Foto: Jaime Moreno
La Semana Santa en Guatemala es una invitación para reivindicar el espacio público y apropiarse de él (así sea por unos días), gracias a sus dinámicas multitudinarias y principalmente de calle. Los grandes protagonistas son los cortejos procesionales, que recorren los trazados urbanos del país y permiten una manifestación colectiva efímera que ya es considerada patrimonio inmaterial de la humanidad.
No es cuestión de simplemente ver una procesión; se puede hacer un acercamiento desde los sentidos. Aquí algunas claves no académicas.
Lo que vemos. La Semana Santa es un deleite para la vista. Más allá de las imágenes procesionales (magníficos ejemplos de arte colonial guatemalteco) y del adorno de las andas, otros elementos deben también ser objetivo de la vista: las alfombras y sus detalles, las túnicas de los cargadores, las flores y los lienzos en las ventanas de las casas y negocios (estaticias moradas, generalmente) y toda la gama cromática que ofrece la gastronomía de la época –desde el naranja de una empanada hasta el morado del curtido, pasando por el multicolor de las granizadas–.
Lo que olemos. Durante esta semana, las calles se llenan de aromas que pueden dividirse en dos: los sacros y los gastronómicos. En cuanto a los primeros, hay que fijar la nariz en el incienso que acompaña a cada cortejo (de receta única por cofradía, en muchas ocasiones) y sus notas a mirra, copal, etcétera. Además, el corozo siempre endulza el olfato cuando aparece de pronto los atrios y las capillas. Los segundos, los gastronómicos, son un festín que abre el apetito y nos transporta irremediablemente a esta época.
Lo que degustamos. Hay que ser sinceros, a cada cortejo lo antecede algo similar a una feria. Colores, olores y sabores invaden las calles. Pizza, tacos, elotes, churros, granizadas, torrejas, molletes, curtido, pescado seco, empanadas dulces, chupetes, algodón de azúcar, frutas, poporopos y otras delicias están a la orden del día. En Guatemala, la Semana Santa no es Semana Santa si no se prueba, en la mitad de la calle, a secas, alguno de estos bocadillos.
Lo que escuchamos. Es cierto, el centro sonoro de la Semana Santa son las marchas fúnebres. Estas composiciones, muchas de ellas únicas en el mundo, acompañan los cortejos marcando el paso del nazareno y la dolorosa por las calles de la ciudad. ¿Cómo no experimentar lo inefable al sentir en los huesos la cadencia de Una lágrima? Es difícil, pero no es la única experiencia sonora que nos ofrece la fecha. También hay otros sonidos a atender, como la chirimía y el tún que anteceden a algunas procesiones. Y a un nivel más profundo, aunque más mundanos, están los sonidos de los vendedores ambulantes. No, no es broma. Hay cierta gracia en reconocer el «¡Chupeeetes!» y el «¡A veinte la pizza, a veinte a veinte!» como el verdadero sonido ambiente de la época.
Lo que tocamos. La Semana Santa también tiene sensaciones táctiles que son reconocibles. Si se participa en una alfombra, la humedad terrosa del aserrín entre los dedos es inconfundible. También está el corozo que deja una capa pegajosa en las manos. Si se carga, el tacto del madero del anda es una forma de conectar con las bases de la tradición.
En fin, muchas veces, la Semana Santa va más allá de la fe. Es una forma de identidad que le da cohesión a la sociedad guatemalteca, que la atraviesa transversalmente y que impregna los rincones más recónditos de la memoria. Al decir que es una tradición que se vive, nos referimos precisamente a esto: no se trata de presenciar un cortejo procesional; se trata de saber leerlo desde los sentidos para entender de verdad el porqué es una conmemoración que nos ha marcado tanto desde hace siglos.
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