Este país no puede seguir caminando hacia el futuro con los pies atados al pasado.
En serio, ¡ya basta!
La historia reciente ha demostrado que el continuismo disfrazado de “experiencia” ha sido, en muchas ocasiones, el principal obstáculo y error garrafal para no lograr los avances necesarios que se deben de tener.
Estamos atrapados entre la incapacidad y el subdesarrollo, ya sea por negligencias, corrupción e ineptitud o por esa llamada experiencia en la administración pública, pero amarrada a las mañas y los procesos viciados e irregulares, en donde no existe la obra sin sobra y sin la “experiencia” del corrupto que sí sabe “ejecutar”.
En un país profundamente rezagado, donde la corrupción ha sido el cáncer que ha carcomido cada intento de desarrollo real, se vio una pequeña luz, de por fin abrir paso a nuevos liderazgos que gozaran de principios sólidos, ética intachable y genuina voluntad de servicio. Sin embargo, se quedó sólo en la intención, porque la luz para ello, al parecer, sigue sin iluminarse.
Durante décadas, se ha justificado el reciclaje de figuras vinculadas a estructuras políticas tradicionales, bajo el argumento de: “no hay gente capaz y con experiencia”.
Pareciera que no es la excepción y bajo esta línea de pensamiento, la pregunta obligada es: ¿de qué sirve la experiencia, si ésta, se ha mostrado estar al servicio de intereses personales, de redes corruptas o clientelares?
La experiencia, sin honorabilidad reconocida y cuestionable, se convierte en una herramienta peligrosa. Por el contrario, la ética y la disposición al trabajo honesto, aún sin una trayectoria técnica extensa, son los verdaderos cimientos sobre los cuales, puede construirse un nuevo liderazgo transformador con estabilidad y verdadero desarrollo.
Sí, es cierto que los cargos públicos requieren preparación, conocimiento y esa famosa experiencia. Pero si esta última sólo sirve como pantalla para permitir actuar en favor de la corrupción, ésta sale sobrando y pareciera preferible contar con personas sin ella, pero totalmente honestas y con pasado incuestionable.
Tratando este tema se me viene a la mente la situación que viven los jóvenes, cuando se encuentran en ese punto de sus vidas, recién graduados y con ese cúmulo de títulos y sus brillantes notas, pero “sin experiencia” y nadie les contrata para un trabajo, porque no gozan de dicha “experiencia” y sin posibilidades de mostrar sus capacidades, por no contar con ésta y se envuelven en un círculo vicioso que no les permite poner a prueba sus principios y sus conocimientos más que eso que sus títulos plasman, prefiriendo contratar a aquella persona que probablemente lleve las de ganar por ser mucho más experimentado, pero sea un lobo vestido de oveja.
Finalmente, esto resulta complejo y muy irónico, pues llegar a adquirir esta tan anhelada experiencia, sólo se logrará, cuando se lance uno al agua y la misma finalmente se aprenda.
Sólo es así y de ninguna otra manera, nadie está en la posibilidad de nacer con ella y en parte ese proceso del cual toda persona debe pasar para llegar a completar su profesionalismo, las destrezas que se tengan y la experiencia que se desarrolle para ejercer un trabajo o cumplir una labor como funcionario público, desempeñándolo con esa experiencia necesaria, que sin duda es importante pero que debe estar acompañada y envuelta en principios éticos y de incuestionable honorabilidad.
Entonces, hoy por hoy, contratar a una persona con la excusa de tener experiencia, por sobre aquellas, cuyo fuerte sea la reconocida honorabilidad, es realmente dar pasos hacia atrás y no mostrarse a favor de la lucha anticorrupción y realmente limpiar el Estado, para hacerse valer de personas realmente honestas, las cuales posiblemente no tengan un currículo pesado en tanta “ experiencia” misma que se ha puesto de manifiesto que ha servido para el mal y literalmente como fachada para dar continuidad a los actos fraudulentos y a la corrupción, olvidando limpiar al Estado con personas de reconocida trayectoria, cuya experiencia podrá ser el resultado de todo un equipo multidisciplinario que dé los óptimos resultados, para el buen desempeño de la labor que se busca realizar.
En esencia, la clave siempre estará en acompañarlos con buenos asesores técnicos, personas que aporten esos exclusivos conocimientos que sin duda alguna dé magníficos resultados y sin las ataduras peligrosas que tengan nexos con la política del pasado.
De ser esto posible, lo cual no implica inventar el agua azucarada, se logrará una conjunción virtuosa entre la frescura y esa visión de nuevos líderes, entrelazada con la experiencia que se puede incorporar con las personas clave que actúen con absoluta entrega a la causa y con mucha responsabilidad.
Ejemplos abundan de cómo el reciclaje político ha costado caro. Está probado que exfuncionarios cuestionados, con nexos con el pasado, han regresado a cargos clave en gobiernos sucesivos, repitiendo vicios, bloqueando cambios o siendo parte de redes que sólo buscan proteger intereses propios.
La contratación de figuras con vínculos familiares, económicos o partidarios con actores del pasado genera desconfianza ciudadana y compromete la integridad de las instituciones.
Para romper con este ciclo, que, a la larga resulta desgastante y muy agotador, se requiere de una muy fuerte voluntad política, que tenga impacto y coordinación con alianzas estratégicas, para dar soporte a dichos nombramientos, lo que conducirá a una ciudadanía mucho más activa.
Es necesario fortalecer mecanismos de selección pública por méritos y no por vínculos. Apostar por concursos transparentes, por formación de cuadros técnicos jóvenes, por la inclusión de liderazgos provenientes de la academia, de organizaciones sociales, del interior del país, de mujeres y de juventudes que nunca han tenido acceso a esos espacios.
Además, es urgente que los partidos políticos, – si es que aún desean tener alguna legitimidad- dejen de ser plataformas de reciclaje y se conviertan en verdaderas escuelas de liderazgo, abriendo espacios reales para nuevas figuras y renunciando a las cuotas impuestas por pactos oscuros.
Guatemala necesita con urgencia rostros nuevos, ideas frescas y manos limpias, pues se cuenta con una ciudadanía que exige como tema fundamental, la transparencia, como un potente vehículo para lograr resultados claros y positivos, a través de nuevos liderazgos con propósito.
Continuar apostando por los mismos de siempre – sólo porque “saben cómo funciona el sistema y el Estado – es perpetuar un sistema enfermo que ya ha demostrado ser incapaz de brindar bienestar a las mayorías.
Es tiempo de arriesgar por lo correcto. De formar y confiar en nuevas generaciones de liderazgos con vocación de servicio, capaces de generar confianza, romper pactos oscuros y poner al país por delante de cualquier interés personal o partidario. Sólo así podremos dejar atrás el eterno embrollo de mediocridad y dar los pasos necesarios hacia un verdadero desarrollo.
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