Llegada de Cristóbal Colón a América. Foto: Wikipedia
Este breve ensayo aborda un fenómeno que se observaba en diversos espacios y momentos de determinadas actividades que se realizaban en Guatemala en la educación primaria, relacionadas con efemérides como «el Día de Tecún Umán«, «la Independencia«, el llamado «Día de la Raza» o también denominado «Día de la Hispanidad» o «Día del Descubrimiento de América»: las representaciones teatrales o actos que interpretaban diferentes escenas sobre los acontecimientos históricos mencionados. Me coloco como un testigo de vista y un participante en ellos, siendo de las generaciones que estudiaron la educación primaria en la década de los 80 y la media y diversificada en los 90 del siglo XX. A una distancia de cuarenta años y con un proceso de transformación que me ha sido brindado por mis estudios en ciencias sociales y mi praxis ideológica en constante profundización, actualmente puedo proponer una perspectiva crítica sobre esas vivencias que fueron comunes, más de lo que se cree, para varias generaciones guatemaltecas como escolares, y que, sin duda, incidieron en reforzar ideas dominantes e imaginarios a favor del deber ser. En este contexto reciente de la conmemoración de 500 años de invasión europea a los territorios que conforman actualmente Guatemala y Centroamérica, considero necesario plantear análisis que abonen al debate desde estas experiencias.
Efemérides que eran días de fiesta en los centros educativos: un sentido de festividad desde la hegemonía
En muchos centros de enseñanza de la Ciudad de Guatemala, las efemérides de «el Día de Tecún Umán», «la Independencia», o las llamadas «Día de la Raza», «Día de la Hispanidad» o «Día del Descubrimiento de América» eran de sumo especial para ser celebradas. Nótese que los nombres no llamaban a ningún tipo de cuestionamiento o reflexión crítica, sino que estaban dados desde la hegemonía, es decir, a partir del deber ser sin ningún tipo de posibilidad de objeción. Objetarlos habría sido motivo para representar a quien lo hiciese como «raro», «extraño», «peligroso» o incluso hasta «loco» o «comunista». Recordemos que, en la historia reciente de Guatemala, una de las significaciones de desvalorización y descalificación desde el poder histórico es la de «comunista», representando desde sus lógicas hegemónicas de imaginarios e intereses estructurales a todo lo relacionado con el comunismo como uno de los antivalores más grandes y que debía de ser evitado a toda costa.
En esto se basó mucho de la política contrainsurgente en el terror de los regímenes militares amparados por la oligarquía, los Estados Unidos y el capitalismo occidental en la llamada Guerra Fría, lo que para Guatemala significó la época del conflicto armado interno como agudización de la lucha de clases y de las graves contradicciones históricamente establecidas. Precisamente mi experiencia de estudiante de nivel parvulario y primario en Guatemala sucedió durante la década de 1980, en específico de 1981 a 1987, años en que las acciones estatales de contrainsurgencia fueron terribles. El anticomunismo estaba normalizado en los espacios escolares en los que nos desenvolvíamos la mayoría de niños y niñas, consolidándose con prácticas militaristas y religiosas conservadoras que reproducían el sistema dominante para legitimarlo. Aunque siempre hubo algún centro de enseñanza, compañeros y docentes que eran una excepción a todo ello, eran los menos. Inclusive, no se daba el mínimo espacio para preguntarnos por qué debían de celebrarse esos acontecimientos históricos, sino que se nos presentaban como celebraciones y se construía todo un ambiente para que se percibieran y se sintiesen como tal. A menos que en casa nos enseñaran a cuestionar, era difícil que se escuchase en las aulas una opinión distinta a la hegemónica. Por lo tanto, eran días que se sabía, entre otros, que eran de fiesta.
El llamado “Día de la Raza”, el 12 de octubre, era de los más celebrados en varios centros de enseñanza, desde las lógicas de las ideas dominantes. Ese día, el colegio o la escuela se adornaba con tiras de pino o laurel, o se utilizaban diversos tipos de papel; se elaboraban periódicos murales o «altares cívicos» para colocarlos en las carteleras o en las paredes y corredores, y hubo algunas veces que se dio el servicio religioso de la misa, todo lo cual le proporcionaba a la efeméride a manera de celebración una legitimidad muy potente a través de los simbólico. Pero una de las actividades más comunes era la de los actos escénicos que podían ser representaciones teatrales que mostraban algún acontecimiento específico. Se detenía el tiempo cotidiano de las clases, lo que proporcionaba una sensación de festividad porque se rompía con el quehacer diario, llegándose a convertir la llegada de esas fechas en una tradición. Se instalaba el escenario, disponiéndose sillas para que la comunidad educativa y los padres de familia pudieran observar los actos preparados por el alumnado. Se colocaban otros elementos emblemáticos y alegóricos que eran propios de la identidad de la institución, como la imagen patronal (si es que la había) o pinturas de personajes históricos, y también de las identidades hegemónicas de Guatemala y América.
La narrativa era de una hegemonía hispana y criolla, porque la fiesta reforzaba el poder dominante desde sus cimientos, o de lo contrario no tendría sentido. Era impensable que se utilizasen términos como invasión, etnocidio, genocidio, apropiación, despojo, explotación, racismo, discriminación, colonialidad, porque ni siquiera se les daba el mínimo lugar a los debates que en otras partes del país y del mundo se estaban realizando sobre los impactos del colonialismo. Todo esto en el sistema educativo hegemónico y del tipo conservador era visto como promovido por el comunismo, las guerrillas y las izquierdas. Por lo tanto, se nos era vedado y en las clases el currículum de estudios se ajustaba a la historia oficial. Por ello es que simbólicamente las efemérides debían de reforzar la hegemonía y lo que era visto en el aula tenía que ser lo que se transmitiera en los mensajes simbólicos. No cabían dudas porque simplemente no eran admitidas, sino que todo el colegio o toda la escuela estaba en la obligación de sumarse a lo que era significado como una celebración, por lo que la fiesta estaba instituida y así la aprendimos.
Continuará en la próxima columna.
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