Reflexiones sobre el Día de Muertos en las capitales de México y Guatemala (Primera parte)

El cristianismo determinó que fuesen los dos primeros días de noviembre los dedicados a conmemorar a los santos, como el ejemplo del mayor logro en la vida y más allá de la muerte, y a los llamados fieles difuntos, relacionando así la muerte con la fe puesta en la salvación eterna.

Mauricio José Chaulón Vélez

noviembre 2, 2025 - Actualizado noviembre 1, 2025

En Guatemala, las tradiciones llegan a las cocinas y el fiambre es una expresión gastronómica propia del Día de todos los santos. Foto: Archivo Ministerio de Cultura y Deportes

México y Guatemala comparten muchas manifestaciones culturales, ya que constituyen profundas relaciones dadas en los fuertes lazos del tejido social de varios pueblos de la región denominada como Mesoamérica en términos etnohistóricos, estableciéndose continuidades dinámicas en el tiempo y en el espacio que vuelven invisibles a las fronteras marcadas por la geografía política moderna. Los días finales de octubre y los primeros de noviembre son una muestra material e inmaterial de ello, con la conmemoración y celebraciones para los muertos. Ya sea que se nombren como Día de Muertos, Día de Todos los Santos o Día de los Fieles Difuntos, las fechas entre las dos últimas semanas de octubre y la primera de noviembre están dedicadas a solemnizar la vida a través de la muerte, como la relación dialéctica por excelencia, o dicho de otra manera, como la expresión o concreción fundamental de la lucha y la unificación de contrarios: en síntesis, la más importante para el ser humano.

No hay cultura en el mundo que no realice rituales sobre la muerte. Y todos ellos están relacionados con la vida. Por ello es el título de una obra del sacerdote jesuita y antropólogo Ricardo Falla, Esa muerte que nos hace vivir, que es un extraordinario estudio etnográfico sobre diversas interpretaciones sobre la muerte en Guatemala, a través de las prácticas funerarias que materializan el sentido tangible e intangible de este fenómeno ineludible para todas las personas. Esto incluye recordar a quienes han muerto, configurándose así los aniversarios luctuosos, que son específicos, pero también esa temporada que es general, o sea la de octubre y noviembre en el caso de América Latina y otros lugares.

En el hemisferio norte, los días finales de octubre determinan el tránsito del otoño al invierno. Aunque dicha estación inicie en diciembre, las temperaturas y el clima van cambiando para hacerse más fríos, lo cual incide en los procesos bromatológicos naturales, es decir de los alimentos que se obtienen por la agricultura y el tratamiento de animales. En octubre y noviembre se obtienen cosechas que permiten prepararse para los meses invernales, lo que marca un ciclo de vida que, inevitablemente, se relaciona con la muerte. Siempre que se piensa en función de la vida existe una pulsión inconsciente y a veces consciente de la muerte, porque, como lo dije al principio, ambas son la lucha y unificación de contrarios básica. La vida de los alimentos que se obtienen en las últimas cosechas durante el otoño representa la posibilidad de resistir el frío invierno, siendo entonces lo primero representación de vivir y lo invernal la representación del frío de la muerte. Uno se integra con el otro, en constante lucha, pero al mismo tiempo en unificación. De ahí que sea este proceso el del tiempo propicio para pensar en conmemorar el sentido de la muerte, siempre asociado con la vida y nunca desprendido de ella.  

El altar de muertos es una de las más significativas tradiciones mexicanas. En él se rinde tributo a familiares y amigos ya fallecidos. Foto: Wikipedia

La cristiandad conquistadora en tierras americanas impuso estas fechas a los pueblos indígenas mexicanos y de Guatemala, quienes desde el mes de agosto realizaban rituales que asociaban los ciclos agrícolas con el sentido de la relación vida-muerte, debido a esta percepción de los cambios en el tiempo que se evidenciaban con las estaciones. Los españoles traían la cultura europea que a su vez integraba varios elementos occidentales, africanos y asiáticos. El cristianismo determinó que fuesen los dos primeros días de noviembre los dedicados a conmemorar a los santos, como el ejemplo del mayor logro en la vida y más allá de la muerte, y a los llamados fieles difuntos, relacionando así la muerte con la fe puesta en la salvación eterna. Al pertenecer los pueblos indígenas mesoamericanos y los españoles a las muy similares condiciones del hemisferio norte, las relaciones de los procesos alimentarios de otoño a invierno con la vida y con la muerte coincidían, siendo las cosechas el símbolo de la vida y el invierno el de la muerte, por lo que las disposiciones coloniales de rendir tributo a la muerte a fines de octubre y principios de noviembre tuvieron sentido para las poblaciones nativas de México y Guatemala, las cuales, como en mucho de lo impuesto, cedieron con el ánimo de sobrevivir, pero también porque encontraron lógica la disposición colonial al coincidir con una parte significativa de su medición del tiempo y sus creencias originales.

