El asesinato de Kirk como síntoma de época

Hugo Maul R.

septiembre 15, 2025 - Actualizado septiembre 14, 2025
Hugo Maul R.

Después de la crisis: ¿vuelta a la ética protestante? Seis observaciones críticas. Así titula R. Dahrendorf su ensayo sobre la Crisis Financiera Internacional de 2007. Más que recalar en los aspectos económicos-financieros de su argumentación, este ensayo ofrece importantes claves para entender mejor estos complicados tiempos que vive el mundo y cómo “Combatir esta Era”, utilizando el título del libro de Rob Riemen sobre sus consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo. Dahrendorf ofrece un marco para entender la mutación cultural del cortoplacismo y sus efectos públicos. En su  ensayo, sugiere que la crisis de 2007 trajo consigo un peligroso cambio de mentalidad, que dejó de lado la espera paciente y disciplinada por la gratificación inmediata. Un fenómeno que luego se exacerba con la consigna de los likes, lo viral, el trending y las explicaciones fáciles que trajeron  consigo las redes sociales.

El horizonte de interpretación en la vida pública, de los ciudadanos, políticos y funcionarios públicos, debe salir del cortísimo plazo para enfocarse en el horizonte de largo plazo que necesitan muchas de las decisiones públicas y políticas para madurar y dar resultados sostenibles. Esa mutación de mentalidad  incuba expectativas imposibles, invisibiliza a los afectados reales y alimenta la ira difusa que ahora coloniza redes sociales, parlamentos, aulas y calles: el diálogo se ha vuelto accesorio y la contestación se premia por su potencia viral, no por su rigor, veracidad o capacidad de construir acuerdos. 

El asesinato de Charlie Kirk en Utah el 10 de septiembre de 2025, independientemente del móvil, funciona como síntoma de época.  Dahrendorf, en su cuarta observación, anticipa que las crisis no generan movimientos con programa sino apatía e irrupciones intermitentes: estallidos sin horizonte, fácilmente instrumentalizables por demagogos que ofrecen chivos expiatorios. Esa “ira del pueblo” no organiza mayorías estables, pero sí normaliza agresiones, linchamientos digitales y, a veces, homicidios políticos.

En la lógica de Dahrendorf, la polarización es un problema ‘mundial’: está en todas partes, pero su salida es local. En Guatemala, donde las redes aceleran la gratificación del agravio y multiplican cuartos de eco, la respuesta no es un festival más, sino decisiones internas: educación cívica y digital desde la escuela, estándares de moderación en plataformas y medios, y liderazgos evaluados por trayectorias de años y décadas, no por picos virales. Dicho de otra forma: menos cruzadas morales y, más y mejor compromiso cívico. El “retorno” que sugiere este autor no es una misa por la vieja ética protestante, sino una ética laica de responsabilidad: servicio, deber, realismo, décadas en vez de instantes. No es nostalgia; es economía política del horizonte de planeación y formación de expectativas. Si los mayores jugadores —gobierno, empresas, partidos, plataformas, prensa— mueven sus reglas de decisión hacia un horizonte más largo, la espuma bajaría y el orden civil respiraría. Si no, el algoritmo del enojo seguirá gobernando nuestra convivencia.

Conviene recordarlo aquí: en los setenta y ochenta se aprendió, a sangre, que la política convertida en guerra cierra toda conversación. Hoy, con identidades como fósforos al alcance de un pirómano, basta un rumor para incendiar la plaza. Aún es tiempo  para elegir la disciplina colectiva; instituciones que premien constancia y no berrinches;  una cultura pública que valore más la decencia que la ocurrencia. Si antes la política convertida en guerra cerró toda conversación, hoy los incentivos del instante la vacían con indignaciones instantáneas. En conjunto, esta propuesta ofrece un marco para desactivar el cortoplacismo que hoy alimenta la polarización y la violencia, y reanclar la conversación en responsabilidad, mesura y futuro compartido.

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