Cuando me veo en los ojos de mi perrita

Jorge Mario Rodríguez

septiembre 10, 2025 - Actualizado septiembre 9, 2025
Jorge Mario Rodríguez

Una de las experiencias que más me hace pensar acerca del misterio de la vida es verme en los ojos de mi perrita. Es una mirada profunda que desborda amor y que me hace patente que una relación con sentido es capaz de trascender las fronteras de la naturaleza. El amor trasciende el lenguaje y se hace transparencia. El amargado filósofo alemán Arthur Schopenhauer decía que lo que hacía “tan grata la sociedad de mi perro, es la transparencia de su ser. Mi perro es transparente como el cristal”. Es comprensible, entonces, que este pensador admirase la clara expresividad de la cola del perro, cuyo movimiento constituía un gesto “tan benévolo, tan expresivo, tan profundamente honrado”.

La mirada de esos ojos —“más puros que los míos”, como dice Neruda en un memorable poema— me enseña algo del misterio de la existencia. Por esta razón, estoy de acuerdo con el filósofo galés Mark Rowlands cuando dice que la convivencia con nuestros perros nos puede enseñar algunas valiosas lecciones de vida. El mismo Sócrates, a través de su discípulo Platón, nos dice que el perro es el animal más filosófico y de él extrae ciertas virtudes que deben tener los guardianes de la República.

A menos que tengamos una callosa sensibilidad moral y afectiva, no podemos dejar de apreciar la fidelidad y el amor que son capaces de brindarnos estas criaturas. Es inevitable recordar a Hachiko, el perro akita que murió cerca de la estación de tren en Japón, en donde iba a esperar cada día a su dueño, un profesor universitario, quien había fallecido casi diez años antes. Su estatua, que se encuentra en dicha estación de tren, recuerda la devoción de otro noble perro, Argos, quien espera veinte años a Odiseo para morir a sus pies cuando se da el anhelado reencuentro.

Desde luego, no todos son tan amistosos con los perros; algunos se hacen acompañar de otros animales y, como no es de extrañar, algunos simplemente no quieren a ningún animal—y quizás a ningún ser vivo. De hecho, este tipo de actitud hacia los animales ha despertado sospechas en algunas personas que tienen el hábito de reflexionar. El mismo Schopenhauer consideraba que “la conmiseración con los animales está íntimamente unida a la bondad de carácter de tal suerte, que se puede afirmar de seguro que quien es cruel con los animales no puede ser buena persona”. Se dice que el último acto de Friedrich Nietzsche, antes de sumergirse en la locura, fue abrazarse al cuello de un caballo que era azotado de manera inmisericorde por un cochero. La experiencia del sufrimiento vincula a la naturaleza sentiente y de ahí esos movimientos por la defensa de los derechos de los animales.

Con todo, es inevitable que nos entristezca la previsible brevedad de la compañía de nuestros compañeros perrunos. Pero es aquí donde Mark Rowlands se crece y nos brinda una valiosa reflexión. Un perro no es un humano y, por lo tanto, se puede asumir que su apertura hacia la vida es diferente. Pero como estamos vinculados es posible que nuestros amigos perrunos nos hagan comprender mejor nuestra propia existencia.

Según Rowlands, debemos reparar en la diferencia entre reflexionar y vivir. Los seres humanos reflexionamos, mientras los perros simplemente viven. Dicha acción, transparente como es, revela la forma en que viven nuestros amigos, simplemente ubicados en el momento. La reflexión es un imperativo moral en el caso de los humanos, busca el sentido de la existencia y muchas veces carga sobre nuestras espaldas el pesado fardo de la angustia —y aun así sabemos, con Sócrates, que la vida no examinada no merece ser vivida. Pero los perros viven intensamente el momento. De ahí la reconocida impresión de que son siempre niños.

Los perros, entonces, no cargan sobre sus hombros la pesada carga existencial de explicarse el sentido de la vida y su propia existencia. Los perros nos enseñan el sentido de la vida que surge del momento. Esta es una lección que podemos valorar a la hora de enfrentar nuestros propios desafíos vitales. Y quiero creer que aquí es donde encontramos que estas criaturas viven tan plenamente como les es posible, aun cuando su vida, en general, sea más breve que la nuestra.  

Y si somos misericordiosos con nuestros animales, podemos alegrarnos de que vivan una vida dichosa a su modo. Ese amor puede extenderse hasta vislumbrar el objetivo de evitar el sufrimiento de los animales en la medida de lo posible.

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