Para recordar a Habermas

Jorge Mario Rodríguez

marzo 23, 2026 - Actualizado marzo 22, 2026
Jorge Mario Rodríguez

Con la reciente partida del filósofo alemán Jürgen Habermas se intensifica, para muchos de quienes nos formamos como humanistas y científicos sociales en las últimas décadas del siglo pasado, una honda sensación de nostalgia. La comprensión de la empresa intelectual de este filósofo resultaba imprescindible para aquellos que intentábamos comprender nuestras circunstancias. Valorábamos entonces que el horizonte de estos pensadores estuviera marcado por la conciencia inmediata de que las profundas fallas culturales que se hallaban en la raíz de las grandes tragedias políticas del siglo XX.

Hoy, esa tarea comprensiva recobra una vigencia singular, en un tiempo que pretende reducir la enseñanza filosófica a un repertorio de citas destinadas al consumo motivacional para “sobrevivir” en un mundo desangelado. La desaparición física de este referente intelectual debería servir de acicate para reactivar una reflexión filosófica capaz de poner en evidencia las carencias de ese mundo de la vida irracional en el que ahora nos encontramos inmersos, precisamente por la renuncia a la obligación moral de reflexionar.

Este filósofo —quien llegó a ser considerado la conciencia de Alemania— se inscribe en la admirable secuencia intergeneracional de la Escuela de Fráncfort. Los planteamientos de esta escuela son desarrollados en el Instituto de Investigación Social que se estableció en 1923 en la que ahora es la Universidad Goethe de Fráncfort del Meno. En el seno de esta institución se construyó una interpretación crítica que asumía el cruce de diversas tradiciones —entre ellas, las vertientes emancipatorias del marxismo— para comprender la dinámica del capitalismo. En su decurso temporal, la Escuela de Fráncfort, se ha ido abriendo a concepciones más amplias de la racionalidad.

Así, en la obra de Habermas pueden reconocerse las claves de ese impulso emancipatorio que recorre la modernidad europea desde sus inicios. Su vitalidad se refleja en el hecho de que su pensamiento no dejó de suscitar desacuerdos respetuosos desde perspectivas filosóficas no europeas, lo cual evidencia tanto sus límites como su fecundidad. En efecto, su pensamiento estimula otras formas de comprensión liberadora que, en el debate filosófico de nuestro tiempo, permite someter a crítica los sesgos excluyentes de la Ilustración europea.

Habermas logró, en efecto, imprimir un nuevo impulso a la tradición de la Escuela de Fráncfort. Las elaboraciones conceptuales de la primera generación —con Theodor W. Adorno y Max Horkheimer a la cabeza— habían tejido un poderoso entramado crítico orientado a comprender la devastadora experiencia alemana con el nazismo. Ese esfuerzo inicial desembocó en un cierto pesimismo de la razón que se manifestó con gran fuerza en el pensamiento de su maestro Adorno, profundamente conmovido por la experiencia de los campos de concentración. Frente a el pesimismo de la racionalidad de Adorno, Habermas abrió una vía distinta mediante su propuesta de la racionalidad comunicativa. Gracias a esta inflexión, la Escuela de Fráncfort conserva el mérito de haber expuesto las dinámicas del capitalismo que condujeron al desastre nacionalsocialista, al tiempo que logró renovar sus herramientas críticas para identificar la colonización que el dinero y el poder establecen en el mundo humano. Dentro de esta tradición crítica, las generaciones subsiguientes de la Escuela de Fráncfort han puesto de relieve la necesidad del reconocimiento (Axel Honneth) y la justificación (Rainer Forst) como elementos esenciales para evitar la deriva antidemocrática de nuestras sociedades castigadas por la suprema irracionalidad del capitalismo. Con estos autores se puede estar en desacuerdo, pero en medio de su comprensión se plantean problemas conceptuales y teóricos que hacen avanzar al pensamiento filosófico contemporáneo.

La contribución más influyente de Habermas se condensa en su Teoría de la acción comunicativa, articulada en su obra homónima publicada en 1981. En ella, el filósofo saca a la luz la dimensión comunicativa de la racionalidad, inscrita en las prácticas intersubjetivas que estructuran la vida social. Habermas sostiene la posibilidad de una comunicación orientada al entendimiento; los desacuerdos se resuelven en procesos argumentativos en los que prevalece la fuerza del mejor argumento. Sobre esta base se consolidan las premisas de la democracia deliberativa. La distancia entre este ideal y nuestro presente resulta hoy particularmente evidente: la lógica de las plataformas digitales parece amplificar formas de irracionalidad que erosionan las condiciones mismas del diálogo.

Un rasgo distintivo de Habermas fue su disponibilidad para evaluar el trabajo de otros filósofos. En este desempeño, la vocación deliberativa de Habermas tuvo importantes contribuciones a la filosofía del derecho, en donde sostuvo importantes intercambios con pensadores como Robert Alexy o Ronald Dworkin. Propuso el concepto de “patriotismo constitucional”, en donde la identidad de una comunidad política se distingue por su adhesión a principios constitucionales. Al recordar esto, no puedo evitarlo, no me cabe menos que lamentar que los menos aptos para leer nuestra Constitución sean nuestros patéticos “jueces constitucionales”.  

Ya en sus últimas reflexiones, Habermas advirtió con lucidez las transformaciones contemporáneas de la comunicación. Siguiendo sus anteriores contribuciones, señaló cómo el “mundo de la vida” tiende a ser colonizado por el sistema tecnológico. Habermas vio con claridad que la expansión de las tecnologías digitales ha favorecido una forma de interacción predominantemente informativa que vacía de contenido potencialmente emancipatorio a la esfera pública. Desde esta perspectiva, el adelgazamiento del Estado promovido por ciertas lógicas tecnocráticas —asociadas, por ejemplo, a figuras como Elon Musk— revela una subordinación de lo político a dispositivos técnico-administrativos difícilmente compatibles con una concepción robusta de la racionalidad, esa que necesitamos para identificar una democracia bien formada.

Hasta el final de su vida, Habermas mantuvo una atención constante a estos problemas, reafirmando la centralidad del intercambio argumentado como núcleo de toda sociedad democrática, especialmente en su dimensión constitucional. Sus intervenciones públicas, a menudo puntuales pero incisivas, no dejaron de señalar las limitaciones y extravíos de la política europea contemporánea.

Al recordar al maestro que ahora pasa a formar parte de la historia es necesario reconocer que nuestro tiempo exige, con urgencia, la recuperación de las capacidades reflexivas de las sociedades. Se trata de una tarea compleja, que en contextos específicos —como el nuestro— puede verse agravada por fenómenos como la captura mafiosa de la universidad. En este contexto, uno de los desafíos de nuestro tiempo radica en confrontar la omnipresencia del engaño, ese espacio en el que los influencers descerebrados ejercen un poder anómalo sustentado en las formas más descarnadas de irracionalidad. De ahí la necesidad de ampliar el horizonte del pensamiento, incorporando tradiciones diversas —como las perspectivas indígenas— en la configuración de un nuevo entendimiento global.

Es necesario reconocer que hay razones para sostener una esperanza crítica. Incluso en medio de la expansión de la estupidez digital, la comprensión de la racionalidad ha seguido avanzando. Mantener viva la herencia de Habermas implica, en última instancia, comprometerse con esa tarea: la de quienes, animados por el ejercicio del pensamiento, reconocen que otro mundo, uno más racional y humano, sigue siendo posible.

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