Los nuevos premios Nobel Philippe Aghion, Céline Antonin y Simon Bunel en su libro El poder de la destrucción creativa que los lanzó al premio en economía de este año, se enlazan con el aporte que dieron sus colegas que lo obtuvieron el año pasado, en donde Daron Acemoglu en su obra Por qué fracasan las naciones expuso que Guatemala y Colombia eran un ejemplo de sociedades extractivas fallidas, porque los beneficios de la producción van a los bolsillos de unos pocos, ambos países con instituciones débiles en medio de la inseguridad y la corrupción. Los nuevos premiados Aghion, Anonin y Bunel en su libro sobre “El poder de la destrucción creativa” exponen que las crisis se suceden y ellas provocan más desigualdad, bajo crecimiento y deterioro del ambiente… Se preguntan ¿cómo crear un capitalismo mejor? Proponen la destrucción creativa a través de una innovación disruptiva del viejo orden con una propuesta basada en la innovación. El poder de la destrucción creativa supone una revisión ambiciosa de los fundamentos del éxito económico y un plan para el cambio que enseña que, en última instancia, un futuro justo y próspero es posible. Pero se debe apelar a la creatividad y a no tener miedo a cierta destrucción bien regulada. Y propiciar una gran capacitación de la fuerza de trabajo y que los empresarios den el salto a la innovación tecnológica y económica y, por tanto, política.
Acá creo que esa destrucción debe comenzar con partes de la Constitución y de las instituciones fallidas que ha creado, pues succionan gran parte del presupuesto público y se han tornado en verdaderos elefantes blancos donde, además, reina la corrupción. Eso debe eliminarse y, para ello, Guatemala deberá dar la lucha y unir voluntades para transformar el Estado y aprenda a volar con alas nuevas ya que es obsoleto, desfasado, inoperante, corrompido, ajeno a los intereses de la sociedad. Hay que planificar, pasar de lo rural a lo industrial y comercial, con innovación y premiar a los que se atreven a usar y valorar el avance tecnológico para una mayor productividad, con un Estado que facilite esa transición.
Eso se podría aplicar en Guatemala pues desde los gobiernos civiles que se han dado desde que entró en vigor la Constitución de 1985 y sus reformas de 1993, el país parece estancado en su estructura política y desde hace décadas la democracia se ha ido debilitando, en tanto la economía se ha salvado por las remesas que han casi duplicado las exportaciones. Hay estancamiento democrático porque el crimen organizado ha capturado el Estado y hay un rotundo retroceso en sus funciones, un estado con una gelatinosa burocracia que se ha ido ampliando por razones clientelares.
La corrupción ha ido en ascenso desde los años ochenta: las coimas han pasado del diez por ciento en los gobiernos militares, subiendo al 20, al 30, al 40 por ciento y más. La sociedad clama por una “destrucción bien regulada” del andamiaje estatal en profundidad, para dar lugar a un Estado innovador que procure un futuro justo y próspero como es el deseo de la gran mayoría. Esta apoyaría un carpetazo para gozar de seguridad, porque la inseguridad viene de la corrupción y de esta la falta de desarrollo aunado a una élite extractiva que apoya a los políticos oscuros.
La aproximación tecnológica que los tres nuevos premios Nobel aconsejan en Guatemala se debe superar el modelo de una economía extractiva que solo favorece a una élite mercantilista y protegida por el Estado, poco ilustrada; y pasar a una economía que sobrepase las nuevas fronteras tecnológicas con un Estado transparente que facilite ese cambio.
La inteligencia artificial puede darnos inputs sobre lo que bloquea el desarrollo nacional para desenredar nuestros nudos gordianos.
El caso de Argentina, dicen los nuevos premiados: “En 1890, el PIB per cápita de Argentina llegó a ser el 40 por ciento del de Estados Unidos, haciéndolo un país de ingreso medio. Sin reducir esa brecha, Argentina mantuvo esta posición hasta 1930. Pero comenzando esta década, la productividad empezó a caer con respecto a la de Estados Unidos. ¿Por qué la convergencia del estándar de vida de Argentina con respecto a Estados Unidos se detuvo y, además, comenzó a retroceder?
Como ex embajador que fui en Argentina por cuatro años, leí y comprendí que la rica oligarquía ganadera decidió irse a vivir a París en 1930 y dejó a los militares el gobierno que les cuidaran sus haciendas, pero de gobierno los generales no entendían nada, y vinieron los equívocos y torpezas en un Estado que, en lugar de tender a la innovación y la conversión industrial, la bloqueó, incluso con Perón, y los militares que le sucedieron que llevaron a endeudar a Argentina a niveles siderales. Al punto que la deuda se paga con más deuda y eso no tiene solución hasta la actualidad: Argentina vive de endeudarse con salvatajes regulares del FMI a distintos gobiernos. Milei ha tratado de destruir pero sin creatividad ni innovación, y sus recortes al presupuesto han afectado a los más vulnerables, mientras las minorías bancarias hacen su agosto al cambiar sus dólares a buen tipo de cambio de manera “extractiva” como hizo Macri y sin innovar y absorber nuevas tecnologías.
Del centro a Sudamérica la economía de innovación es una alternativa, pero sus gobiernos y gobernantes tienen además que ser transparentes y en la lucha contra la corrupción, con agencias anticorrupción que denuncie casos de corrupción, fraude, abuso o despilfarro. Debe rendir cuentas a los ciudadanos. Emitir una buena ley de transparencia draconiana con penas muy severas para los corruptos y perseguir a los corruptos del pasado. Que la justicia funcione con presteza y rapidez. Y deje de estar tan politizada, como se observa en las cortes, los diputados, la fiscalía. También vale un código ético. Y reformar el sistema electoral. Deberíamos introducir de una vez por todas las listas abiertas (en las que el votante puede elegir entre los que figuran en la lista y determinar su orden de elección) e instaurar un sistema verdaderamente representativo y proporcional. Tener un gobierno abierto y participativo. Con una administración pública profesional. Los cargos de hasta Director General deberían nombrarse por un sistema de meritocracia, garantizando la calidad de la gestión pública. Se evitarían así los nombramientos y ceses partidistas, y se pondría coto al nepotismo imperante.
Las instituciones de Guatemala requieren ya un borrón y cuenta nueva y cambios a la Constitución y un cambio de mentalidad entre los empresarios extractivos.
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