Resistir las políticas antinmigrantes de la actual administración republicana requiere una reflexión ética comprensiva. Un aspecto fundamental de este esfuerzo demanda prestar atención a la salud mental de los migrantes, especialmente de los menores de edad, quienes con frecuencia sufren de un profundo estrés psicológico. Es preocupante, en consecuencia, que los programas diseñados para proteger los derechos de los inmigrantes se enfrenten a recortes de fondos federales: esto no solo margina aún más a esta población vulnerable, sino que también contribuye a fracturar más el compromiso de los Estados Unidos con la dignidad humana y la justicia.
Sin embargo, existen ejemplos prometedores de resistencia y resiliencia por parte de algunas organizaciones que, sin fines de lucro, organizan programas y recursos de apoyo para las familias inmigrantes. Estas iniciativas demuestran que es posible construir estructuras sociales basadas en la empatía, la solidaridad y los derechos humanos. Muestran, además, la necesidad de seguir generando espacios para el reconocimiento moral del migrante. Esto implica no solo brindar apoyo, sino también recuperar los fundamentos éticos de que se jacta la vida cívica estadounidense, muchas veces sin notar terribles fallas en la defensa de la dignidad humana.
Iniciativas centradas en la salud mental, el comportamiento, el empoderamiento familiar y la crianza consciente no solo ofrecen apoyo inmediato, sino que también siembran las bases para una transformación social más justa e inclusiva. Un ejemplo sobresaliente es Best Point Educational and Behavioral Health, así como el programa Every Child Succeeds. Tuve la oportunidad de trabajar cinco años en dichas iniciativas basadas en Cincinnati, Ohio. Quienes trabajamos para el bienestar de las familias, sabemos que la salud mental de los padres es esencial para que los niños puedan crecer con amor, autoestima, conocimiento y una buena salud en general. Por esta razón urge que otras organizaciones y organismos estatales reconozcan y respalden estos esfuerzos. El verdadero progreso se mide también por la capacidad de una sociedad de cuidar, educar y dignificar a quienes más lo necesitan.
Durante estos cinco años trabajé con diferentes comunidades de bajos recursos. Tuve a mi cargo familias hispanas, y otras afroamericanas y caucásicas. A pesar de que estas familias compartían diferencias culturales, todas coincidían en una historia común: nacer en contextos socioeconómicos marcados por una desigualdad estructural que les ha venido condicionando su existencia y, por ende, el acceso a una vida digna, segura y saludable.
Es de mencionar que las familias afroamericanas, a pesar de tener ciudadanía y acceso formal a derechos, continúan enfrentando los efectos de una historia marcada por la esclavitud, la exclusión y la segregación. Este problema las pone en condiciones similares a las de las familias inmigrantes. Esto indica que la desigualdad va más allá de un estatus migratorio. El sistema penitenciario, por ejemplo, alberga una cantidad desproporcionada de personas afroamericanas; este es el resultado directo de décadas de barreras tales como la criminalización racial, los sesgos en el sistema de justicia y la falta de oportunidades educativas.
Las familias con un estatus migratorio irregular enfrentan situaciones injustas y hostiles impuestas por un sistema antinmigrante que les excluye, criminaliza y deshumaniza; se les excluye de beneficios esenciales, como el acceso a la salud mental. Estas familias viven con el temor constante a las deportaciones, a la separación familiar y a los centros de detención. Todo esto les genera un estrés crónico que termina afectando su bienestar individual, el de su familia y el de la comunidad. Los impactos y traumas que enfrentan los migrantes no son solo de ahora, estos vienen desde el momento en que toman la decisión de salir a buscar una vida mejor. Tratar la salud mental es esencial para lograr un bienestar saludable de la familia.
El racismo, la exclusión, la marginación y la discriminación son vivencias cotidianas que afectan la salud emocional, social y espiritual de las familias con las que trabajé. Estas realidades, repetidas a lo largo de generaciones, son un reflejo de la poca justicia que se ha hecho para erradicar estos tratos y sanar las heridas. Afortunadamente, el programa comunitario en el que trabajé en Cincinnati ayudó a promover un entorno saludable, seguro y emocionalmente estable en el hogar de las familias. Esta experiencia demuestra que es posible encontrar vías para la consolidación de las estructuras de reconocimiento moral que podrían elevar la conciencia de la sociedad estadounidense.
