El lobby o cabildeo se ha desnaturalizado. Formalmente se trata de una práctica orientada a influir en cierto tipo de decisores o actores de poder real para favorecer ciertos intereses. Sin embargo, el ejercicio se ha alejado del concepto. Cabe preguntarse quién y para qué propósitos se lleva a cabo el lobby; si es para equilibrar el juego del poder, o para desacreditar causas que perjudican ciertas agendas de intereses. En realidad, ¿cuál es la influencia real del lobby?
Originalmente, el lobby era ejercido por expertos en la materia. Los cabildeadores quienes fungían como asesores de legisladores y funcionarios de primer nivel, especialmente en los países desarrollados, para nutrirlos de información que les ayudara a tomar mejores decisiones. Con el paso del tiempo, esta suerte de expertos se ha ido por la borda. Han aparecido lobbistas por doquier, son vendedores de humo, pero de diferentes colores. Unos, los clásicos, contratados por actores privados para ejercer influencia en favor de proyectos y temas de su interés. Otros son los creadores de fantasías. Si no se hace tal o cual cosa ocurrirá lo peor. Son los generadores de fantasmas, agitadores, aprovechadores del precario conocimiento que, cada vez más, determina el perfil de los actores de poder en el mundo público. Pero existe otra gama de supuestos lobistas. Estos son los más perversos, destructores por esencia. Generadores de desinformación, cuya única razón de ser consiste en vender mentiras a granel, crear olas artificiales, hacer gala ostentación por las supuestas relaciones que van generando en el camino. Nunca construyen, siempre mienten y destruyen.
Lejos ha quedado el propósito de origen del lobby, en cuanto a facilitar que mnorías, actores invisibilizados o con menos acceso a participar en las escenas del poder unieran fuerzas para hacerse escuchar sin depender estrictamente de los tradicionales intermediarios, hoy venido a menos, los partidos. Los necesitados del cabildeo siguen, en realidad, fuera del lente. Y en su lugar han emergido los lobistas nocivos, sin escrúpulo alguno, que deambulan en las sombras para aprovechar, de maneras incisivas, la torpeza que domina el espectáculo público.
Nuevamente salen a luz las acciones de lobby. Semanas atrás para lograr sentar en la Corte de Constitucionalidad a un actor, cuyo propósito consiste en ser piedra de tropiezo y coaligarse con otros similares para asegurar que las decisiones de esa instancia impidan poner en riesgo el “sistema”, o dicho de formas claras, los nichos de impunidad que forman la esencia o ADN de este país. Pero más recientemente, el objetivo es lograr un giro político en 2027 que coincida con la correlación política dominante en América Latina y El Caribe, los gobiernos de derecha. Lo que en realidad interesa es granjearse de expresiones de respaldo a la “necesidad” de retomar el control político para continuar expoliando, a diestra y siniestra, bajo el supuesto de recuperar el dominio de la lógica de los privilegios.
Los reincidentes lobistas, aprovechan los recientes resultados electorales de Perú y Colombia para refrendar su discurso, pero especialmente la correlación que se ha erigido en Centroamérica, donde el alineamiento es casi generalizado, con excepción de Guatemala (Nicaragua cuenta en la ecuación de manera diferente).
Sin embargo, ese lobismo empecinado, porque es el mismo al impulsado en favor de Pérez, Morales y Giammattei, omite un detalle esencial: las dinámicas del poder dejaron de estar en manos de sus promotores desde hace años. Los jugadores titulares de la cancha ahora son otros, con diferentes objetivos, lógicas y pactos entre ellos. Los poderes emergentes llegaron para quedarse. También impulsan lobby y quizás sean más efectivos, porque son pragmáticos. Pero ni a unos ni a otros les interesa el país; eso nunca les ha importado. Seguir sacando raja a granel es el imperativo que los vincula.
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