Antígona, es sin duda la madre del antagonismo político, y, de cuya figura Sófocles escribió una inmortal tragedia. Hija de Edipo, decidió oponerse a la orden que Creonte, el recién instalado rey de Tebas dio, de no enterrar a Polinices, hermano de Antígona, porque se enfrentó a su hermano Eteocles que se había apoderado del reino de la ciudad incumpliendo el pacto que habían acordado entre los dos de repartírselo anualmente. Enfrentamiento violento en un duelo en el que los dos al final murieron.
Y, la razón que dio Creonte para impedir el enterramiento de su cadáver y dejarlo tirado en cualquier lugar para que los perros y las aves se lo comieran, fue la de que fue autor y protagonista del mayor delito posible, el de traicionar o revelarse por la fuerza contra la polis, lugar del poder político y de la convivencia de sus habitantes, muchos de ellos ciudadanos libres. Este sería, entonces, el severo castigo que recibiría, así fuera después de su muerte.
Sin embargo, Antígona, a pesar de encontrarse sola y sin ningún medio de poder, no acepta esta decisión de su tío, el rey Creonte, porque consideraba, que por encima de esta decisión estaba su deber de hermana, que las costumbres y los dioses mandan y reafirman, de cubrir su cuerpo inerte con la tierra para que lo abrace y lo proteja para siempre en la oscuridad invisible de la nada. Y, procede, entonces, a enterrarlo, o mejor, a cubrirlo con una capa de tierra y arena.
Creonte, al enterarse que había desobedecido su orden, que se había opuesto a su voluntad, ordenó no solo que se descubriera de nuevo el cadáver de Polinices, sino también, la captura, y, la encierra sola en una caverna cercana a la ciudad, para condenarla a muerte en vida. Y, allí, derrotada e impotente se suicidó tomando un veneno, como último gesto de rebelión contra el poder que le negó el “derecho sagrado” que tenía su hermano a ser enterrado, así hubiera cometido ese grave delito.
Hegel, en la Fenomenología del espíritu interpreta este caso, como un caso de significado universal, en el que se presenta la oposición de dos conductas éticas. Por una parte, la del rey que se basa en las leyes del Estado o la ciudad en cuyo nombre ordenó la muerte del “traidor” Eteocles, y, prohibió su entierro como castigo supremo. Y, por otra, la de Antígona, su hermana, fundada en la ley divina que le ordena enterrarlo. Dos conductas contrarias que, sin embargo, tienen un determinado valor ético porque obedecen a leyes que las reconocen deberes que son igualmente válidos: el deber de castigar un delito, por una parte, y por otra, el deber de enterrar a un familiar. Son dos leyes, entonces, que se oponen claramente. Pero, al mismo tiempo, se unen o coinciden en la validez de sus mandatos porque las dos están fundadas en la razón. Dice Hegel, en el aparte Oposiciones de la conducta ética: “La autoconciencia ética experimenta ahora en sus actos la naturaleza desarrollada de su acción real, tanto cuando se entrega a la ley divina como a la ley humana. Ley manifiesta para ella se halla enlazada en su esencia con la ley contrapuesta; le esencia es la unidad de ambas; pero, la acción solo lleva a cabo una de ellas en contra de la otra. Ahora bien, como se halla entrelazada con este en la esencia, el cumplimiento de la una suscita el de la otra, y lo suscita como una esencia infringida y ahora hostil, que clama venganza. Ante la acción solo aparece a la luz del día uno de los lados de la decisión en general; pero, la decisión es en sí lo negativo, a la que se enfrenta un otro, extraño para ella, que es el saber”.
Esta contradicción entre la ley humana y la divina brota por “culpa” de la ley humana del Estado que aplicó Creonte al decidir prohibir el enterramiento de Eteocles porque esa ley no es en realidad humana como pretende, pues niega realizar una práctica propia de los seres humanos desde sus orígenes, y, que los diferencian de los animales, con algunas contadas excepciones, como la de los elefantes. Una práctica consustancial a la condición humana que obliga a cada uno de sus miembros a realizarla con un familiar fallecido. Y, por lo tanto, les da el derecho de realizarla siempre. De tal manera, que cuando alguien le niega a otro la posibilidad de enterrar un ser querido o familiar, como lo hizo el rey Creonte, está cometiendo una falta contra la humanidad misma. Falta, que, por esa razón, es esencialmente injusta.
Un tiempo después en Atenas, Sócrates se enfrentó a una situación un tanto similar. Fue condenado a morir por los jueces de la ciudad, debido a que los acusaron de enseñar falsas creencias religiosas, y, de corromper a los jóvenes con sus enseñanzas. En el juicio se defendió sosteniendo que esas acusaciones eran completamente falsas porque él creía en los dioses en los que creían todos los ateniense y griegos. Sin embargo, los jueces no aceptaron los argumentos de su defensa, y lo condenaron a morir bebiendo cicuta. Mientras esperaba la ejecución de la sentencia prisionero en una celda, sus amigos le pidieron que huyera para salvar su vida. Pero, no aceptó porque consideró que la decisión de los jueces, basándose en las leyes de la ciudad, había que respetarla y aceptarla, así no fuera correcta y justa.
