No hay más ficción que la realidad.
A Ailín Solís
El profesor universitario Raúl Carmona —alter ego de Mario Roberto Morales y protagonista de un estremecedor relato policiaco con trasfondo político— de manera inesperada se ve envuelto en una serie de acontecimientos que le cambian la vida y lo involucran en un vértigo de aventuras en distintos países, a partir de la noticia en Guatemala, su país de origen, del «suicidio por asesinato» (cualquier cosa que este oxímoron signifique en el desaseado sistema judicial) del abogado Rodrigo Rosenberg, que desató una crisis política en el país. Antes de su muerte, Rosenberg grabó un video en el que acusaba al entonces presidente de la República, Álvaro Colom, y a su esposa, Sandra Torres, de estar planeando su muerte para encubrir la corrupción en el Banco de Desarrollo Rural. Siete meses después, Carlos Castresana, jefe de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, concluyó que el abogado estaba en «un proceso de huida a ninguna parte» deprimido por la muerte de su madre, el asesinato de un cliente y su hija, y por problemas personales y económicos luego de su reciente divorcio. De película. Esta «huida a ninguna parte» marca el ritmo de la novela, donde una constante es la fuga de varios tipos: física, intelectual, moral, sexual, comercial, delincuencial; los personajes todo el tiempo se están yendo; cuando el lector cree que habrá un respiro, el autor cambia a un plano insospechado.
En La nave del olvido, su última novela —a la que en una primera versión llamó La hora de la fuga—, Morales no se queda en la anécdota; el asesinato anunciado de Rosenberg es sólo el inicio de la trama para retratar el tráfico de información, es decir, de mentiras, que mantiene la tensión de principio a fin. En la obra más autobiográfica del autor, la más apegada a la realidad, la sorpresa, los giros inesperados de las acciones también son de película; la novela se disfruta por la forma como está narrada; los «cúmulos de mentiras que envuelven verdades que también son mentiras» son sólo el pretexto para discurrir sobre una concatenación de hechos que si no hubieran sido reales parecerían inventados por una mente siniestra.
En ella, Morales expone su ideario político casi de manera ensayística sin caer en la tentación del género; hay páginas donde trasmina su papel en la lucha guerrillera para derrocar a la dictadura y su crítica sobre la entrega del movimiento de parte de su dirigencia, que claudicó ante el enemigo. También, la enfermedad del oenegenismo en el que desembocó todo el esfuerzo de organización y de lucha armada desigual de 36 años y de héroes caídos en combate. Pero la crítica feroz la descarga contra el sistema, la corrupción del gobierno y de las cámaras que conforman el Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras (el tenebroso cacif), y el origen de éstas basado en el despojo, la entrega de los recursos de la patria por parte de gobernantes traidores; la simulación, la doble moral, el papel desastroso, enajenante de las universidades, la nefasta descomposición social que han ocasionado la burguesía y las capas medias a su servicio. Sobre todo, los medios aliados y sustentadores deleznables del sistema; una prensa servil, mentirosa, manipuladora, inmoral, que no sólo es vocera sino parte del sistema.
En el texto —que es su testamento literario— Morales reafirma su afición por la música popular, por los tríos, que también se dan en las relaciones amorosas, pero el título de la novela no tiene que ver con la canción del compositor argentino Dino Ramos. La clave nos la da al final de su narración, que para él son un amontonamiento de hechos incoherentes: «Los actores de esta historia son presas de un enfermizo entusiasmo parecido al de los locos que en el medievo eran puestos a navegar en barcas de exilio sin más rumbo que el olvido. Botes de necios. Naves de omisión. Como mi país. Como el mundo».
Los paratextos también forman parte de la historia; dentro de éstos, los epígrafes nos dan claves para ubicarnos en el universo narrativo; las toponimias y fechas de elaboración a fuego lento nos indican que fue hecha con la perspectiva requerida y siete años para escribir con sangre fría una historia que por la inmediatez de los hechos podía echarse a perder si no se tomaba la debida distancia temporal y espacial, para focalizar a la manera del catalejo aristotélico los fragmentos de la realidad. Hay que poner atención aparte a los intertextos; pese a narrar una historia cruenta, el escritor dialoga con sus pares cuando reflexiona sobre el mundo.
Morales terminó su ciclo narrativo con una obra que reúne no sólo conocimiento de la realidad de su país sino su experiencia probada en el arte de la novela. Sin saber que sería su última creación, cerró la pinza de sus reflexiones sociales, filosóficas, literarias de manera magistral.
El final abierto, con un enfoque narrativo múltiple, abre distintas perspectivas. El epílogo, «Otra mentira» —que escribe una mujer en ausencia del narrador, que de manera consciente le entrega la pluma para que haga del relato lo que quiera— rompe con la definición del término y en vez de concluir, da un giro imprevisible y deja girando la mente del lector, que tendrá que imaginar el final flotando a la deriva, como sobre el vaivén de las olas de un mar nebuloso. Éste es otro acierto de Morales, muy apegado al surrealismo único en el mundo de nuestra realidad, pues ¿qué otra cosa es Guatemala, país donde la intermitente duda, la incertidumbre son destino, una zozobra, una pregunta abierta?
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