Tres años y medio después: cuando volver a pedalear me recordó lo inmóvil

Flor de María Gálvez

septiembre 8, 2025 - Actualizado septiembre 7, 2025
Flor de María Gálvez

Esta semana me subí a una bicicleta por primera vez en tres años y medio de exilio. El viento que sentí sobre mi rostro me transportó inmediatamente a aquellos días en Guatemala cuando las montañas eran mi escape favorito. Cada pedaleada era libertad pura, una conexión con paisajes. Pero entre pedalear aquí y recordar allá, una reflexión saltó: ¿por qué en Guatemala movilizarse dignamente parece una utopía?

Mientras muchas personas guatemaltecas invierten más horas diarias atrapadas en el tráfico que compartiendo con sus familias en casa, vale la pena preguntarse: ¿qué precio estamos pagando realmente por nuestro sistema de transporte colapsado?

Los números hablan por sí solos. Según la Dirección de Movilidad Urbana de la Municipalidad de Guatemala[1], en las horas pico (5:45 a 8:30 y de 16:30 a 20:30 horas) se necesitan de 1 a 1.5 horas o más para recorrer trayectos de apenas 10 a 15 kilómetros, con una velocidad promedio de solo 9 km/h. Esto significa que muchos guatemaltecos invierten entre 2 a 4 horas diarias solo en trasladarse, tiempo que podrían dedicar a sus familias, descanso o desarrollo personal.

Durante mi tiempo en el exilio, he podido ver otros sistemas de transporte que, aunque no perfectos, ofrecen opciones reales. Como las estaciones de bicicletas distribuidas estratégicamente donde cualquier persona puede rentar una para trayectos cortos con espacios exclusivos para ciclistas que garantizan seguridad y fluide; también rutas bien planificadas con frecuencias regulares y cobertura amplia.

En Guatemala se enfrenta una tormenta perfecta; por ejemplo, el transmetro con cobertura limitada y operación deficiente, no representa una alternativa viable para la mayoría de los usuarios. Los autobuses urbanos, además de operar en condiciones precarias, enfrentan una crisis de seguridad. Extorsiones, asaltos y violencia han convertido el transporte público en una opción riesgosa.

Y no digamos el ciclismo urbano que prácticamente es inexistente como alternativa seria. La falta de infraestructura ciclística, combinada con altos índices de robo y el peligro de circular entre vehículos y motocicletas, hace del ciclismo una aventura extrema más que un medio de transporte.

Reconozco que andar en bicicleta no es para todas las personas. Requiere cierta condición física y destreza. Pero como alternativa para liberar el tráfico vehicular, especialmente en trayectos cortos y medios, podría transformar esa realidad urbana.

Cada vez que veo las quejas diarias sobre el tráfico en redes sociales, pienso en las horas perdidas, en el combustible desperdiciado, en las oportunidades que se esfuman mientras las autoridades municipales llamadas a realizar acciones concretas poco o nada hacen.

La movilidad digna no es un lujo; es un derecho que impacta directamente en nuestra calidad de vida. Y mientras sigo pedaleando en otro país, espero que algún día Guatemala pueda haber una revolución silenciosa: la de las dos ruedas, la bici como ese transporte eficiente y las calles que inviten a vivir, no solo a sobrevivir.


[1] https://investigacionparatodos.usac.edu.gt/art%C3%ADculos-principales/item/20-movilidad-urbana-en-la-ciudad-de-guatemala

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