El colapso del refugio hipócrita: Trump, Gaza y el colapso de la moralidad liberal según Žižek

Marco Fonseca

julio 5, 2025 - Actualizado julio 4, 2025
Marco Fonseca

En su reciente artículo “Trump, papi guay” publicado en Público, Slavoj Žižek despliega un análisis provocador y profundamente inquietante de la escena geopolítica actual, utilizando como punto de entrada la figura de Donald Trump en su rol global, el conflicto en Gaza y la progresiva disolución del liberalismo como estructura ideológica. Fiel a su estilo, Žižek conjuga el humor, la inversión dialéctica, el psicoanálisis y la crítica marxista para ofrecernos una imagen desoladora pero lúcida del estado del mundo. En lo que sigue, examinaré los puntos centrales del texto, subrayando tanto el razonamiento filosófico que lo anima como las reversiones ideológicas que operan en el corazón de su argumento.

Žižek arranca con una de sus metáforas más teatrales: Donald Trump como “papi guay”, una figura que impone orden no mediante consenso ni legitimidad racional, sino mediante la escenificación autoritaria del poder. Esta figura no gobierna como igual entre iguales, sino como padre que reparte premios y castigos con una mezcla de humor, brutalidad y cálculo frío. El episodio en la cumbre de la OTAN en La Haya, donde el primer ministro holandés Mark Rutte llama a Trump “papi”, sirve como ejemplo grotesco de esta dinámica. El “papi guay” regaña, humilla, obliga a actuar, y al final se hace querer, como un padre autoritario pero eficaz.

Este gesto no es trivial. Žižek nos recuerda que las formas simbólicas del poder no son simples adornos retóricos, sino dispositivos reales de dominación. El humor pervertido y pornográfico de Trump no lo desacredita, sino que refuerza su autoridad. En este marco, las élites europeas no se comportan como sujetos responsables sino como adolescentes regañados, lo que revela la profunda asimetría del orden atlántico. La humillación pública no destruye, sino que reconfigura las relaciones de poder bajo nuevas formas simbólicas: rudas, toscas, pero funcionales.

En la narrativa de Žižek, Trump no es simplemente una anomalía grotesca sino un actor eficaz dentro de un orden que ha abandonado toda pretensión de universalidad moral. Su violencia es pedagógica: regaña a Zelensky, ridiculiza a los europeos y presiona con amenazas económicas o bombardeos. Pero también impone treguas, cambia aranceles a su antojo como herramienta de negocios, detiene conflictos, y hasta logra acuerdos que otros no pueden – excepto en los casos obvios de las guerras en Ucrania y Gaza. Esta lógica se encarna en su supuesta mediación entre India y Pakistán o Irán e Israel, donde Trump, a pesar de su fanatismo y sionismo anti-semita pero proisraelí, habría logrado detener una escalada – claro, con el recio apoyo de la poderosa bomba “rompebúnkeres” GBU-57A/B.

Aquí Žižek opera su primera gran reversión: el autoritario agresivo se convierte en pacificador eficaz. Lo que para muchos es una amenaza para la estabilidad mundial, en Žižek se vuelve instrumento de contención estratégica. Pero esta inversión no implica una defensa de Trump. Por el contrario, enfatiza el cinismo del orden global: cuando las formas democráticas fallan, es el autoritarismo quien aparece como solucionador pragmático.

Este diagnóstico es inquietante porque desestabiliza la narrativa liberal que opone autoritarismo y democracia. En el mundo actual, parece decir Žižek, el autoritarismo no solo no destruye el orden, sino que a veces lo salva, aunque sea de manera temporal, brutal y arbitraria.

Pero el núcleo más poderoso y filosóficamente cargado del artículo aparece cuando Žižek aborda el caso de Gaza y la actual guerra genocida llevada a cabo por Israel. En un giro retórico típico, comienza con una imagen brutal: Israel está apilando cadáveres palestinos no para derrotar a Hamas, sino para ocultar otro cadáver. ¿Cuál? El de la identidad judía. “Atrapados mayoritariamente en la obsesión genocida”, dice Žižek, los judíos israelíes están cometiendo un suicidio colectivo al abandonar la dimensión espiritual y ética que una vez definió su identidad.

Este es un ataque frontal al sionismo militarista desde una posición que, paradójicamente, se preocupa por el destino del judaísmo como identidad histórica. Žižek no se limita a denunciar la masacre; denuncia la destrucción del alma que esa masacre implica para quienes la perpetúan. Este es un tema recurrente en su obra: la violencia no solo destruye al enemigo, sino que corrompe irreversiblemente al sujeto que la ejerce.

