La ruleta del petróleo

Hugo Maul R.

abril 20, 2026 - Actualizado abril 19, 2026
Hugo Maul R.

América Latina se ha equivocado demasiadas veces al confundir shocks pasajeros con cambios duraderos en sus condiciones externas. Esta ceguera ante la naturaleza de los shocks externos ha sido, históricamente, el prólogo de crisis sistémicas que transforman medidas pensadas para perturbaciones transitorias en décadas de estancamiento. Ante la actual ebullición geopolítica en el Medio Oriente, Guatemala se enfrenta nuevamente a este dilema. Esta vez con el tema de los subsidios a los combustibles. La intervención para aliviar el bolsillo ciudadano es comprensible, pero no debe ignorarse la posibilidad de que el aumento en el precio del petróleo sea un cambio más duradero de lo que se asume.

En el ámbito de las finanzas públicas, existe una asimetría crítica en las consecuencias de valorar equivocadamente un episodio como el que sacude hoy al mundo. Confundir un cambio transitorio con uno permanente —el error de ajuste prematuro— puede generar descontento social, al trasladar al bolsillo del consumidor el aumento de precios de los combustibles, así como provocar una desaceleración temporal del crecimiento económico. Es un costo real, pero manejable bajo los parámetros de la estabilidad macroeconómica ya que es factible rectificar una vez la perturbación se disipa.  Sin embargo, el error inverso puede ser letal: confundir un cambio permanente con uno transitorio. Cuando un país se embarca en subsidios generalizados creyendo que el precio del petróleo pronto bajará, pero este se mantiene alto por más tiempo de lo que se esperaba, se abre una trayectoria de deterioro fiscal. El subsidio se transforma en un gasto rígido que erosiona la solvencia del Estado y distorsiona los incentivos económicos, impidiendo que la industria y los hogares se adapten a una realidad de energía cara.

El encarecimiento del petróleo no es un evento neutral; funciona como un impuesto indirecto y regresivo que drena la liquidez del sector privado hacia el exterior. Al ser un insumo transversal, su alza encarece la producción, el transporte y la distribución, erosionando los márgenes de ganancia de las empresas y el ingreso disponible de los hogares. Un encarecimiento sostenido del petróleo puede dejar un lastre sobre el crecimiento durante varios años. Un subsidio generalizado no elimina el costo del petróleo caro; simplemente cambia quién lo paga hoy y quién lo paga después.

La región ha cometido ambos errores: gastar como si una bonanza temporal fuera permanente, y subsidiar como si un encarecimiento persistente fuera apenas un sobresalto pasajero. El caso de México a finales de los años setenta ilustra el primer error: al asumir que los altos precios del petróleo eran la nueva norma, el Estado expandió su gasto y se endeudó masivamente, hasta que el colapso de 1982 reveló que la bonanza era transitoria. En el otro extremo, subsidios energéticos concebidos como alivios temporales terminaron convertidos en rigideces fiscales permanentes. El caso salvadoreño del gas propano muestra cómo un alivio temporal puede convertirse en una rigidez fiscal difícil de desmontar.

Pensar en un regreso rápido del petróleo a los niveles previos a la guerra es una apuesta demasiado optimista. La guerra con Irán no solo afecta la oferta por temor; reconfigura las primas de riesgo y las rutas de suministro de manera duradera. En esta materia, lo que menos debe hacer el Estado es empezar a jugar a la ruleta con el precio del petróleo y las finanzas públicas.

En un entorno de incertidumbre geopolítica profunda, la prudencia dicta que la economía tendrá que ajustarse al costo real de la energía importada para incentivar la eficiencia. Intentar ganar un pulso contra el componente permanente del mercado del petróleo no es una medida de protección social; es, paradójicamente, comprar un boleto de la lotería de la crisis. La verdadera resiliencia económica no se construye ocultando la realidad de los costos globales, sino fortaleciendo la capacidad de la economía para crecer a pesar de ellos. La sostenibilidad de las finanzas públicas es el único cimiento real sobre el cual se puede edificar un bienestar que no se evapore con el próximo shock internacional.

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