Las universidades y el pensamiento académicos se han vuelto en el último bastión que los dictadores quieren destruir. ¿Por qué? ¿Qué riesgo corren los líderes políticos, económicos, religiosos, sociales y culturales ante la libertad de pensamiento universitario?
Para legitimar su poder fraudulento los políticos, burócratas, empresarios, activistas sociales, líderes comunitarios y religiosos autoritarios deben destruir nuestra capacidad individual y colectiva de criticar falsedades, de identificar errores y de proponer innovaciones que destruyen el estatus quo. Sobre todo, estos tiranos buscan callar la crítica justa y racional en contra de los prejuicios, mitos y mentiras con los que justifican su autoridad. Su imperio depende de alimentar a sus seguidores con un miedo irracional en contra de enemigos ilusorios. Este tipo de líderes se esfuerza por promover narrativas que nos hagan dudar de la posibilidad de encontrar verdades irrefutables y de llegar a conclusiones justas y racionales. Su objetivo es crear una jaula de bestias en donde los instintos y las pasiones prevalezcan sobre la verdad, la razón y la prudencia en el pensamiento y en la acción, en donde la reacción reemplace a la reflexión.
A inicios del siglo XXI pensamos que esta rabia languidecía en las fronteras fanáticas y religiosas de la civilización global, pero veinticinco años después la peste se esparció por el mundo entero. Ciento seis años después de la creación de la Liga de las Naciones, ochenta años después de la fundación de las Naciones Unidas y tres décadas después de terminada la Tercera Guerra Mundial, llamada Guerra Fría, volvieron el nacionalismo racista, imperialista, fanático, religioso, violento, abusivo e irracional. El miedo ha regresado a una minoría del mundo civilizado, que busca generar confianza en una narrativa maniquea, en donde todo el que piense diferente es un enemigo que debe ser destruido, deportado, encarcelado, vilipendiado y en dónde ellos se quieren convertir en la única guía de nuestro destino.
Este miedo forzado en nuestros corazones por medio de artificios literarios es el que sostiene el poder de los autoritarios: miedo a perder el trabajo, miedo a que paren nuestra curiosidad y descubrimientos, miedo a ser deportados, miedo a ser encarcelados, miedo a que publiquen nuestros secretos, miedo a estar equivocados, miedo a ser insuficientes, miedo a que nuestras creencias estén equivocadas, miedo a estar perdidos, miedo a caer más bajo en la pobreza. Es más, este miedo atávico se apoya en la perversión y destrucción de las instituciones, estructuras, esfuerzos y personas que generan conocimiento científico y en la relativización de este conocimiento.
Es por esto por lo que, en los países con gobiernos autoritarios, dictatoriales, uno de sus principales objetivos es pervertir y destruir el prestigio de la educación superior y del conocimiento científico. En cuánto las voces de la razón, del conocimiento, de la prudencia, son acalladas, lo único que se oye es la voz del Señor o Señora Presidente repitiéndonos a viva voz que vivimos en una sociedad de amigos y enemigos, de lealtad y no de libertad, de obediencia y no de voluntad, de grandeza y homogeneidad y no de diversidad, de odio y no de compasión, de un conformismo malsano y no de curiosidad e innovación.
De tal cuenta, los líderes autoritarios están destruyendo nuestra búsqueda de la verdad y de la razón. Las universidades y sus investigaciones están siendo ahogadas financieramente. Las direcciones universitarias están siendo corrompidas y chantajeadas. Los estudiantes y académicos disidentes están siendo perseguidos por los sistemas de seguridad, inteligencia y justicia. A las verdades se les llama ideologías o noticias falsas y a su búsqueda se le llama narrativa, como si cualquier cosa fuera un mero cuento. La diversidad de ideas y de identidades son perseguidas, expulsadas y deportadas. Los pensamientos incómodos y ofensivos son penados administrativa y judicialmente. Las investigaciones originales son forzadas a adecuarse a los caprichos de los tiranos. La discusión científica, ideológica y ética se sustituye por la represión de lo diverso y la imposición de cánones, principios y narrativas injustas. Y, finalmente ¿qué nos queda?