¿Por qué, entonces, en las capitales actuales de México y Guatemala existen grandes diferencias en las conmemoraciones y celebraciones del Día de Muertos, de Todos los Santos o de los Fieles Difuntos? Tanto las culturas mexicanas prehispánicas como las que habitaban lo que hoy es Guatemala antes de la invasión española, rendían el necesario culto a la muerte desde la profunda comprensión dialéctica con los ciclos de la vida. Cronistas coloniales como el fraile dominico Diego Durán y el franciscano Bernardino de Sahagún lo describen muy bien en sus importantísimas crónicas que trabajaron en el Virreinato de Nueva España o México. Hasta la fecha, en varias comunidades mexicanas y guatemaltecas, se considera que los seres queridos que ya han fallecido no están enterrados sino sembrados en la tierra, lo cual es una significación esencial en ese entendimiento de la muerte como vida. A diferencia del cristianismo hegemónico que cree en que el alma descansa hasta la resurrección del juicio final, los pueblos indígenas plantean en su cosmovisión que los muertos se encuentran en constante movimiento dentro de una esfera distinta, que se conecta con la vida terrenal en una compleja integración con la naturaleza. Es por ello por lo que se define la creencia en que hay una temporada en que retornan a visitar, siendo esta la de los ciclos agrícolas previos al invierno. Mientras que el cristianismo centraliza el fenómeno y el tema de la muerte en Cristo, siendo prueba de ello que en Guatemala se realizan rituales de veneración a las imágenes de Jesús Sepultado o Yacente en los primeros días de noviembre, los pueblos indígenas mexicanos y guatemaltecos significan la muerte como ese proceso natural que abarca todo y que aunque esté relacionado también con deidades, no se define por una centralidad superior, sino por la dialéctica de la vida misma en un ciclo constante y necesario mientras el universo exista.

Si bien la Iglesia y el régimen colonial en su conjunto aplicaron coerción, también establecieron consensos para lograr la hegemonía en el proceso colonial. El Virreinato de México o Nueva España se convirtió en la entidad rectora de la región, por lo que el manejo de las estrategias políticas para dinamizar esos obligados consensos era mayor que en el Reino de Guatemala, el cual a su vez era dependiente de México en varios asuntos. Paradójicamente, en Guatemala la oligarquía española y criolla tenía más capacidad de acción con menos controles del Estado español por pertenecer a una entidad de menor rango, ya que el Virreinato de México estaba más vigilado por la monarquía al ser el territorio de mayor importancia. Por lo tanto, a partir de las Leyes Nuevas de 1542 que tenían como objetivo impedir la esclavitud indígena y transformar a los pueblos en vasallos de la corona, funcionó mejor la aplicación de los consensos en México. Esto se fortaleció con el hecho de que el pueblo mexica había sido un imperio y la guerra de conquista no había determinado un triunfo total, sino que obligó a los españoles a realizar pactos y negociaciones, dentro de lo cual también debieron integrar a otros pueblos indígenas que eran sus aliados en el proceso por ser enemigos de los mexicas. Esto determinó que la nueva sociedad altamente compleja que surgió en el siglo XVI se integrase con elementos sincréticos, siendo uno de los más relevantes el de las significaciones de la muerte. En Guatemala no es que no hayan ocurrido procesos similares, pero la situación del establecimiento del régimen colonial tuvo sus diferencias respecto al del Virreinato de México, constituyéndose una clase dominante que al entrar en competencia con la virreinal, y al mismo tiempo por las condiciones étnicas, políticas y socioeconómicas particulares del territorio, frenó muchas veces los consensos y fue la Iglesia la que los procuró y logró, pero no necesariamente en la capital del Reino sino en lugares específicos. Mientras que en el Virreinato de México, la antigua Tenochtitlan, convertida en la capital de la Nueva España, los consensos se manifestaron de forma directa, la Ciudad de Santiago de Guatemala, fundada a conveniencia en territorio kaqchikel y luego trasladada dos veces en un lapso de 19 años (1524-1543) se mantuvo con una hegemonía española y criolla más coercitiva, limitándose a los pueblos indígenas en sus rituales dentro de sus circunscripciones territoriales permitidas como pueblos de indios tributarios. En la capital virreinal de México, en cambio, la dinámica potente del sincretismo en la lucha y resistencia indígena de lo que había sido el poderoso imperio mexica y del que quedaba aún mucho, determinó pactos y negociaciones que los españoles no pudieron eludir, generándose así un profundo sincretismo que, en el tema de la muerte, como en otros, amalgamó los símbolos que hoy se expresan con amplia riqueza cultural.

Continuará en la próxima columna

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