Panorámica de parte de la ciudad. Foto: Municipalidad de Guatemala
Los arqueólogos nos sorprenden con descubrimientos de insólitas ciudades. Permanecieron siglos, y hasta milenios, bajo las arenas de desiertos ardientes o en medio de selvas muy tupidas.
El mito de una ciudad eterna se desmorona, revelando la efímera naturaleza de todas las urbes. Son entidades errantes, destinadas a cambiar y transformarse sin receso posible.
En las ciudades de esta época, las calles y edificios albergan historias y múltiples encuentros. Sin embargo, a medida que el tiempo avanza, los recuerdos se desvanecen y las ciudades se transforman, convirtiéndose en meros espejismos de lo que alguna vez fueron.
Las ciudades, como entidades vivas, reflejan nuestra propia condición humana: son errantes, siempre en busca de algo más, de un propósito que trascienda la fugacidad de la vida.
En cada rincón olvidado, en cada callejón oscuro, se esconden los susurros de esas memorias funerales, señaladas por el poeta español Rodrigo Caro (1573-1647) en su clásico poema «A las ruinas de Itálica», recordándonos que la grandeza y el esplendor son siempre pasajeros.
Así, las ciudades se convierten en un lienzo en constante cambio, una obra de arte en permanente evolución. Son refugios de esperanza y de desesperanza, de amor y de pérdida. En ellas se entretejen las historias de aquellos que las habitaron y de los que ahora las habitan.
No obstante, las ciudades nos invitan a apreciar cada momento y nos enseñan que la permanencia no reside en muros o monumentos, sino en las experiencias compartidas y en las memorias que perduran.
Toda ciudad es una caja de Pandora, donde la belleza y la fealdad coexisten en imperfecta armonía. Tal vez sea un rasgo del poscapitalismo, la era global, una entronización del mal gusto. Las rosas de plástico sustituyendo a las reclamadas en el poema de Huidobro, así como esa deslucida producción anti sistémica que se aferra a lo más apestoso de la época. Lo feo y grotesco como vía estética.
Hay ciudades contemporáneas que no aparecen en las guías de turismo. Ciudades de alguna manera desconocidas hasta para sus propios habitantes. Mientras las Metrópolis se mueven con motores que se atragantan de fósiles prehistóricos y en las calles se aglutinan rostros perdidos en el anonimato que reina. Hay una soledad en esas alamedas atestadas de tráfico inclemente. Las cuidades suenan sin descanso. Son como grandes orquestas sin director, donde cada sonido es una nota que contribuye a un concierto que nunca se detiene.
Quisiéramos reencontrarnos con el ser que dejamos en las calles de la infancia o la ciudad abandonada de la juventud. Poco importan avenidas arrogantes y rascacielos indebidos.
Baudelaire fue el gran poeta flâneur con su disposición de asumir todo lo urbano. Aseguraba que iba a hacer una botánica del asfalto. En su obra El spleen de París afirmaba con egocéntrica solvencia: «no a todo el mundo le es dado tomar un baño de multitudes: gozar de la muchedumbre es un arte». Baudelaire descubría un nuevo público, extenso e indiferente, pero de suyo inevitable: el transeúnte citadino. En otras palabras, las masas ciudadanas que en Darío aparecen como las muchedumbres, a las que indefectiblemente llegarían sus versos como lo expresa en el prefacio a Cantos de vida y esperanza, porque la forma, proclamaba, es lo primero que toca a esas muchedumbres. En todo caso la ciudad palpa y tienta a toda la poesía moderna y subsiguientes. Lo expresan unos versos de Carlos Marzal:
Por las aguas del cuerpo y de la mente,
la ciudad fluye hacia ninguna parte.
La ciudad es un monstruo de incontables bocas que se devoran tus sueños y te escupen hacia la realidad. La ciudad contemporánea, es sabido, creció con los flujos crecientes de muchas migraciones. Fugas y búsquedas de millones de vidas. De ahí la nostalgia por lo dejado, esa melancolía del abandono que hay que en los metros. La gente siempre anhelando su origen. El ansia clásica de Ulises expresada en un clásico poema alusivo del británico Alfred Tennyson (1809.1892): «Aunque mucho se ha perdido, mucho nos queda.»
Esta ansia del retorno la retrata con enjundia lírica la poeta y Premio Nobel norteamericana Louise Glück: «Cuando vuelven, están peor. Creen que fallaron en la ciudad, no porque la ciudad no cumpliera sus promesas. Culpan a su crianza: la juventud se acabó y están de vuelta, silenciosos, como sus padres.»
