La industria del enemigo: vivos, bandos y compinches

Necesitamos romper el ciclo y perder el miedo a vivir sin villanos que nos maquillen la realidad. Nos aterra vernos al espejo y decir:—“Ah, caray… creo que yo también soy parte del relajo.”

José Gálvez

noviembre 16, 2025 - Actualizado noviembre 15, 2025

Hoy vamos a hablar de un país que no es pobre. No, no, no. Es un país saqueado. Y con disciplina. Aquí el robo no es improvisado: es una gran coreografía. Mientras a otros los saquearon imperios milenarios, nosotros lo hicimos mejor: nos saqueamos entre compinches. Y con estilo. Con corbata, metodología y tablas de Excel. En este país la corrupción es una tragedia que constantemente convertimos en comedia. El ladrón y la víctima se felicitan al final del robo porque comparten apellido, abogado y padrino político. Y claro, tenemos un grupito de vivos… ya saben cuál. Ese que, si la inteligencia se midiera en cinismo, se ganaría un Nobel por perfeccionar el baile: no el son, sino el de fingir que combate el desorden mientras vive de él. No inventaron el caos: lo profesionalizaron. Son como fumigadores que crían cucarachas para no quedarse sin chance. —“Señora, ya le maté a los bichos… pero le dejo unas larvitas para mi renta del próximo mes.” Esa maquinaria del saqueo, bien aceitada por décadas de complicidades, nunca se detiene: reinventa discursos, aprovecha coyunturas y se adapta a cada reforma para seguir cobrando.

Y todos los demás caemos de babosos en el juego de la radicalización. La derecha repite su catecismo: “Todo lo público es ineficiente.”, “Todo gasto de gobierno es populismo.”, “Toda regulación es comunismo.” Y cualquier crítica es terrorismo fiscal o traición a la patria. Ni ellos se la creen. La izquierda tampoco se queda atrás: vende ingenuidades artesanales e indignaciones orgánicas, hechas a mano, certificadas, libres de soluciones y con aroma a culpa ajena. Como explica John Cleese, ambos extremos se fabrican enemigos con el otro bando para sentirse virtuosos. En público se “odian”; en privado se necesitan. Como exnovios que juran que jamás volverán, y tres tragos después andan bailando El Niágara en Bicicleta mientras se susurran: —“Te odio, chairo izquierdoso. —“Te odio más, facho neoliberal.” Al día siguiente firman juntos un decreto, con máscaras de equidad o de libertad.

La verdad es que nuestro proceso político carece de ideología. Es ecuménico, incluyente, multicultural… y profundamente lucrativo. Mientras ambos bandos discuten quién es el diablo, el sistema —como si lo dirigiera el mismísimo príncipe de las tinieblas— sigue comprando propiedades frente al mar en Miami, pasándonos la factura por “servicios prestados”. Nadie exige credenciales. El sistema solo pide dos requisitos: tener a los amigos correctos y poca vergüenza. —“¿Sin experiencia en el sector público? Pase adelante, aquí está su fideicomiso.
¿Tampoco en el privado? Tome sus quince empresas fantasma.”

¿La gente? Confundida, dividida, furiosa. Repitiendo frases que no entiende, opinando industrialmente, aunque el diálogo esté en huelga. Convertimos la indignación sin acción en pasatiempo nacional. Alegamos mientras el dinero se evapora como ideal revolucionario en reunión de presupuesto. Pero este arroz ya se coció, lo quemaron, se pegó a la olla y encima nos lo sirvieron frío en un plato de patriotismo, con la bandera de servilleta, mientras en la radio le subían volumen a Lágrimas de Telma. Y ahí seguimos, revolviéndolo con la cuchara de la ideología a ver si así termina sabiendo a comida. Tranquilos: pronto formarán una comisión para explicarnos por qué sigue sabiendo a duroport.

Las soluciones reales no tienen héroes ni discursos épicos. No son sexys ni generan likes. Son aburridas: reglas claras, burocracia profesional, catastro decente, licitaciones sin primos, leyes antimonopolio que no estén sholcas… Pero nadie va a marchar por una contabilidad ordenada ni escribirá una pancarta que diga “¡Conciliación bancaria o muerte!”. Nadie se tatúa “cuentadancia” en el brazo derecho ni compone una balada sobre el poder de mercado. No venden. Peor aún: amenazan la operatividad perpetua de un sistema de algunos, por algunos y para algunos, que sigue siendo disfuncional para la mayoría.

Necesitamos romper el ciclo y perder el miedo a vivir sin villanos que nos maquillen la realidad. Nos aterra vernos al espejo y decir:—“Ah, caray… creo que yo también soy parte del relajo.”
Nos da pavor un futuro que funcione, porque si funciona, se arruina la industria del enemigo. Este país no necesita profetas del mercado ni monjes del Estado. Acá urgen más adultos responsables. Adultos que trabajen en paz, arreglando todo lo que está roto. Adultos inspiradores que, como dice el Ishto, “laven la bandera mientras sacan los trapitos al sol”. De no hallarlos, algún vivo siempre estará listo para cobrar.

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