Hay una guerra

Marcos Melchor Palencia

julio 19, 2025 - Actualizado julio 18, 2025
Marcos Melchor Palencia

Hay una guerra entre los ricos y los pobres, entre el estado y Joviel; hay una guerra entre los que dicen que hay una y los que dicen que no la hay. Esta oración ha sonado mucho a Leonard Cohen, no me culpe, es al único que he estado escuchando estos últimos días.

Cuando se habla de educación pública, hay un nombre que no puede faltar: Joviel Acevedo, el dirigente que ha convertido el Sindicato de Trabajadores de la Educación de Guatemala (STEG) en una institución más duradera que muchas administraciones gubernamentales —como aquel Centro de Gobierno de Don Martínez—. Y en los últimos días, su protagonismo ha alcanzado niveles dignos de… no sé, de algo asombroso. De una serie digna de un Emmy. O algo por el estilo.

Desde el 19 de mayo, el STEG se declaró en una presunta “asamblea permanente”, una figura que no existe en la legislación laboral pero que, al parecer, tiene más peso que las resoluciones judiciales. ¿Respetar una orden judicial?, no gracias, solo si viene con café o champurradas. El aclamado resultado: más de 300 mil estudiantes sin clases, miles de docentes en campamentos frente al Palacio Nacional y una educación paralizada —imagínese, más de lo que ha estado—.

Pero no se preocupe, ya está todo despejado. O al menos eso parece. Se ha ordenado levantar el paro y sancionar a más de 860 dirigentes sindicales, incluyendo, gracias a Dios, a Joviel, con multas que suman más de Q3 millones. Veremos en cuánto tiempo las pagan.

¿La respuesta del sindicato?

Continuar como si nada.

¿Por qué harían algo?

Incluso la CC se negó a suspender artículos del pacto colectivo que otorgan privilegios un poco cuestionables. Ah, y ni se le ocurra escuchar a los presuntos maestros que habitaban, hasta ayer, la plaza central. Es una rara mezcla entre paternalismo y populismo. No sé qué es peor.

Lo que comenzó como una lucha por condiciones laborales —no digo “simple lucha” porque algunos se enojan— se ha transformado en una demostración de fuerza. Pero no la mejor fuerza. El pacto colectivo se negocia en secreto y el sindicato parece tener más influencia que el propio Ministerio de Educación. ¡Señora Giracca, la quieren dejar sin puesto!

En las aulas vacías se escucha una pregunta incómoda: ¿cuándo se convirtió la educación en rehén de la política sindical?

¿Cuándo, Joviel?

Y recuerde, estimado lector, que si negociar un pacto colectivo es ser corrupto, nosotros, a diferencia de aquel uno, no somos corruptos.

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