Marco Aurelio (121-180 d C), es el único filósofo que llegó a ser gobernante, el único gobernante filósofo, que ha tenido la historia de la humanidad. Filósofo, que fue formado desde muy joven como tal, por las lecciones que recibió de varios intelectuales estoicos que tuvo como maestros como Diogneto, Junio Rústico, quien le enseñó los escritos de Epitecto, y, sobre todo, Cornelio Frontón, con quien mantuvo estrecha amistad toda su vida.
Se convirtió en emperador del imperio romano en el año 161 a la edad de 40 años, y, cuando ya era un filósofo formado. Cargo, que tuvo, y desempeñó hasta su muerte, ocurrida la población de Vindobona –la actual Viena- a causa del virus de la viruela. Poblado, al que había llegado después de visitar Atenas, en donde declaró ante sus habitantes ser protector de la filosofía, y, de derrotar a los germanos.
Por eso, también ha sido el único que ha realizado al anhelo de Platón que, expresó y argumentó en su célebre diálogo La República, de que los filósofos fueran reyes, fueran gobernantes. Pues, para él solo los filósofos tienen la capacidad de organizar y dirigir una sociedad justa, una sociedad en la que cada uno de sus miembros libres cumpla las funciones a las que está naturalmente dispuestos y “preparados”, y reciba, a cambio, los frutos y beneficios de los que realizan las demás funciones o labores.
Una sociedad justa es una sociedad armónica en la que sus diversos miembros libres, no esclavos, se integran entre sí de modo natural y racional. Solo una sociedad ordenada así de modo justo, podrá evitar el mayor mal que los hombres son capaces de forjar y llevar a cabo, los actos de violencia entre sí mismos. Solo una sociedad justa podrá eliminar la posibilidad de que sus miembros se trancen en conflictos violentos que los destruyan.
Marco Aurelio, aunque nunca lo reconoció claramente, asumió este ideal platónico como un mandato para su vida y labor de gobernante imperial. Decidió ser, ante todo, un gobernante justo, un gobernante empeñado en establecer la justicia en la vida y las relaciones entre los integrantes de la sociedad. Por eso, promulgó normas encaminadas a restringir los privilegios de los que gozaban los ricos y poderosos, que, consagró en la jurisdicción civil, y, dictó medidas para aliviar la situación y condiciones de vida de los esclavos, de las viudas, y de los menores de edad. Y, si bien, con estas disposiciones no logró construir un orden social justo en el imperio, entre entras razones porque no suprimió la principal injusticia imperante, la esclavitud, expresaron bien su voluntad de realizar y probar en la práctica, en los hechos, la razón de ser fundamental que tiene un filósofo que gobierna, la de ordenar con su poder un mundo social justo.
Esta voluntad de usar su poder imperial para forjar en lo posible un orden social justo no la logró realizar debido a que, no obstante, el carácter imperial de su poder, este tenía límites. Era un poder que, por más amplio que fuera, tenía fronteras. Y, además, porque como lo reiteró en el libro Meditaciones, que, escribió los últimos diez años de su vida, en pleno ejercicio de su poder político-militar, que transcurrió en gran parte en los campos de batalla, el orden social en el que vivía hacía parte del orden universal de la naturaleza que es completamente equilibrado e inmutable, a pesar de los múltiples e infinitos cambios y mutaciones, que sus partes y elementos constitutivos experimentan. Cambios, que, en realidad, lo que hacen, es renovar el orden general de la naturaleza. De ahí, que, el esfuerzo que él haga, y que hagan todos los hombres por cambiar o alterar de raíz ese orden natural del universo es inútil, y por esa razón, irracional; es un esfuerzo condenado de antemano al fracaso.
Por eso, en este libro en el que mostró y probó el filósofo que quiso ser, por encima de todo, se propuso indicar las reglas y condiciones que es necesario darse a sí mismo, y, que, todo hombre racional, se debería dar también, para ajustar sus emociones, pensamientos y actos a ese orden natural universal del que hace parte y, que, al mismo, tiempo, lo trasciende; el deber y la tarea de él como de todo ser humano racional es “escuchar”, o mejor, conocer las órdenes que da este orden natural para cumplirles con rectitud, y sin falta. El deber supremo de todo ser humano racional es el de conformar su vida a la naturaleza a la que está integrado.
