Hace apenas dos décadas, escribir sobre libre comercio en Guatemala era un acto casi ceremonial. Los tratados eran portada, los expertos citaban a Hayek y a la OMC por igual, y en las columnas de opinión —incluyendo las de este autor— se discutía, con seriedad, si el ALCA y los TLC´s eran una promesa o camisas de fuerza. En aquel momento, Guatemala, al igual que muchos países en desarrollo, vivía su ingreso a la globalización como quien asiste a una fiesta elegante: incómodos, vigilando el bolsillo, pero conscientes de que no estar allí era peor. Al firmarse el DR-CAFTA, el debate no era sobre el futuro del comercio global, sino sobre los términos bajo los cuales podía Guatemala participar. No había engaño: los llamados tratados de “libre comercio” no eran tan libres como parecían. Como acostumbraba decir el Dr. Ayau: la L en los TLC no denota la libertad de comercio, sino las limitaciones. Estos tratados imponían compromisos asimétricos, fijaban reglas para propiedad intelectual, servicios e inversión que poco tenían que ver con aranceles, pero al menos dibujaban un marco estable. En esa arquitectura, imperfecta pero funcional, se sabía que esperar: reglas claras y estables, mecanismos de solución de controversias, disciplinas comunes.
Lo que vino después fue la consolidación de un cierto orden normativo que tenía a la OMC (World Trade Organization – WTO por sus siglas en inglés-) como árbitro multilateral. Su legitimidad nacía no de la igualdad de condiciones, sino de la previsibilidad. Bajo ese marco, Guatemala multiplicó su comercio exterior, atrajo algo de inversión extranjera, y sobre todo, estableció relaciones económicas sujetas a reglas escritas. La confianza no era en los socios, sino en el sistema. Pero luego el mundo pasó del WTO al WTF: el tránsito desde un sistema basado en reglas previsibles hacia otro gobernado por la improvisación, las amenazas y la inestabilidad geopolítica. El WTF-, en castellano ¿Qué m**”** es esto? es el marco analítico de estos nuevos tiempos. Lo que era un mundo con reglas multilaterales y procedimientos institucionales, devino en un sistema errático, donde los aranceles se deciden por tuit, las represalias se anuncian en conferencias de prensa, y la OMC —antes árbitro— es ignorada o, peor aún, vaciada de jueces. El libre comercio ya no es un ideal ni siquiera para sus antiguos promotores: hoy se habla de patriotismo, «soberanía económica», y «restricción preventiva».
Las guerras arancelarias iniciadas por Estados Unidos contra China, la Unión Europea y hasta aliados tradicionales como Canadá y México, marcaron un giro irreversible. No se trata solo de medidas económicas, sino de un cambio en la lógica: se abandonó el principio de no discriminación para abrazar la acción unilateral. Aranceles del 10% al 145%, como los que se han impuesto recientemente, no son herramientas de política comercial, sino síntomas de una regresión institucional. En este nuevo orden, Guatemala queda atrapada en una especie de tierra de nadie. Con tratados firmados bajo el paradigma anterior, pero en un mundo donde esos tratados son apenas papel si el socio de mayor peso decide ignorarlos. Ya no basta con cumplir; hay que alinearse políticamente, probar lealtades geoestratégicas, y aun así, no hay garantías.
Paradójicamente, lo que en su momento fue criticado por tecnocrático, asimétrico y hasta neoliberal —los tratados de libre comercio— hoy aparece como una nostalgia de orden. La regulación que imponía el DR-CAFTA o el Acuerdo con la Unión Europea puede haber sido dura, pero era predecible. Y esa predictibilidad es ahora un bien escaso. Lo que antes era una partida de ajedrez regulada por relojes, es hoy una ronda de dados de infinitas caras.
La pregunta no es si se debe defender el libre comercio —porque ya no existe tal cosa como un consenso sobre este—, sino si se puede reconstruir un sistema donde las reglas vuelvan a tener valor. Donde países como Guatemala, con todos sus desafíos, sepan a qué atenerse. Porque en el mundo del WTF, lo único que abunda es la incertidumbre. Y esa, como bien sabemos, es la peor enemiga de todos.
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