El llamado “Festival de la libertad” se realizó el 9 de agosto de 2025 en el Parque de la Industria, a un costo de Q200 y se dirigió a jóvenes de 15 a 28 años. Fue promovido con el lema de “libertad, familia, propiedad privada y justicia”, y entre sus “referentes” figuraron Agustín Laje, Emmanuel Danann y Sandra Bronzina, con Ligia Briz de la Asociación la Familia Importa (AFI) Guatemala (que se concibe a sí misma como parte de la “nueva resistencia” de la sociedad civil) y Rodrigo Arenas (director del medio República). La venta de las entradas estuvo a cargo de Tikkilife y hasta el Banco Industrial listó el evento en su calendario. Todo un espectáculo ideológico engañoso de la extrema derecha.
Entender este “festival” en clave crítica y gramsciana implica verlo como una plataforma privada para la construcción de hegemonía. No cualquier forma de hegemonía, sino hegemonía de riquillos conservadores y supuestamente piadosos en un mundo rodeado de pobreza y exclusión, incertidumbre y precariedad, entre círculos donde cala el discurso de la auto explotación como medio para el éxito personal, empresarial y político. Claro, en este entorno social hemos visto un incremento exponencial de la pobreza y la precariedad precisamente por los gobiernos y las políticas neoliberales que sus dirigentes han implementado, siempre apegados a los mismos valores del festival, en función de la “libertad de los propietarios” durante décadas.
Recordemos que en Gramsci los partidos, asociaciones y plataformas culturales y mediáticas dominantes en la “sociedad civil” funcionan como trincheras que moldean y protegen el “sentido común”. El espectáculo ideológico de este “festival” encaja perfectamente como dispositivo cultural-juvenil de producción de consenso: combina conferencias tipo “edutainment”, “networking’ y hasta gastronomía, formando un ecosistema amigable para naturalizar un vocabulario político aparentemente neutral (“libertad”, “familia”, “propiedad”) pero con contenido ferozmente conservador y restaurador. Es desde ese contenido retrógrado que se moldean las identidades. El empaquetado juvenil (parques, camiones de comida, “influencers” ideológicos) reduce el umbral de entrada y maximiza la capilaridad del mensaje.
Plataformas y aparatos ideológicos como este espectáculo, la AFI, el medio República, etc., no buscan conquistar de golpe el Estado, no de modo inmediato, sino ganar posiciones en la cultura y la subjetividad de sus simpatizantes, usando el discurso de la sociedad civil, moldeando currículos informales, imaginarios juveniles y referentes morales para luego forjar coaliciones políticas con mira a siempre restaurar el poder oligárquico en nombre de la “libertad”. Pero la selección de “valores” y “líderes” es un manual de guerra de posiciones en ámbitos culturales, religiosos y políticos, con fuerte inversión comunicacional y creación de marcas culturales y políticas, desde la entrada de pago, los anfitriones empresariales o intelectuales, y sus fuentes financieras, todo como señal de profundización en la construcción de hegemonía desde nodos empresariales, culturales y teológico-políticos.
Los/as organizadores no son estúpidos. El formato festival diluye fronteras entre entretenimiento, entrenamiento e indoctrinación política para absorber segmentos “flotantes” del campo juvenil, presentando “libertad” como estilo de vida “cool”. El precio y el tono aspiracional (Q200, “liderazgo con visión de futuro”) seleccionan un público de capas medias urbanas, intentando reclutar “intelectuales orgánicos” (microinfluencers, oradores jóvenes, cuadros motivados) que traduzcan el marco a su comunidad.
La publicidad simplifica el programa a cuatro términos – libertad, familia, propiedad privada, justicia – que funcionan como significantes flotantes: aparentan neutralidad axiológica, universalidad cultural y validez incuestionable, pero condensan perversas agendas anti-derechos (anti-género, anti-educación sexual integral, anti-derechos reproductivos, anti-justicia social) y pro-mercado (desregulación, sacralización de la propiedad). Los videos promocionales prometen “desafiar narrativas” y “defender ideas que no quieren que escuchés”, como si sus ideas y narrativas no fueran los discursos ya dominantes, utilizando así una estrategia típica de la extrema derecha desde Estados Unidos hasta Argentina: presentar lo dominante como si fuera víctima de un ataque vicioso de una supuesta izquierda globalista. La enferma y bien financiada repetición de esta estrategia política es parte de los discursos de la posverdad: victimización estratégica, inversión de carga de la prueba y apelación a la “rebelión” contra un establecimiento cultural “progre”. La presencia de Laje/Danann, Briz/Arenas refuerza también la economía afectiva (indignación, ironía y el combate cultural y mediático) que importa más que la verificación empírica o la rendición de cuentas ante un público o una ciudadanía realmente crítica y realmente jodida.
El espectáculo político opera, entonces, como gran fábrica de espejos (Naomi Klein) donde se producen dobles de categorías democráticas (“libertad” ≈ desregulación; “justicia” ≈ punitivismo selectivo), generando ecosistemas de posverdad donde la coherencia emocional suplanta la consistencia factual y el debate público, informado y democrático se sustituye con el apelo a los más bajos instintos del egoísmo, el atavismo ideológico y las lealtades que tipifican a los grupos dominantes incluyendo sus juventudes.
