La economía guatemalteca crece año con año, pero poco cambia. Desde principios de siglo, el país ha experimentado una expansión constante, impulsada en buena parte por las remesas, que hoy superan el 20% del PIB. El consumo interno se mantiene fuerte, las exportaciones crecen con dificultad y la inversión extranjera, pese a algunos repuntes, no despega de manera definitiva. Bajo estos signos vitales persiste el mismo cuerpo frágil de siempre: una estructura productiva informal, poco innovadora y con escasa capacidad de transformación.
Nada ilustra mejor esta fragilidad que el concepto de productividad. Se menciona con frecuencia, como si bastara invocarla para que aparezca. Pero la productividad no se decreta: se construye. Requiere organización, esfuerzo y tiempo. Significa hacer más con lo mismo, o incluso más y mejor con menos. Es la diferencia entre fabricar una piñata sencilla —una caja rectangular— y crear, con los mismos materiales, una figura compleja y funcional como las que se exhiben en los alrededores del Parque Colón. Durante años, la economía guatemalteca ha optado por las formas simples: piñatas cuadradas, fáciles, repetidas. Rinde cuentas en volumen, pero no en sofisticación. Produce cantidad, no calidad.
En este contexto, las decisiones de política económica, por más que cambien de nombre, de forma o de partido que las promueva, siguen girando en torno a urgencias coyunturales. A lo largo de décadas, el país ha dependido de factores externos: cuando los términos de intercambio mejoran, el país crece; cuando la economía global se contrae, Guatemala se frena. Pocas veces se ha intentado transformar el aparato productivo desde adentro. La última experiencia real de estrategia económica —por imperfecta que haya sido— fue la del Mercado Común Centroamericano, cuando se apostó por la industria y por una visión regional. Desde entonces, ha predominado el cortoplacismo y las medidas aisladas y fragmentadas. La pregunta fundamental sigue sin responderse: ¿hacia dónde va el país? ¿Qué tipo de economía se quiere construir? Sin una respuesta clara, todo esfuerzo, a lo sumo, terminará en piñatas más vistosas, pero con la misma fragilidad de siempre.
Mientras tanto, la migración se mantiene como el síntoma más elocuente del fracaso. Más de tres millones de guatemaltecos han buscado oportunidades fuera del país. Las remesas financian hogares, educación, pequeñas inversiones… y también sostienen la ilusión de un crecimiento que no nace en casa. Se exporta la fuerza de trabajo y se importan los ingresos. Buena parte de la economía sobrevive con dinero que no produce dentro de las fronteras del país. La estructura actual no ofrece suficientes oportunidades y, como consecuencia, expulsa a su gente. Si el país expulsa a su gente, es porque no logra generar las condiciones mínimas para que valga la pena quedarse. La migración refleja una debilidad económica: evidencia la incapacidad de crear empleos productivos, cadenas de valor complejas y opciones de vida dignas. Ese es el verdadero reto del desarrollo: lo que el país es capaz de producir internamente, con su gente y para su gente.
Superar ese reto no requiere fórmulas nuevas, sino compromiso con lo básico: educación de calidad, infraestructura estratégica, instituciones eficaces, mercados competitivos. Estos son elementos que no rinden frutos en un ciclo electoral, pero sin los cuales el crecimiento seguirá siendo frágil. Sin ellos, la economía permanecerá expuesta a los vaivenes externos y a la tentación de los atajos. No basta con discursos bien empaquetados ni con sofisticadas agendas que, bajo el ropaje del desarrollo, reproducen esquemas de privilegios, rentismo y mercantilismo. Mientras el modelo de desarrollo se construya para favorecer a los que ya están adentro, y no para ampliar el espacio de quienes podrían entrar, el resultado será más de lo mismo.
Por eso, hablar de crecimiento real exige ir más allá de las apariencias y comprometerse con la acumulación constante de esfuerzos. El verdadero desafío no está en crecer un punto más este año, sino en transformar la lógica que guía lo que se produce, cómo se produce y para quién se produce. No basta con reducir la fiebre: hay que curar el cuerpo. No basta con crecer. Hay que cambiar.Un país que crece sin transformar su estructura productiva no avanza: solo aplaza sus problemas.
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