Y aquí aparece la segunda inversión fundamental: Trump también está matando un cadáver. El suyo es el de la libertad y democracia estadounidenses. Pero Žižek no se conforma con esta observación. Anticipa la reacción de cierta izquierda radical que, desde el cinismo ideológico, diría: “¿Acaso no sabíamos ya que la democracia occidental era una farsa hipócrita?”. Su respuesta es clara: sí, lo sabíamos. Pero perder incluso la apariencia de moralidad es una tragedia mayor.

Este es, quizá, el argumento más filosóficamente potente del texto. Žižek sostiene que, hasta ahora, el edificio moral del liberalismo funcionaba precisamente por su hipocresía. Decía una cosa, hacía otra, pero en esa discrepancia permitía un espacio de crítica, de refugio, de esperanza posible. Ahora, con Gaza como punto de ruptura, ese refugio ha colapsado.

Citando a Arundhati Roy, Žižek recuerda que el liberalismo occidental siempre fue hipócrita, “pero incluso eso proporcionaba una especie de refugio. Ese refugio se está desvaneciendo delante de nuestros propios ojos”. Y al desaparecer la hipocresía, lo que queda no es la verdad, sino una apariencia sin verdad, una fachada vacía, puro cinismo operativo.

Aquí Žižek lleva al extremo su lectura lacaniana del poder y la ideología: la ideología funciona mientras se cree en su mentira; cuando esa mentira se vuelve visible y ya nadie cree en ella, lo que queda no es la verdad emancipadora, sino la crudeza del goce autoritario. Es decir, un mundo gobernado no por principios, sino por relaciones de fuerza y cálculo despiadado.

Una de las contribuciones más importantes del artículo es su crítica al cinismo de cierta izquierda, que celebra el colapso del liberalismo como si ello anunciara automáticamente la apertura de una nueva posibilidad revolucionaria. Žižek advierte que esa posición, aunque comprensible, puede ser suicida si no va acompañada de una verdadera alternativa ética y política.

La desaparición del liberalismo moral no conduce automáticamente al socialismo ni a la emancipación. Puede, por el contrario, abrir paso a formas más duras de dominación, como el tecnofascismo, el capitalismo depredador sin rostro humanista, o la pura lógica de guerra. Por eso, afirmar que “siempre supimos que era todo una farsa” no es una posición revolucionaria, sino una excusa para la impotencia.

El texto no ofrece una salida clara, ni una prescripción estratégica. Como suele ocurrir en Žižek, la fuerza no está en las respuestas, sino en la capacidad de formular preguntas que desestabilizan la complacencia ideológica. En este caso, la pregunta central podría formularse así: ¿cómo pensar un nuevo orden ético-político cuando incluso la hipocresía del viejo orden ha colapsado?

Este dilema es crucial. Porque si el cinismo sustituye al liberalismo, y si la izquierda no logra articular una ética alternativa que no sea solo denuncia o deconstrucción, entonces el escenario queda abierto para el dominio absoluto de figuras como Trump, Putin o Netanyahu, no como monstruos excepcionales, sino como gestores normales del nuevo orden postmoral.

“Trump, papi guay” es mucho más que una provocación irónica. Es un ensayo trágico sobre el estado del mundo. Žižek no idealiza el pasado liberal, pero reconoce que su colapso, simbólicamente representado por las montañas de cadáveres en Gaza, deja un vacío que no será llenado automáticamente por nuevas formas de justicia.

Por eso, su llamado no es a celebrar el fin de la hipocresía, sino a reconocer el costo de ese fin: la desaparición de todo refugio moral, incluso simbólico. En este sentido, el texto puede leerse como un acto de duelo filosófico: por la identidad judía espiritual, por la democracia liberal como forma fallida pero significativa, y por una izquierda que quizás ha olvidado cómo construir en vez de solo denunciar.

Trump, Israel, Gaza, Europa, Netanyahu, Zelensky… todos son actores en una escena donde la ideología ya no se presenta como verdad disfrazada, sino como poder desnudo operando sin justificación. Y en ese escenario, Žižek nos recuerda que la tarea del pensamiento no es refugiarse en la ironía, el cinismo y mucho menos en la indiferencia, sino asumir la responsabilidad de imaginar otra cosa, otro mundo, aun cuando esa imaginación parezca imposible.

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