como Venezuela, Nicaragua, Cuba pero el listado incluye también a Guatemala. El informe señala que 19 periodistas guatemaltecos estarían viviendo refugiados fuera del país, aunque otros reportes apuntan a una cifra superior.
El exilio de periodistas es un puñetazo certero a la democracia. La golpea no solo por ser una ominosa y dolorosa realidad sino porque aumenta el déficit de información confiable, la autocensura y pone aún más en evidencia la debilidad del Estado para proteger a la prensa.
No está de más reiterar que urge que el estado y todos los sectores se unan para fortalecer los mecanismos para la protección de periodistas. Con cada profesional de la información que sale del país, que es callado por las balas o por el yugo de la autocensura no solo pierden los profesionales y sus familias, perdemos todos.
Esto porque se debilita el ecosistema informativo y se reduce el ejercicio del pensamiento crítico, del periodismo investigativo que en buena parte ayuda a respirar a nuestras frágiles democracias. Con el exilio de periodistas y medios completos, se reduce el escrutinio del poder y aumentan las narrativas manipuladas. Como sociedad esto nos hace más vulnerables y nos obliga a nadar contracorriente con el endeble salvavidas de nuestros criterios que a veces se pueden hundir entre el oleaje de la desinformación y la manipulación mediática. A pocos días de conmemorar el 3 de mayo, Día Internacional de la Libertad de Expresión, el reciente asesinato del colega Carlos Cal Ical en Alta Verapaz, nos enluta y recuerda un exilio aún más cruel del que muchos jamás podrán regresar… Más allá de la persecución y la muerte, necesitamos construir desde todos los ámbitos un país donde nadie guarde silencio por haber intentado expresar verdades incómodas.
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