Las organizaciones conocidas como ONG son actores de la sociedad civil que se caracterizan por no formar parte del gobierno, no generan ganancias y tienen una misión social que cumplir. Sin embargo, James Petras, sociólogo estadounidense, argumenta en su artículo “Las dos caras de las ONG” que algunas ONG no operan con neutralidad ni independencia, especialmente si dependen de fondos del gobierno o de instituciones internacionales.
En la década de 1980, debido a las políticas de libre mercado y al auge del neoliberalismo, varios países latinoamericanos se encontraban profundamente polarizados. Esta situación fue aprovechada por algunas ONG, que adquirieron un nuevo protagonismo. Como señala James Petras, en lugar de actuar como agentes de cambio, muchas de ellas terminaron colaborando con los regímenes neoliberales, cooptando el activismo por intereses políticos, financieros o ideológicos.
Un ejemplo claro que cita Petras fue el apoyo que líderes y activistas de ONG le dieron a la campaña de Vicente Fox en el año 2000 en México. Para Petras, algunas ONG no son una alternativa al neoliberalismo, sino un instrumento funcional a su lógica; ya que lejos de resistir, se orientan a paralizar y fragmentar movimientos sociales y comunidades de lucha. De manera que estos líderes sociales y activistas de ONG, quienes originalmente representaban causas progresistas y comunitarias, fueron cooptados por el sistema neoliberal; pasaron de ser actores críticos del poder a convertirse en parte del aparato que lo sostiene. Dependiendo de quién les financie, así se condiciona sus acciones y prioridades, lo que deja de responder a las comunidades locales y pasan a responder a los intereses de los donantes.
Pero no todas las ONG actúan con un doble estándar; algunas constituyen una verdadera fuerza de resistencia, dan voz a las comunidades marginadas y ofrecen espacios para la innovación social. Sin embargo, otras, como ya lo mencioné, no cuestionan el sistema y se encierran en una independencia financiera que limita su autonomía. Estas últimas, al colaborar con gobiernos antidemocráticos, contribuyen a legitimarlos. En consecuencia, la ética de estas instituciones se desvincula de los intereses genuinos de las comunidades donde operan. Según Petras, los líderes sociales que antes encabezaban luchas colectivas comienzan a centrarse en proyectos de “autoayuda”, alejándose así de las causas estructurales como la desigualdad o la explotación.
En Estados Unidos, algunas ONG que trabajan con la comunidad migrante, principalmente latinoamericana, enfrentan una dinámica compleja y ambivalente. Muchas de estas organizaciones, especialmente las de carácter religioso, se fundamentan en valores como la dignidad humana, la justicia social y el amor al prójimo, basándose en creencias espirituales y enseñanzas sagradas. Sin embargo, a pesar de estas nobles bases, no todas han logrado mantener la coherencia ética en la selección y formación de su personal. Según el sociólogo James Petras, esta falta de rigor ha provocado una despolitización de la acción social dentro de algunas ONG, que, en lugar de fomentar la solidaridad, la participación y el compromiso comunitario, terminan reproduciendo prácticas que priorizan el ascenso personal y el acceso a recursos.
La situación se torna particularmente preocupante cuando los dirigentes de estas organizaciones, siendo inmigrantes latinoamericanos, sustituyen los valores de servicio y compromiso comunitario por la búsqueda de reconocimiento, poder y ascenso social. De este modo, se desvinculan de la ética del servicio religioso y comunitario, lo que genera un distanciamiento de las verdaderas necesidades y luchas de las comunidades a las que deberían servir. Este comportamiento no solo debilita la legitimidad y efectividad de las ONG, sino que también contribuye a la reproducción de estructuras de poder internas que replican las desigualdades y dinámicas de exclusión que estas organizaciones deberían combatir.
Por tanto, es fundamental que las ONG, especialmente aquellas con una base religiosa y comunitaria, revisen y fortalezcan sus procesos internos para asegurar que sus integrantes compartan no solo los valores declarados, sino también un compromiso genuino con la transformación social y la justicia. Solo así podrán cumplir su misión de manera auténtica y efectiva, evitando caer en la trampa de la despolitización y el uso instrumental del activismo social.
Los dirigentes de estas ONG no buscan transformar ni abogar por una mejor calidad de vida para sus beneficiarios; más bien, ocultan sus prácticas conservadoras bajo un discurso progresista centrado en la igualdad y los derechos. En estos casos, el impacto de las ONG no depende tanto del tipo de transformación social que promueven, sino de quiénes las dirigen, de quiénes las financian, de su independencia política y de su relación con las comunidades a las que sirven.
Sería ideal que estas organizaciones impulsaran formas de transformación profunda, promovieran cambios sistémicos y defendieran una vida digna para sus clientes. Sin embargo, mi experiencia personal, especialmente en Nueva York, me ha llevado a reflexionar sobre algunas de estas organizaciones religiosas que están cooptadas, son apolíticas y no cuestionan las causas estructurales de la pobreza. En lugar de eso, actúan dentro de los márgenes establecidos por el poder, ofreciendo soluciones limitadas y parciales a las comunidades a las que dicen servir.
Así como los gobiernos neoliberales reducen los servicios públicos, aumentan la pobreza y privatizan la economía, estas ONG no transforman estructuras ni enfrentan al poder, intentan contener la crisis social con sus proyectos para los grupos vulnerables, mostrando el rostro humano del neoliberalismo, sin cuestionar las causas estructurales de la pobreza, y son los mismo clientes quienes deben de resolver sus problemas sociales. Como señala Petras, estas organizaciones terminan reforzando el mismo sistema que supuestamente critican, adoptan un lenguaje de “poder popular”, pero abandonan la lucha estructural.
No debemos dejarnos engañar por aquellos actores que, aunque recurren a discursos que evocan la figura de Mujica, al Frente o a sus orígenes revolucionarios, en realidad representan el rostro comunitario del neoliberalismo. Su retórica progresista opera como un mecanismo de legitimación de las políticas de libre mercado, contribuye a la despolitización de las luchas populares y busca más el ascenso personal que la transformación colectiva.
En este sentido, Petras denuncia no solo el neoliberalismo “desde arriba”, proveniente del gobierno, sino también aquel que surge “desde abajo”, a través de las propias ONG. Como recordaba Martin Luther King: “Necesitamos líderes que no estén enamorados del dinero, sino de la justicia, que no estén enamorados de la publicidad sino de la humanidad». Esta reflexión cobra vigencia en contextos donde la retórica del cambio termina subordinada a los intereses del mercado y al individualismo competitivo.
*Sylvia Castellanos-Flynn, Internacionalista, San Francisco State University
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