La protagonista de la semana ha sido Noelia Núñez, diputada del PP y estrella fugaz de la meritocracia un poco malintencionada. Resultó que no tenía ni título ni base, solo una serie de “equivocaciones” (si por equivocación entendemos inventarse toda una carrera universitaria; yo soy Doctor Honoris Causa en Comedias y Tragedias).
Desde su ficha del Congreso, su perfil en podcasts, entrevistas y páginas web argumentaban que Núñez tenía títulos tan voluminosos como: ser licenciada en Derecho por la Universidad Central de Missouri y luego por la Complutense de Madrid (sin haber pisado Missouri), Filología Inglesa (sin haber aprobado un examen), un doble grado en Derecho y Ciencias Jurídicas de la Administración Pública (sin terminar ninguno de los dos).
Estudió Derecho dos veces, al parecer le ha gustado la carrera que la ha vuelto a repetir.
Luego de rápidas investigaciones en línea, y algunos otros comentarios ofensivos, Núñez respondió que todo había sido una “equivocación” y que, ojo al dato, pretende retomar sus estudios algún día. Yo también regresaré un día para retomar mis estudios de Filología (me han aceptado en una universidad pero no he asistido, pero lo mencionaré en mi curriculum si algún día me otorgan un escaño en el congreso) De inmediato corrigió los perfiles, dimitió y se despidió pidiendo perdón a su familia. Mientras tanto, el PP aplaude su “honestidad” y la prensa la ficha para tertulias televisivas. Vaya pena.
¿La moraleja?
En política española –e incluso acá—, mentir puede ser una caída dramática… seguida de una subida a los reflectores de la tele. Mentir no inhabilita, te da visibilidad.
Noelia Núñez no es un caso aislado, es un síntoma. La política se ha convertido en ese reality donde lo que cuenta no es lo que sabes, sino cómo lo dices, cuánto escándalo provocas y qué tan rápido puedes pedir perdón sin despeinarte. De hecho, el modelo de éxito ya no es tener una carrera, sino tener una polémica. Que hablen de ti, aunque sea para preguntar si existe la Universidad de los sueños no cumplidos.
Porque si algo nos ha enseñado este episodio tragicómico, es que los errores académicos pueden convertirse en oportunidades mediáticas. Y si te caes del Congreso, no pasa nada: te recoge un plató, te maquilla un canal y te entrevista un periodista con más maquillaje que título también.
¿Quién necesita una universidad cuando tienes carnet? Encima llevan integridad en el logotipo.
El editorial de El País resume mejor la situación: mentir no es una anécdota, es una advertencia sobre la decadencia ética de una clase política que no aprende ni corrige, sino que recicla delitos en esqueletos mediáticos.
Y ahora, si me disculpan, voy a actualizar mi CV: «Experto en Filología y ganador del Premio Nacional de Literatura 2004». Total, si Noelia pudo, ¿por qué no yo?
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