Maximiliano de Habsburgo
Hace más de treinta años, una querida amiga salvadoreña, muy culta y elocuente, nos relató con detalles, la historia de un personaje singular: Justo Armas, de quien se decía era el emperador impuesto en México como Maximiliano de Habsburgo, supuestamente fusilado en el cerro de las Campanas, Querétaro, en 1867.
El arquitecto Rolando Ernesto Deneke, pariente cercano de mi amiga, llevaba años realizando una investigación para fundamentar aquel relato que ponía en duda la historia oficial de México, de Austria e inclusive de El Salvador. Acucioso como era, Deneke fue reuniendo información y testimonios, objetos y pruebas que pudieran sostener su hipótesis de que Benito Juárez le había perdonado la vida al invasor al ser ambos masones, lo cual le impedía llevar a cabo el castigo. Y que el hombre de rasgos europeos que se dedicó a educar en las artes de la etiqueta a muchachas de las élites salvadoreñas era en realidad Maximiliano I, quien vestía elegantemente, aunque siempre andaba con los pies descalzos.

Eso es, en resumidas cuentas, lo que yo recordaba de aquella plática. El investigador, reconocido por la academia de historia salvadoreña, murió sin llegar a publicar un libro con su riguroso trabajo de varias décadas que lo llevó por varios países, centros de investigación e instituciones científicas. No obstante, personas interesadas en el misterio, siguieron sus pasos y hoy existen múltiples documentales, podcasts y Tiktoks que dan cuenta de ello. En las redes sociales encontramos varios libros basados en la historia de Justo Armas, cuyos restos descansan en San Salvador.
Recientemente cayó en mis manos una colección de libros de aquel entrañable país, entre ellos El austriaco descalzo, novela recientemente publicada por un ingeniero de origen suizo, Javier Roshardt, que recrea la vida del personaje, asumiendo lo que Deneke había propuesto, adhiriéndose a la tesis del perdón juarista. Este relato tiene un formato tradicional y recurre a un lenguaje simple que pinta la vida del europeo en la ciudad tropical, desde la mirada de dos mujeres que por casualidad topan con un objeto supuestamente perteneciente al aristócrata en cuestión. Desde el punto de vista literario es un texto muy básico, pero viene a unirse a otros relatos que nutren la leyenda. Con el grave problema que no cita fuentes, algo que me parece deplorable.
Hacerse el muerto es un recurso relativamente conocido en el ámbito político centroamericano. No puedo dejar de recordar a don Miguel Mármol, con su carita de pícaro, contando cómo lo habían fusilado y cómo logró escapar de la violencia anticomunista desatada en su país en los años treinta del siglo XX. Se hizo el muerto, lo dieron por muerto. Se salvó. El poeta Roque Dalton en su libro sobre este militante comunista, recoge estos eventos con el genio que lo caracteriza.
En Guatemala circula la leyenda urbana de muertes fingidas, como la de Álvaro Arzú y Efraín Ríos Montt, ambos con colas machucadas, uno por la privatización de los bienes del Estado, el otro por genocida. Estos relatos populares son fenómenos orales de difícil comprobación, que finalmente, se vuelven mitos o leyendas folklóricas. Hacerse el muerto puede ser una forma de evadir juicio moral o castigo penal. En Japón existe una práctica conocida como jōhatsu, traducida al español como evaporación, y se trata de una decisión voluntaria de desaparecer sin dejar rastros, quizá para empezar una nueva vida.
A finales de los años ochenta salió publicada en México la novela de Fernando del Paso, Noticias del Imperio, que estuvo en boca de historiadores, críticos y aficionados. No sólo fue un éxito de ventas, sino un libro que ponía en cuestión sucesos y personajes que marcaron la historia de México. Recuerdo el apartado en el que Maximiliano redacta desde la cárcel, el protocolo de su fusilamiento con todo lujo de detalles, y que Carlota, desde Europa lamenta con tristeza que quienes lo fusilaron fueron “unos pobres indios descalzos”.
Los desengaños provocados por las traiciones, las ambiciones rotas y una soledad política y física profundas, pueden haber sumido al frustrado emperador en la depresión. Ante la inminencia de la muerte, siempre se buscan salidas. Quién sabe si el humanista Benito Juárez pudo haberse compadecido o ablandado por su filiación como masones y haberle perdonado la vida. En tanto no existan pruebas, seguiremos especulando.
La historia no es un relato lineal acabado. Hechos lejanos en el tiempo siguen teniendo vigencia para curiosos, académicos y estudiosos. Ojalá algún día los países implicados en este caso colaboren para esclarecer las relaciones no siempre justas ni equitativas en las que hemos estado inmersos. La investigación tiene la virtud de poner al descubierto los cabos sueltos que poco a poco le dan sentido a la historia.
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