El tema de la vuelta y el anhelo inunda Ulises, la estelar novela de James Joyce. El concepto del eterno retorno que considera la repetición de la suma de los eventos en las vidas humanas. Esta idea rompe la concepción del tiempo lineal e irreversible. Fue acuñada por Friedrich Nietzsche y explorada por James Joyce en su novela sobre los sucesos durante un día en Dublín con los dos personajes centrales Leopold Bloom, Stephen Dedalus y Molly Bloom. Al final de la novela está el monólogo interior de Molly, esposa de Leopold, quién cavila sobre lo que sido su vida y lo que podría ser si se repitiese. Dice Molly: «pienso en los últimos años y digo a veces que, si pudiera volver atrás y hacerlo todo de nuevo o verme a mí misma haciendo todo de nuevo, qué diferencia habría».
Por su parte, Stephen Dedalus representa un ser complejo y observador que ha dejado su ciudad natal en busca de espacios y tiempos creativos. Queda sobre entendido de que este personaje encarna una auto ficción del autor.
Las ciudades pueden también ser vistas, sentidas, como depósitos de reminiscencias de múltiples y pasadas existencias. Como la emblemática Venecia que inspiró y produjo un corte de gran trascendencia en la poesía española del siglo pasado. En su «Oda a Venecia» advierte Pere Gimferrer que «las piedras vivas hablan de un recuerdo presente.»
Nueva York, París, Londres o Berlín se consideran, con desmedida expectativa, los ombligos del mundo y leche materna de la poesía y el arte. Pero el arte no es mamífero. Puede ser a veces como los peces o las abejas y otras como nubes en flama. No hay ciudades eternas, todas son errantes. Existen fuerzas centrífugas que se mueven en horizontes marginales, barrios, calles, zonas de la conciencia, el underground de la sique.
Mainstream es el gran río urbano contaminado, enorme lodo existencial que fluye sepultando todo lo que se lo pone en frente como lo expresa mi fallecido amigo el poeta chileno Gonzalo Millán:
La ciudad despierta.
La ciudad se levanta.
Se abren llaves. El agua corre.
Se abren navajas tijeras.
Corren pestillos cortinas.
Se abren puertas cartas.
Se abren diarios.
La herida se abre.
¿Qué hay de irracional en los excesos de lo urbano? Un perro callejero nos recuerda siempre al perro de Goya que parece en una de las obras de la serie llamada «Pinturas negras» pintadas entre 1819 y 1823. El título dado por Goya a esta obra es «Perro semihundido». De este perro goyesco que representa el sueño de la razón que produce monstruos resalta el filósofo colombiano Camilo García Giraldo lo siguiente en su libro Cultura y humanismo II:
“asoma la cabeza mirando hacia arriba, como mira siempre a su amo el hombre, con sorpresa y tristeza al mismo tiempo, no lo ve, no lo encuentra, solo ve un espacio vacío y desierto en que ese hombre ha desaparecido, ha dejado de existir. Este animal humanizado por los hombres a lo largo del tiempo…no los ve ni los reconoce cuando estos dejan de usar la razón para obrar o vivir…”
Byung-Chul Han sostiene que el ego en la sociedad contemporánea ha evolucionado hacia una búsqueda excesiva de reconocimiento y validación en un entorno digital hiperconectado. Esta dinámica puede tener efectos negativos en la salud mental y en la calidad de las relaciones humanas, al tiempo que genera una sociedad contradictoria del rendimiento y el agotamiento. Miguel Ángel Asturias, seis décadas antes, en su Señor presidente había escrito sobre la huida del Pelele, el personaje miserable de la novela: “La ciudad grande, inmensamente grande para su fatiga, se fue haciendo pequeña para su congoja”.
Byung-Chul Han sostiene que, en la sociedad contemporánea, caracterizada por el exceso de información, la sobreexposición y la constante conexión digital, el ego ha experimentado un cambio significativo. El coreano argumenta que la cultura del rendimiento y la visibilidad en las redes sociales han llevado a una «sociedad del cansancio» en la que las personas están constantemente enfocadas en la autopromoción y en la búsqueda de reconocimiento y validación externa.
Valga recordar los peligros del ego borracho. Si subimos al bote que nos salva del mainstream, no olvidemos que el gran poeta chino Li Po bajo efecto espirituoso intentó tocar el reflejo de la luna en las aguas y se ahogó en el río Yangzi. Li Po le había escrito a su mejor amigo Tu Fu, otro poeta inmenso, cuando éste se cambió de ciudad:
No logra embriagarme
el vino de Lu. En vano
quieren hechizarme
las canciones de Ch’ i.
Te evoco, amigo, y desde el sur, por el río Den, a ti va mi pensamiento.
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