El peligro que se corre ante el radicalismo y la polarización

Mariana Rohrmoser

septiembre 9, 2025 - Actualizado septiembre 9, 2025
Mariana Rohrmoser

Vivimos en un mundo marcado por la inmediatez que propicia espectáculos políticos realmente preocupantes y los cuales generan grandes manipulaciones de las emociones colectivas, cosa que deriva en fenómenos devastadores, tales como la polarización y el radicalismo.

Lo que en su momento fueron valores y principios destinados a orientar la vida en comunidad y fortalecer la cohesión social, hoy son sólo términos y palabras, acompañadas de acciones instrumentalizadas para justificar extremos, alimentar odios y consolidar liderazgos débiles, con pocos resultados o, por el contrario, autoritarios. Hoy lo estamos viendo y constatando en muchos países de la región.

Por un lado, tenemos la exageración de los valores tradicionales, siendo ejemplo de lo que debería ser una guía ética para la convivencia, sin embargo, éstos los convierten en bandera de lucha para imponer visiones únicas, excluyendo al diferente y profundizando la división social.

Así, el radicalismo, ya sea conservador o progresista, termina por desvirtuar los principios que dice defender, poniéndose únicamente al servicio de agendas que favorecen la doble moral y la manipulación ideológica.

Es, a mi parecer, importante ir teniendo esto muy en cuenta, para poder tener claridad y poder identificar con antelación esos patrones en los futuros candidatos que luego serán nuestros gobernantes y los de los demás países con los cuales nos relacionamos y evitar así, lo anteriormente expuesto.

Con ello, no sólo me refiero a los presidenciables, sino a todos aquellos funcionarios que en próximos meses habrá que elegir y que, aunque su elección no sea directamente por la ciudadanía, es importante que se monitoreen y analicen sus perfiles, ejerciendo el derecho de veeduría y fiscalización ciudadana para constar que los mismos no sólo sean transparentes sino lograr que dichos candidatos cumplan con los requisitos de idoneidad, capacidad y honradez.

En esencia, esa idoneidad y las demás cualidades arriba mencionadas podrían evitar que las ideologías y los radicalismos se impongan por sobre los verdaderos principios, la propia inteligencia, la razón y la sensatez.

Recordemos que el problema no radica en los valores mismos, sino en el uso que se hace de ellos. Por ello, la ética verdadera no necesita de radicalismos ni de dogmas para sostenerse; por el contrario, exige equilibrio, apertura al diálogo y reconocimiento de la pluralidad.

No permitamos liderazgos que aparentan firmeza moral pero que, tras ese ropaje, esconden tendencias autoritarias y proyectos que erosionan lentamente las bases democráticas. Tampoco permitamos esa falsa democracia que se vuelve lerda, poco funcional y hasta clientelar.

Es necesario observar lo que ocurre en distintas latitudes: líderes que, bajo el discurso de “rescatar la tradición” o “restaurar el orden”, van concentrando poder, debilitando las instituciones y cercenando libertades. Por lo tanto, es importante observar y entender cómo sus estrategias permiten la exacerbación de las libertades, provocando fuertes polarizaciones, dividiendo las sociedades y construyendo bandos irreconciliables que se presentan como los únicos capaces de salvar a la nación.

Bajo esa dinámica, los pueblos terminan renunciando a su libertad en nombre de una supuesta seguridad o de una identidad nacional “pura” que jamás ha existido en términos absolutos.

La gran tarea de nuestro tiempo es recuperar los principios sin caer en la trampa del radicalismo.

Es imperativo retomar los valores no como dogmas, sino como guías flexibles que permitan la convivencia en la diversidad.

La ética, despojada de ideologización, debe volver a ser un referente compartido que impida tanto la corrupción como la manipulación política.

Por su parte a la ciudadanía le corresponde aprender a distinguir entre un liderazgo auténtico y una fachada peligrosa.

El verdadero liderazgo democrático se construye con transparencia, respeto a las instituciones y capacidad de tender puentes en lugar de muros. No necesita de discursos extremos ni de exaltaciones desmedidas, porque su fuerza proviene de la confianza ciudadana y del compromiso con el bien común.

Hoy más que nunca debemos estar atentos, pues eso que parece un liderazgo fuerte puede ser en realidad la antesala de una dictadura.

En estos tiempos, mantener el equilibrio y una verdadera democracia parece ser muy complejo, pues ser firme, tener carácter y decisión para ejercer el poder no es algo que todos puedan. Mantener ese balance justo y necesario, que tampoco permita caer en debilidades, sin rumbo o decisiones necesarias y puntuales, sin caer en el autoritarismo y radicalismo, es algo complejo.

Por ello, no basta con centrarse únicamente en admirar las firmezas de los discursos: hay que evaluar la ética amarrada a las acciones, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, y la manera en que se ejercen el poder y la autoridad.

La democracia no es perfecta, pero es el sistema que permite el equilibrio y la corrección de errores. Defenderla requiere fuerza, equipos sólidos de trabajo y sinceras y profundas alianzas, para saber actuar y cumplir con las agendas de desarrollo.

Por ello, las carencias y desilusiones no deben permitir el surgimiento de líderes autoritarios que se instalen permanentemente, disfrazados de salvadores.

El desafío es grande, pero no imposible y es por ello que debemos trabajar por recuperar el equilibrio, cultivando ese poder enérgico, pero basado en los principios democráticos.

Sólo así, podrá ser posible ese balance que impida los extremos y la polarización, evitando que se repitan los capítulos más oscuros de la historia.

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