El programa al que me refiero tiene como objetivo ayudar a las nuevas madres y a sus familias a criar niños felices, sanos y prósperos. Se consideró fundamental hacer énfasis en la salud mental materna y el apego emocional temprano, reconociendo que la crianza consciente, el apego seguro y el desarrollo de bebés y niños pequeños son vitales para construir una sociedad justa. Se destacaba la importancia de las interacciones tempranas, el juego afectuoso y la lectura, prácticas que fomentan habilidades lingüísticas e imaginación, así como la conexión emocional y crecimiento cognitivo. Los planes familiares estructurados jugaron un papel central para fijar y alcanzar metas específicas. Estas acciones ayudaron a que los padres se proyectaran a dar a sus niños una vida más sana, cariñosa y autosuficiente, estableciendo rutinas familiares como una herramienta de transformación en dirección al amor y la empatía.
Para mí, realizar este trabajo fue tan importante porque me permitió incidir en la transformación de las vidas personales y sociales de las personas con las que trabajaba; pudieron visualizar un futuro posible y deseable, aunque fuera en la adversidad. Este trabajo no se limitó a brindar apoyo emocional, sino a acompañar procesos reales de transformación, donde las familias recuperaban herramientas, confianza y esperanza. Respetar y valorar a estas comunidades ha sido, sin duda, mi experiencia de entrega más profunda. Promover la educación como herramienta de empoderamiento, fortalecer el bienestar familiar, y fomentar el respeto y el amor son base para construir un entorno sano. Sin embargo, reconozco que las familias inmigrantes indocumentadas enfrentan una forma profunda de invisibilización que, más que una política estructural, es una falla ética del sistema.
En Cincinnati, solo se contaba en la comunidad con una clínica de salud mental gratis en español, la cual no se daba abasto para satisfacer la demanda de las personas locales en este estado migratorio. Negar el acceso a servicios esenciales como la salud mental a personas por su estatus migratorio es perpetuar el sufrimiento de las comunidades históricamente marginadas. La migración no es una decisión ligera, es el resultado de políticas económicas y sociales globales que han dejado a millones con hambre. Migrar es un acto de valentía impulsado por la esperanza, pero también cargado de rupturas, miedo y pérdida. Acompañar es estos procesos requiere sensibilidad, compasión y justicia. Tengo la convicción de que toda persona posee capacidades y derechos inherentes, sin importar su origen, raza o estatus legal, por lo que empoderar a estas familias es una forma moral de reconocer su dignidad humana.
Debo dar el mérito a mi supervisora Mónica de Lemus y gerente Lisa Haverkamp, quienes me dieron todo el apoyo y motivación para poder manejar mis casos de clientes, en los que había unos casos más complicados que otros. Sin la participación responsable de ellas, no hubiera sido posible el éxito de mi trabajo, del programa y de la institución donde laboramos. Transformar las vidas de las familias y crear a los niños con amor, han sido una de mis mejores experiencias en el trabajo con el sector migrante y familias de bajos recursos en Cincinnati, Ohio.
La recuperación de la experiencia moral en la sociedad norteamericana, especialmente en relación con las comunidades migrantes y las históricamente marginadas, requiere un enfoque integral desde la educación y la intervención social. La vivencia directa con familias hispanas y afroamericanas demuestra que, a pesar de las barreras económicas, sociales y migratorias, es posible fortalecer la conciencia moral, el bienestar emocional y el desarrollo saludable de los niños mediante programas comunitarios y educativos. Esta experiencia me reafirmó que el trabajo social, cuando se ejerce con compromiso, empatía, responsabilidad y estrategia, puede transformar no solo situaciones inmediatas, sino también historias de vida.
Acompañar el proceso de una familia que se fortalece, recupera la esperanza y proyecta su futuro es una recompensa invaluable, aunque estas experiencias morales rara vez se reconocen o validan. En este país, queda mucho por transformar, tanto políticamente como moralmente. Las estructuras actuales continúan perpetuando desigualdades, exclusión y silencios que hieren la dignidad de quienes luchan día a día por sobrevivir. El miedo al rechazo, la deportación, la pobreza o el castigo paraliza, y cuando el miedo se normaliza, la dignidad humana se debilita. Quienes no somos cómplices de estas injusticias tenemos la responsabilidad moral de actuar para transformar la vida de quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad. La dignidad humana no es una aspiración, es una realidad vivida que debe estar presente en cada intervención social, política y comunitaria que busque cuidar y transformar la vida de los más vulnerables.
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