Uno de los rasgos de la experiencia social actual es que nuestro acceso al mundo se ve mediado por la tecnología digital. El problema es que esta tecnología se incorpora a nuestra vida de manera tan acelerada como disruptiva. Vivimos bajo el mantra de la innovación. Hay que avanzar rompiendo cosas, dice el descabezado Mark Zuckerberg; asevera que, si no se rompen cosas, no se avanzaba lo suficientemente rápido. ¿Qué pasa si se rompe lo imprescindible, aquello que no se puede recomponer?
El aceleracionismo constituye un credo compartido por Silicon Valley, un topónimo que ha pasado a significar la tecnología y su enorme poder económico. Poco importa acelerar y estrellarse, siempre que las víctimas no sean de la clase de quienes provocan dichas catástrofes. Nick Land, predicador del tecnofascismo, sostiene que se debe acelerar el capitalismo y la tecnología, independientemente de los colapsos sociales que puedan producirse. El asunto es construir la máquina tecno-capitalista que, según Marc Andreessen, otro sacerdote del aceleracionismo, puede garantizar el crecimiento perpetuo de la producción y la abundancia. Esto es algo difícil de comprender en un mundo que ya se encuentra en una emergencia ambiental.
Un punto de vista que queda claro es que la tecnología no puede ser neutral, como suele decirse. Esta es una creencia que suele cubrir las asperezas de la opción tecnológica. Desde hace tiempo Günther Anders y Jürgen Habermas mostraron que la tecnología ya lleva implícita una opción ideológica que se subordina a la dominación. Afortunadamente, la aceleración de la innovación tecnológica —que obedece al deseo irracional de poder, especialmente el económico— ya ha demostrado que no toma en cuenta a esa parte de la humanidad que no se encuentra en la cúspide de este mundo desigual.
Deben tomarse en cuenta las limitaciones reales del desarrollo tecnológico. El pensador checo-canadiense Vaclav Smil, quien ha enfatizado la profunda distinción entre invención e innovación, ha llamado la atención sobre el exagerado entusiasmo que suele acompañar a las invenciones que después fallan ante las sobresaltadas expectativas. De hecho, este es un problema que se menciona con frecuencia en las discusiones sobre inteligencia artificial, dado que se aduce que las grandes inversiones en este campo no serán recuperadas. No se ha dejado de hablar de la burbuja de la inteligencia artificial, la cual podría llevarnos a una crisis como la que se dio en 2007-2008. Desde luego, los causantes de estas crisis no pagarán los platos rotos, dado que el Estado y el sistema de bienestar solo funcionan para los grandes poderes económicos. En ese momento, los libertarios como Elon Musk acudirán al Estado que no dejan de criticar, aunque gran parte de sus obscenas fortunas se deriven de contratos con dicho Estado.
Aun así, el tecnooptimista espera que la aceleración del desarrollo tecnológico contribuya a que el ser humano supere sus limitaciones biológicas y sociales. La salvación de la humanidad está en colonizar el espacio exterior —que lo digan Jeff Bezos y Elon Musk—. La mala noticia es que la mayoría de las personas y sus descendientes no accederán a estos frutos. ¿Cuántos serán capaces de costear la alucinante migración a Marte cuando este planeta ya no pueda sostener la vida humana?
Por de pronto, el entusiasmo de la mayoría de las personas se centra en conseguir el último gadget tecnológico. Y es que el desarrollo tecnológico impacta negativamente en los lugares más insospechados. Nada preocupa tanto como que la humanidad se encuentre atontada por la aceleración tecnológica y que no puede responder racionalmente a los grandes desafíos de este presente vertiginoso.
Ya no podemos negar que estamos instalados en un orden distópico que cada vez nos aplasta más como seres humanos. Importantes autores, como Byung-Chul Han, han desentrañado los efectos de la tecnología sobre la subjetividad humana, especialmente en el sentido de una alienación del propio ser. Así, por ejemplo, la relación entre la adicción a las tecnologías y la depresión ubicua de nuestra época solo es invisible para quien, de plano, no es capaz de levantar la vista de esa pantalla en la que se desplazan contenidos casi siempre irrelevantes.







