DES·EN·RED·ando/ El pacto de corruptos no lee a Sun Tzu

Cuando ganar, es empezar a perder

Carmen Rosa De León Escribano

marzo 25, 2026 - Actualizado marzo 24, 2026
Carmen Rosa De León Escribano

Sun Tzu señalaba que quien sólo entiende la victoria inmediata, pero no comprende la guerra, termina perdiéndola. No hablaba únicamente de ejércitos, sino de algo más incómodo: de la incapacidad de ver el tiempo, de la ceguera de quienes creen que controlar el presente equivale a dominar el futuro. Eso es exactamente lo que hoy está haciendo el pacto de corruptos.

Han gastado millones en lobby, han movido influencias en Washington, han presionado para colocar magistrados como Roberto Molina Barreto y buscan mantener figuras como Consuelo Porras dentro del sistema. Desde su lógica, los resultados son visibles: colocan nombres, bloquean adversarios, aseguran decisiones. Se mueven con la seguridad de quienes creen que el tablero sigue siendo el mismo de siempre y que el poder se mantiene ocupando posiciones.

Pero sucede que el terreno de juego ya cambió. Y ellos no lo están midiendo.

Mientras invierten recursos para sostener un modelo económico extractivo, excluyente y cada vez más cuestionado, el país que les permitió acumular ese poder empezó a moverse en otra dirección. No de forma ordenada ni completa, pero sí de forma irreversible. Ese cambio no viene de las cortes ni de los acuerdos entre élites, sino de algo que durante mucho tiempo fue subestimado: la participación social, el protagonismo de los pueblos indígenas y la acumulación de una conciencia colectiva que encontró en 2023 un punto de quiebre. No entienden que aquellas movilizaciones no fueron un episodio aislado; fueron una advertencia.

El I Ching lo expresa con claridad: cuando un orden ha llegado a su límite, comienza a transformarse, incluso si quienes lo sostienen se niegan a verlo. Eso es lo que está ocurriendo en Guatemala. No un cambio limpio ni rápido, sino un proceso que avanza a pesar de los intentos por contenerlo. Frente a eso, la respuesta del pacto ha sido insistir en la misma lógica: más dinero, más lobby, más presión. Como si el problema fuera de intensidad y no de dirección. Como si el país pudiera seguir funcionando indefinidamente bajo las mismas reglas solo porque todavía logran imponer decisiones.

Cada decisión exige más presión, cada nombramiento requiere más maniobra, cada victoria resulta más cara. Lo que antes era control hoy es esfuerzo y dinero, y lo que parece triunfo empieza a parecer desgaste. Esa es la señal más clara de la miopía estratégica: confundir la capacidad de imponer decisiones con la capacidad de sostener un modelo.

Aun así, insisten en apostar millones a un lobby en Estados Unidos, en un contexto político cada vez más volátil, más transaccional y menos predecible. Creen que esa cercanía al poder externo les garantiza control interno, incluso cuando ese mismo escenario muestra señales de desgaste, conflictos abiertos y cambios que pueden alterar las reglas del juego en cualquier momento. Sobre todo, a finales de este año. Es una apuesta corta en un juego largo.

Porque el problema no es solo dónde están invirtiendo, sino lo que no están viendo. Siguen operando como si Guatemala fuera una finca que se administra, no una sociedad que evoluciona. Siguen creyendo que, colocando peones en las cortes, pueden congelar un modelo que ya empezó a resquebrajarse. Aunque quieran comprar tiempo, se les agota.

Sun Tzu también advertía que quien no entiende el terreno en el que pelea, aunque gane, se está preparando para perder. Y el terreno hoy ya no es el mismo. No lo es socialmente, no lo es políticamente, y cada vez menos lo es institucionalmente.

Mientras tanto, el cambio avanza de otra manera. No responde a un solo liderazgo ni a una sola estrategia. Es más desordenado, más incómodo, más difícil de controlar. Pero también es más profundo, porque está anclado en algo que las élites no pueden comprar: la experiencia acumulada de exclusión y la decisión creciente de no seguir tolerándola.

Ahí está la verdadera disputa. No en Washington, ni en una votación, ni en un nombre dentro de una corte, sino en la dirección que está tomando el país. Un país que, con todas sus contradicciones, ya empezó a moverse hacia una sociedad más consciente de sus derechos y menos dispuesta a aceptar el orden que durante décadas se le impuso.

El pacto de corruptos puede seguir ganando espacios, puede prolongar el modelo unos años más, puede incluso convencerse de que está controlando la situación. Pero si no logra ver el cambio que ya está en marcha, estará cometiendo exactamente el error que advertían esas tradiciones: confundir el momento con un cambio que ya es inexorable.

Y en ese error, tarde o temprano, se pierde todo.

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