La distancia tiene una sensación particular en diciembre. Cuando vemos algunas calles adornadas de luces, quienes vivimos lejos de casa sentimos cómo el calendario de manera insistente nos recuerda todo lo que dejamos atrás. Soy una de tantas mujeres que nunca imaginó que tendría que rehacer su vida en otro país, y mucho menos que lo haría cargando apenas una maleta y a mi perro.
Diciembre siempre ha sido un mes complicado. Tradiciones que se repetían año con año, nunca pensé que algún día extrañaría poner el árbol de navidad. Hoy, esos recuerdos llegan cuando veo los adornos navideños en este país que me acogió pero que aún no termina de sentirse como hogar.
Alguien me dijo una vez que para sanar hay que dejar ir. No estoy segura de estar del todo de acuerdo. En este camino zigzagueante que me ha tocado recorrer, he descubierto que el dolor necesita ser habitado, no evadido. Cuando intentas ignorarlo o enterrarlo, se queda ahí, enquistado, bloqueando todo lo demás. Así que he aprendido a sentir: la tristeza, la rabia, la nostalgia, la frustración. Las he dejado pasar por mí, sabiendo que eventualmente se retirarán.
He desarrollado una supervivencia bastante simple: vivir el presente posible. No planeé esto deliberadamente; surgió como mecanismo de defensa. Pensar demasiado en el futuro me paraliza, me llena de preguntas sin respuesta: ¿cuándo podré volver? ¿Volveré algún día? ¿Cómo será mi vida dentro de cinco años? Así que he optado por concentrarme en el ahora, en este día que tengo frente a mí, en esta hora, en este momento. Quizás no sea la estrategia más convencional, pero en este exilio forzado ha sido mi salvavidas.
También me he permitido algo fundamental: la vulnerabilidad. Dejar que otras personas me conozcan realmente, sin las capas de protección que solía mantener. Aquí he encontrado a otras personas exiliadas, migrantes, desplazadas, cada una con su propia historia de pérdida y resistencia. Con ellas he compartido, hemos cantado esas canciones que no siempre todas conocemos, como esas que sirven para gritar cuando necesitas sacar la rabia, para llorar, para reír o simplemente para compartir.
En estos días, inevitablemente, suena en mi cabeza aquella canción de Marco Antonio Solís sobre la Navidad, la de las luces de colores que iluminan. Esa canción tiene el poder de transportarme a otro tiempo, a otro lugar. Me pone nostálgica, sí, pero también me hace reflexionar sobre el significado de todo esto.
Porque el exilio es una experiencia contradictoria. Por un lado, te arranca de raíz, te despoja de todo lo familiar, te obliga a reconstruirte desde cero. Duele de formas que no puedes anticipar: extrañas los sabores, los olores, los sonidos de tu país. Extrañas entender todas las referencias culturales, no tener que explicar tu acento, poder expresarte con total fluidez con tus propias palabras. Pero, por otro lado, el exilio también te transforma. Te obliga a desarrollar una fortaleza que no sabías que tenías. Te conecta con una comunidad de personas que entienden tu dolor sin necesidad de palabras.
He aprendido que podemos mantener una relación compleja con el país que nos forzó a irnos. Lo amamos y lo odiamos al mismo tiempo. Extrañamos su esencia mientras rechazamos las circunstancias que nos expulsaron. Es una dualidad con la que debemos aprender a convivir, una tensión que probablemente nunca se resolverá del todo.
Lo que nos sostiene son las redes de apoyo que vamos encontrando. Esas amigas y amigos que vamos conociendo en el camino, que entienden por qué ciertos días son más difíciles que otros, que celebran los pequeños triunfos y que acompañan en los momentos de quebranto. La comunidad en donde se puede sentir que la felicidad no es un estado permanente que debemos alcanzar, sino una colección de instantes que debemos apreciar cuando aparecen.
Así que este diciembre lo vivo diferente. Ya no busco recrear lo que tuve, porque esa vida quedó atrás y quizás nunca regrese. En cambio, intento construir nuevas tradiciones, encontrar alegría en lo desconocido, agradecer la libertad que tengo a pesar de todo lo que ha costado. Las luces de colores brillan igual aquí que allá, solo que ahora iluminan un camino distinto, uno que sigo trazando día a día, con esperanza y con la certeza de que sigo en pie, de que sigo luchando, de que sigo viva.
A la comunidad que está presente gracias…
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