Sócrates, entonces, al contrario de Antígona, quien no aceptó la orden del rey Creonte de no enterrar a su hermano, enterrándolo, aceptó la orden de morir dada por estos magistrados apoyándose en las leyes del Estado. Aceptó cumplirla, contra el ruego de sus amigos de que huyera y se refugiara a otra ciudad, sabiendo que era injusta, al castigarlo con su vida de un delito que no había cometido. Pues, para él las leyes de Estado debían cumplirse por encima de cualquier consideración ética sobre lo que es justo. Pero, al mismo tiempo, fue perfectamente consciente, como le fue Antígona, de que la decisión que tomaron los jueces de Atenas, no era de ninguna manera válida, no tenían el valor de la verdad y la justicia, tal como lo dijo, en su defensa en el curso del juicio: “¿Cómo podría yo introducir nuevos dioses por decir que una voz divina se me manifiesta para indicarme lo que hay que hacer? […] Por otro lado, que la divinidad sabe de antemano lo que va a suceder y que lo anuncia con señales a quien quiere, tal como yo lo digo, lo dicen también todos y lo creen. Pero mientras estos llaman, augurios, voces, coincidencias y adivinos a los que les anuncian las señales, yo lo llamo genio divino y pienso que, al llamarlo así, me expreso de manera más veraz y piadosa que los que atribuyen a las aves el poder de los dioses”. (Palabras citadas por Jenofonte en su libro Apología de Sócrates).
Por eso, quienes cometieron, en realidad y en el fondo una grave y verdadera falta moral, fueron esas autoridades estatales. Sus muertes semejantes, tomando un veneno para morir en una celda oscura, forjó un lazo que los unió como víctimas de órdenes estatales profundamente injustas.
El destino trágico de estos dos personajes de la historia griega, de una mujer sencilla y seguramente no letrada, pero inmensamente valiente, y, de uno de los grandes fundadores del pensar filosófico, puso en evidencia, entonces, con claridad que los castigos o sanciones que imponen los agentes políticos y judiciales de los Estados carecen muchas veces de legitimidad porque se fundan en acusaciones falsas o en premisas inhumanas. Fenómeno, que se prolongó en la historia hasta el surgimiento de los Estado democráticos de derecho en los tiempos modernos, en los que sus leyes ya no establecen o consagran como delito la expresión pública de las opiniones y pensamientos de sus ciudadanos, así sean críticas con las creencias religiosas predominantes o con las decisiones de las propias autoridades estatales. Ni tampoco se dan el derecho y la potestad de prohibir el entierro de ninguna persona que haya cometido un delito, por más grave que sea. La ley que le dio el derecho al rey Creonte en la antigüedad griega de impedir el entierro de alguien que había cometido un delito, quedó suprimido definitivamente de las leyes de los estados modernos. Y, por lo tanto, permite sin ninguna reserva que ese acto lo puedan realizar siempre sus familiares y seres queridos. Al ocurrir estos cambios en las leyes de los Estados modernos, que todos reconocen como válidos y justos, se confirma de nuevo hoy, sin ninguna reserva u objeción posible, que los dos fueron definitivamente no solo unas víctimas inocentes de los delitos que les atribuyeron. Sino también, que recibieron, por esa razón, dos castigos de las autoridades estatales completamente injustos.
Por eso, hoy tenemos el deber todos los que los conocemos, de tratar de redimirlos de esa doble injusticia que sufrieron a manos del poder político y judicial, explicándola y mostrándola, para que seamos nosotros los que condenemos moralmente a esas autoridades, así sea muy tarde, como autores de los únicos y verdaderos delitos que se cometieron, el de condenar a muerte y encerrar en una oscura caverna a dos inocentes.
Pero, además, estas dos injustas condenas que sufrieron estos dos célebres personajes de la historia cultural de la humanidad son las mismas que padecieron cientos de miles de personas, en su inmensa mayoría anónimas, a lo largo de la historia hasta los tiempos modernos. Mujeres y hombres que fueron condenados a morir por tribunales civiles o eclesiásticos, como el de la Inquisición, acusados de delitos que no cometieron o de delitos que en realidad no lo fueron, como los tener ideas y opiniones contrarias o diferentes a las oficiales, que se consideraban dogmas incuestionables. O, por fabricar mezclas de hiervas naturales para tratar y curar diversas enfermedades que estaban prohibidas por las instituciones académicas y las autoridades civiles y eclesiásticas de los países europeos. O, acusadas de brujería o hechicería por tribunales estatales de justicia o por las iglesias católica y protestante, que fueron perseguidas con saña durante varios siglos. Según cálculos de investigaciones recientes, fueron sacrificadas más de sesenta mil personas durante el siglo XV, XVI y XVII en Europa, principalmente en Alemania, acusadas del delito de brujería. Con excepción de una parte de ellas, que usaron esos brebajes en rituales secretos o aquelarres, invocando espíritus malignos o al demonio para provocar algún daño desde muy lejos a determinadas personas, la inmensa mayoría de esas mujeres – y también los pocos hombres que los realizaban- eran completamente inocentes. Delitos, que, además, en realidad tampoco cometieron, delitos imposibles de haberlos cometido, porque esas prácticas de hechicería violaban o contravenían las leyes de la naturaleza.
Hecho, que comenzó a comprenderse con claridad desde los tiempos de la Ilustración en el siglo XVIII. El proceso de transformación de las ciencias naturales en el paradigma de los saberes válidos y verdaderos, relegó el fundamento de estas prácticas de hechicería a la condición real de que eran y son, a una pura superstición ajena o contraria al orden de los fenómenos de la naturaleza de los que las ciencias dan cuenta, describen y explican. El gran artista español y partidario de la Ilustración, Francisco de Goya ilustró con varios grabados memorables estos aquelarres, mostrando con entera razón, que el único poder que tenían, y, tienen es el de enajenar y degradar la condición humana y fisonomía de quienes participaban en ellos.
Por eso, podemos considerar a Antígona y Sócrates los personajes cuyos nombres nombran toda esa inmensa cantidad de mujeres y hombres sin nombre, anónimas, que, sufrieron condenas a muerte injustas por delitos que en realidad no lo eran o que no cometieron.
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