¿Cuáles son, entonces, esas órdenes que la naturaleza da a los hombres? La primera y más importante, es la de ser un ser racional. Pues, el orden universal de la naturaleza es un orden racional, es decir, un orden, como ya dijimos, equilibrado en su totalidad, y, en las partes diversas y contrapuestas, que lo componen. De ahí, que un ser humano se constituye como un ser racional, cuando se equilibra a sí mismo, es decir, cuando anula las emociones y pasiones extremas que lo desequilibran. Y, al lograrlo, su ser y existencia queda centrado, por una parte, en su razón, y por otra, ajustado al orden natural, que, el contenido de esa razón expresa.
Pero, además, cuando un hombre equilibra racionalmente las partes sensibles y emotivas de su ser queda en condiciones ideales para formarse como un hombre justo. Pues, la justicia es el otro nombre del equilibrio. Solo un hombre equilibrado puede ser, juzgar y obrar con justicia con respecto a los demás. Hecho, que le permite integrarse correcta y racionalmente en la sociedad, tal como su naturaleza lo demanda. Es que, para Marco Aurelio, los hombres son por naturaleza no solo racionales, sino también, sociales. Y, cuando aprenden a ser justos aprenden, por lo tanto, a ser y vivir conforme a su naturaleza, y a la “naturaleza” de la sociedad.
Ahora bien, ser justo implica necesariamente para él ser magnánimo, prudente, sincero, sencillo, austero y libre. Solo un hombre, que, tenga estas virtudes y cualidades, es un hombre justo. Y, si alguien se propone ser o llegar a ser justo, tiene necesariamente que aprender y cultivar estas virtudes esenciales. Son cualidades que expresan, y, al mismo tiempo, prueban el carácter justo de un hombre. Dice Marco Aurelio al respecto en su libro: “¿Y te parece aberración de la naturaleza humana lo que no va contra el designio de su propia naturaleza? ¿Por qué, pues? ¿Has aprendido tal designo? ¿Te impide este suceso ser justo, magnánimo, sensato, prudente, reflexivo, sincero, discreto, libre, etc., conjunto de virtudes con las cuales la naturaleza humana contiene lo que le es peculiar?”.
Y más adelante: “Procúrate, pues, aquellas que están enteramente en tus manos: la integridad, la gravedad, la resistencia al esfuerzo, el desprecio a los placeres, la resignación ante el destino, la necesidad de pocas cosas, la benevolencia, la libertad, la sencillez, la austeridad, la magnanimidad. ¿No te das cuenta de cuántas cualidades puedes procurarte ya, respecto a las cuales ningún pretexto tienes de incapacidad natural ni de insuficiente aptitud?”. Cualidades de un hombre justo que Marco Aurelio, además de predicar y exponer, trató durante toda su vida de practicar. Él quiso ser un ejemplo real y concreto de estas cualidades que consideró como las propias de todo ser humano justo.
Si los hombres, entonces, aprenden a ser justos, si aprenden a vivir y practicar estas virtudes y cualidades, pueden o podrían formar un orden social justo. No es suficiente para lograrlo que los gobernantes sean justos con sus actos y decisiones; es necesario que los gobernados también lo sean para que hagan del mundo social en el que viven un mundo justo. La naturaleza social de los hombres, adquieren su verdadera dimensión, en el momento en que aprenden a ser justos. Pues, un hombre justo, es un verdadero ser social. Y, por lo tanto, es alguien, que existe conforme a la doble naturaleza social y racional que posee, y lo caracteriza.
Con esta concepción del hombre y del mundo, Marco Aurelio, renovó de manera original el pensamiento estoico, que aprendió, desde su temprana juventud, al darle una dimensión y significado social, del que carecía. Concepción, cuyos ecos, además, resuenan con vigor en los pensadores ilustrados del siglo XVIII, que, consideraron, que la razón, es una facultad natural de los seres humanos, y, en Marx quien afirmó el carácter eminentemente social de sus existencias. Así, estos pensadores no lo supieran, son deudores, en gran parte, del pensamiento de este hombre, que, escribió sus pensamientos, en medio del ejercicio de su poder imperial.
Por eso, este poder político que tuvo, y ejerció durante casi veinte años hace dieciocho siglos, es seguramente secundario, frente al “poder” de su pensamiento, que ha logrado trascender en la historia hasta los tiempos modernos, como un pensamiento relevante e influyente. Pensamiento, que no murió con él, como tal vez creyó, sino, que, ha seguido vivo en el contenido del pensamiento de varios de los de los destacados pensadores que han contribuido a forjar, con sus propios pensamientos, la comprensión moderna de los hombres y del mundo.
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