Lo que queda es una academia poco fiable. ¿Quién va a creer en una institución en dónde su liderazgo es inmoral o cobarde? ¿Quién va a confiar en el conocimiento científico si los líderes autoritarios lo han equiparado con narrativas, ideologías, dogmas o doctrinas? El conocimiento universitario se va a reducir y a conformar. ¿Cómo se pueden descubrir nuevas verdades, invalidar viejos mitos y desarrollar innovaciones sin financiamiento y con el miedo de los objetivos y resultados de la investigación universitaria? La información que salga de las universidades en sociedades autoritarias será propaganda, doctrina religiosa, dogma ideológico, prejuicio cultural o mito histórico. ¿Cómo se puede encontrar y expresar la verdad si estas dos acciones son castigadas con la pérdida de trabajo, de fondos, de calidad de estudiante o de investigar, de la libertad o de la vida? La discusión pública se limitará a repetir la narrativa de los líderes, el cuento útil, la mentira justificadora, las pasiones invalidantes. ¿Cómo se puede encontrar la verdad sino hay competencia de ideas?
Cuando las universidades, los profesores y los estudiantes sean efectivamente reprimidos, ya no habrá ninguna barrera para que los líderes autoritarios abusen de los empresarios, de los profesionales, de las mujeres, de los inmigrantes extranjeros, del sistema público, de los indígenas y de la naturaleza. Lo que no se dan cuenta muchas personas, especialmente los grandes empresarios -y este fue el caso de Rusia y de Nicaragua- es que las universidades y el conocimiento científico son los últimos diques en contra del dominio absoluto y arbitrario de aquellos quienes detentan el poder legal, judicial, político y el armamento para hacer cumplir sus designios. Somos nosotros, los académicos, el último freno en contra de la última injusticia, incluso a favor de aquellos quienes han sido injustos o quienes han ayudado a los injustos. Hoy, ante el renacimiento de esta amenaza irracional, nacionalista, imperialista, racista y demás, los intelectuales, académicos, profesionales y universitarios debemos comenzar a prepararnos para luchar una nueva batalla global para proteger los derechos de nuestra gente y del mundo en el que vivimos.
Por ello, primero debemos reconocer que Guatemala tiene una academia débil y que debe fortalecerse para ser una fuente confiable de oposición en contra del regreso del Señor o Señora Presidente. En nuestro país, la oferta universitaria no llega a los mejores estándares globales ni del continente. El escaso financiamiento para la investigación y desarrollo de las Ciencias y las Humanidades no alcanza para estudiar nuestro pasado y presente y para proponernos nuevas formas de construir nuestro futuro. El desarrollo científico en Guatemala y el aporte de los profesionales nacionales y extranjeros al mejoramiento del país está limitado, sobre todo, por el monopolio de la universidad nacional y de los colegios profesionales de la certificación profesional y de la acreditación para trabajar libremente en cualquier puesto público o privado disponible.
Estos problemas repercuten en una academia que no ve la necesidad de mejorar la calidad de la educación universitaria, de capacitarse en universidades extranjeras, de aumentar los estándares de la educación superior y de demandar al Estado y a los privados la mejora de la calidad de la educación primaria y secundaria en el país. Asó lo que se engendra es un estudiantado medio informado o mal informado por pobres o viejas lecturas científicas y qué utiliza los mismos contenidos, “evidencia” y formas que la narrativa dogmática e irracional del debate público nacional. Por supuesto, esto facilita el surgimiento y mantenimiento del autoritarismo nacional. Por eso es por lo que los debates “académicos” más seguido se dan ahora en X y no en los medios de comunicación escrita o en debates y discusiones interuniversitarias.
Hay una creciente ola de ataques en contra de nuestra libertad académica y de expresión científica. Y, lo que nos queda es tener el coraje, la prudencia, la claridad moral y la responsabilidad social de fortalecer nuestras instituciones de educación superior e investigación científica para ser un muro efectivo en contra del miedo, intolerancia y mentira dictatorial.
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