Con frecuencia escuchamos decir que la juventud representa el futuro del país, repitiéndose dicha frase una y otra vez por décadas, posiblemente con la mejor de las intenciones.
Sin embargo, también es una frase que, sin proponérselo, ha trasladado la responsabilidad hacia un mañana incierto, como si esa juventud debiera esperar su turno para comenzar a transformar esta nación.
¡La realidad es otra!
La juventud no es el futuro de Guatemala y bastamente se ha dicho que ésta, es el presente, siendo sus decisiones determinantes para el país que tendrá mañana.
Estamos atravesando quizá uno de esos momentos que marcarán el rumbo de una generación.
Nos acercamos a un nuevo ciclo político, marcado por las próximas elecciones generales y, como ha sucedido tantas veces, volverán a aparecer discursos poco atractivos, atascados de un descarado populismo, llenos de vagas e insulsas promesas, sin solidez y sin verdaderos compromisos, alrededor de liderazgos pobres y construidos por imágenes y mensajes diseñados para conquistar emociones más que para resolver los problemas estructurales del país. Todo esto envuelto en un circo que rebasa la lógica y la sensatez.
Ante un escenario como este, la una solución viable, al criterio de quien escribe estas letras, es el surgimiento de esa fuerza capaz de cambiar el rumbo de nuestra historia: esa juventud consciente, preparada y unida.
La razón no es porque esta juventud sea mejor, que quienes les hemos precedido. En esencia, cada generación ha sido importante y sin duda alguna ha aportado sacrificios y enseñanzas que merecen reconocimiento, promocionando aprendizajes invaluables, que deben evitar condenarnos a los errores del pasado para no repetirlos, siendo esto último uno de sus más grandes desafíos.
La historia nos ha demostrado que muchos esfuerzos ciudadanos comienzan con enorme entusiasmo, pero lastimosamente terminan debilitándose por las divisiones internas, los egos y protagonismos personales, así como por la incapacidad de escuchar a otros o a sus oponentes y principalmente por una pérdida de objetivos en común.
Tristemente se ha confundido el liderazgo con el protagonismo; el debate con la confrontación y la diferencia de criterios con la enemistad.
Es por ello por lo que, el mayor reto de la juventud guatemalteca no consiste únicamente en participar en las próximas elecciones. Su mayor reto consiste en demostrar que es posible construir una nueva cultura política basada en el diálogo, el intercambio oportuno y respetuoso de opiniones, el debate, la preparación y la búsqueda del bien común.
La unidad no significa pensar exactamente igual. Eso es inexistente e irreal. La riqueza de una democracia radica precisamente en la diversidad de ideas, opiniones y pensamientos.
La verdadera unidad consiste en comprender que, aun pensando diferente, podemos compartir un mismo propósito.
Hemos vivido durante mucho tiempo bajo la lógica de la división, que nos separa por diversas causas, como los partidos políticos, las ideologías, las propias generaciones, los sectores económicos e incluso por nuestras propias diferencias personales.
Esa fragmentación ha debilitado nuestra capacidad para impulsar
transformaciones profundas y sostenibles.
Tal vez haya llegado el momento de cambiar esta historia.
Guatemala no necesita una ciudadanía enfrentada entre sí. Necesita personas y especialmente jóvenes capaces de construir puentes en donde han existido muros durante años.
Hoy más que nunca necesitamos de esa juventud que comprenda que escuchar no significa renunciar a las propias convicciones y que debatir con respeto, fortalece mucho más una democracia que cualquier descalificación.
Los cambios verdaderamente importantes nunca han nacido de la separación o del aislamiento. Estos sólo ocurren, cuando determinados grupos de personas han decidido caminar hacia un mismo objetivo.
Urgen muchos más espacios de convergencia de juventudes, provenientes de distintas profesiones, experiencias, ideologías y formas de pensar, que puedan sentarse a dialogar, debatir, escribir y fortalecer sus capacidades de liderazgo, construyendo y creando activamente propuestas para Guatemala.
Debe existir una juventud convencida de que el diálogo y el debate no son inocuos, sino verdaderos vehículos que permiten concretar acciones que conduzcan a cambiar el rumbo del país.
Urge dialogar y debatir, mostrando que ello es una expresión de madurez democrática y que cuestionar con argumentos fortalece las ideas y el pensamiento crítico, siendo estas herramientas poderosas para proteger la libertad.
La experiencia ha dejado una enseñanza profundamente esperanzadora: ¡La unidad no exige uniformidad! ¡Exige es un propósito común!
Desde ese aprendizaje, también se debe hacer una autocrítica como generación. Con frecuencia se exige transparencia, institucionalidad, respeto y democracia a nuestras autoridades, pero no siempre se practican esos mismos principios entre nosotros.
En ocasiones se repiten los mismos personalismos, las mismas polarizaciones y descalificaciones que tanto se critica en la política nacional.
Si realmente se desea transformar Guatemala, debemos comenzar por transformar nuestra propia manera de relacionarnos, invitando y permitiendo el involucramiento de esa juventud.
El verdadero liderazgo nunca ha consistido en acumular seguidores. ¡Consiste en formar nuevos líderes!
Una generación que deposita todas sus esperanzas en una sola persona termina siendo vulnerable. En cambio, una generación que multiplica liderazgos construye instituciones fuertes y sociedades más resistentes frente a cualquier crisis.
Por eso, el llamado a la juventud debe ir mucho más allá de acudir a votar. Esta, debe ser una invitación permanente a estudiar, prepararse, participar activamente en los asuntos públicos, cuestionar con responsabilidad, escuchar antes de juzgar, rechazar el fanatismo y exigir que quienes aspiren a dirigir el país lo hagan con capacidad, integridad, experiencia y un compromiso auténtico con el servicio público.
¡Adelante a esos jóvenes que son el hoy, les estamos esperando!
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