DES·EN·RED·ando/Gracias por sus servicios fiscal: el fusible se quemó

En estas redes de gobernanza mafiosa, la lealtad dura hasta que el personaje deja de servir.

Carmen Rosa De León Escribano

febrero 18, 2026 - Actualizado febrero 17, 2026
Carmen Rosa De León Escribano

En los sistemas eléctricos, los fusibles no están diseñados para durar. Su función es proteger el circuito: absorben la sobrecarga y, cuando la presión es demasiado alta, se queman para evitar que el sistema colapse.

En los sistemas de gobernanza mafiosa ocurre algo parecido.

Quienes ejecutan las decisiones más costosas —las que concentran el desgaste político, el rechazo social o el aislamiento internacional— no son el poder real. Son las piezas visibles. Pero cuando el desprestigio se vuelve excesivo, no cambia la lógica del sistema: simplemente tiran el fusible quemado y buscan otro.

Algo así empieza a ocurrir con Consuelo Porras.

Durante ocho años, el Ministerio Público bajo su dirección fue una pieza central del reordenamiento del poder en Guatemala. La persecución selectiva contra operadores de justicia, autoridades electorales, opositores políticos y líderes sociales, combinada con la inacción frente a redes de corrupción y estructuras de poder, no fue una actuación aislada. Fue funcional a un proyecto político que encontró respaldo en los gobiernos de Jimmy Morales y Alejandro Giammattei, quienes la nombraron y sostuvieron a cambio de que les protegiese a ellos y a sus cómplices, así como a la fortuna mal habida de todos.

Pero en la lógica de la maquinaria mafiosa, la protección no depende de la lealtad. Depende de la utilidad. Y la utilidad tiene fecha de caducidad.

El final del mandato en mayo coincide con un escenario más complejo: sanciones y señalamientos internacionales, deterioro de la credibilidad institucional y un costo reputacional creciente para quienes aparezcan asociados a la gestión del Ministerio Público. En este contexto, las estructuras que durante años defendieron sin reservas a la fiscal general empiezan a tomar distancia. Y otras íntimamente ligadas (fundaciones, jueces y magistrados) se fundirán junto con ella. El desprestigio quema y se vuelve una pesada carga.

No es una ruptura ideológica. Es un cálculo.

En las redes de gobernanza mafiosa, la lealtad dura hasta que el fusible deja de servir.

La lógica es conocida: cuando el desgaste se convierte en un costo excesivo, el sistema prioriza la supervivencia del núcleo, sacrificando a sus operadores más expuestos. No porque hayan dejado de ser leales, sino porque su permanencia ya representa un costo y un riesgo mayor que su reemplazo.

Por eso, lo que estamos observando es un proceso de reacomodo. Mientras la figura de la fiscal general se debilita, la disputa real se traslada a otro terreno: quién controlará las próximas designaciones, quién ocupará los espacios en las cortes y quién garantizará que las futuras decisiones no alteren los equilibrios construidos durante los últimos años.

Los nombres cambian. El sistema no. En Guatemala ya lo hemos visto demasiadas veces.

Los verdaderos centros de toma de decisión rara vez están en la superficie y a la vista de todos. Redes políticas, económicas y de seguridad que han manipulado el sistema de justicia no dependen de una sola funcionaria. Su prioridad no es defender a una persona, sino preservar el control de los nodos estratégicos: cortes, comisiones de postulación, órganos disciplinarios y operadores judiciales.

En ese proceso, otros actores que durante años funcionaron como piezas de presión, legitimación o confrontación también pueden volverse prescindibles. Cuando el contexto internacional se vuelve más exigente y las demandas internas aumentan, el estilo de confrontación deja de ser un activo y se convierte rápidamente en un problema.

En estos sistemas de gobernanza mafiosa alguien siempre paga el costo. Y nunca es quien realmente manda. Más bien son quiénes cumplen mejor su papel y los que buscan ser protagonistas de choque, los primeros en ser sacrificados.  Por eso, cuando un operador pierde respaldo, el sistema no entra en crisis. Se reorganiza.

La señal más clara de este momento no es el debilitamiento de una figura. Es el silencio de quienes antes la defendían.

Porque en estas redes la lealtad no es un valor. Es una transacción. Y las transacciones terminan cuando el precio o el costo suben demasiado.

En esta coyuntura debemos evitar confundir el desgaste y caída de una persona, con un cambio del sistema. La salida de un operador no significa depuración. Puede ser simplemente un ajuste para reducir presión y ganar tiempo.

Cuando el fusible se quema, el sistema no cambia. Solo instala otro y busca seguir funcionando como si nada. En Guatemala, el problema nunca han sido las figuras -por mucho que ellas asuman su rol-. Siempre han sido las redes.

Por eso la pregunta no es quién se va. La pregunta es si el circuito que protege la impunidad seguirá intacto.

Porque la verdadera reforma no consiste en cambiar nombres. Consiste en desmontar las redes que los sostienen.

Mientras ese circuito no cambie, las caídas serán individuales, y el sistema seguirá funcionando igual.

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