La inscripción bancaria (Banco Industrial) y la movilización de AFI ubican el evento en una intersección empresarial-familiar-religiosa que busca normalizar, estetizar y espiritualizar una moralización del conflicto social. En clave gramsciana, esto ayuda a reconstruir “sentido común” tradicional y conservador ante una crisis de hegemonía que pone esos valores en tela de juicio: si el bloque conservador percibe amenaza (p. ej., avances de agendas democráticas, feministas o anti-corrupción), responde con campañas culturales que refuerzan la legitimidad en “familia” y “propiedad”, desviando el foco de las estructuras materiales de desigualdad, precariedad, expoliación, opresión y fiscalidad regresiva que han sido creadas precisamente por una clase criolla, racista, sexista y rapaz de grandes propietarios.
El público objetivo (15–28 años) no es casual. En guerra de posiciones, la juventud es terreno fértil de guerra cultural por su papel de multiplicadores no asalariados. El festival promete “liderazgo” y “visión de futuro” en clave de emprendedurismo personal y moral: convierte la política en autoayuda cívica y en competencia virtuosa, desplazando antagonismos sociales por narrativas de mérito, realización personal y felicidad. Es el pasaje de lo político a lo psico-motivacional, típico de la extrema derecha cultural contemporánea.
¿Qué podemos hacer desde una perspectiva crítica y comprometida con la verdad y la justicia?
Debemos, primero, desenmascarar el falseamiento semántico. “Libertad” sin derechos sociales y ecológicos degenera en libertad negativa para los fuertes y todos sus proyectos expoliadores y extractivos; “familia” sin pluralidad y diversidad sexual es imposición moral; “justicia” sin debido proceso e igualdad material es criminalización y castigo a los/as de siempre; “propiedad privada” sin función social y ecológica real y legítima es despojo y destrucción ambiental. En lugar de toda esa ideología de chatarra necesitamos tácticas contra-hegemónicas que nos ayuden a recuperar o construir el buen vivir desde experiencias concretas como el hambre, la precariedad, el racismo, la violencia y el extractivismo. Lo demás es distracción.
Debemos reposicionar la experiencia material de las grandes mayorías sociales. La idea del hambre como “principio material” (Dussel) es clave: o la política produce y reproduce vida o normaliza la escasez y la pobreza fabricada como control poblacional. Aquí, debemos contrastar la estética festivalera con la ética material: ¿qué políticas concretas proponen sobre salario, salud, educación, fiscalidad progresiva, bienes comunes? Ninguna más allá de la propiedad privada y la dictadura del mercado total. Para estos/as seguidores/as de Milei, Bolsonaro y Trump, la justicia social, el espíritu de colectividad o comunidad y el cuidado y respeto de nuestra casa común son actos criminales.
Debemos exigir consistencia programática. Si “libertad” es un derecho central, entonces libertad sindical, libertdad de protesta, libertad para la defensa de pueblos, territorios y recursos, libertad académica, libertad para la defensa democrática, libertad de prensa y libertad de conciencia frente a clericalismos, fundamentalismos, el mismo dogmatismo de la propiedad privada y la censura moral y religiosa deben ser aceptables. Si “justicia” importa, entonces respeten el debido proceso y abandonen su estrategia de guerra jurídica y persecución espuria y criminal contra la gente que busca transparencia, rendición de cuentas, justicia transicional, justicia ambiental y ecológica. Esta demanda nos puede ayudar para romper la burbuja afectiva posverdadera.
Debemos desenmascarar el carisma “influencer” y la falsa rebeldía de la sociedad civil neoliberal. El “festival” subcontrata carisma en las figuras de Laje/Danann y Briz/Arenas, para suplir déficits argumentales. Ante ello, debemos responder con una pedagogía pública, desde los pobres y las partes que nunca tienen parte, que desafíe los estereotipos morales e intelectuales de la extrema derecha. Hagamos fichas breves, críticas y verificables, explicaciones comprometidas y debates abiertos que expongan las falacias, selección de cerezas (cherry picking) y pánicos morales (p. ej., “ideología de género”). No podemos ceder a la extrema derecha ningún terreno ideológico, moral, religioso o político.
En todo espacio donde sea posible, debemos articular prácticas y discursos críticos y contra-culturales. Si ellos/as montan su aparato cultural, nuestra respuesta no puede ser solo crítica textual: ciclos juveniles, clubes de lectura, festivales de ciencia-democracia-cuidado de la casa común, y redes de contra-influencers con anclaje comunitario y consciencia ecológica. Gramsci insistía en la reforma intelectual y moral como práctica institucional, no solo como discurso.
Ese llamado “Festival de la Libertad” es menos un evento y más una ofensiva de guerra de posiciones que traduce una agenda ultraconservadora a un registro juvenil y festivo, eficaz en la economía de la atención y la distracción. Nuestra crítica, en clave gramsciana, debe: (1) ubicarlo como aparato privado de hegemonía; (2) deconstruir su semántica posverdadera; (3) reponer el principio material de la vida, los derechos, la igualdad y la justicia social y ecológica; y (4) disputar el terreno cultural, moral y religioso desde, dentro e incluso con instituciones propias que produzcan debate serio y articulación.
Tags: Asociación la Familia Importa extrema derecha Festival de la libertad hegemonía








