A muchos niños sus padres les dan pantallas para entretenerlos en la actualidad. Foto: Freepik
Las generaciones de los años 70, 80 y 90 del siglo XX en la Ciudad de Guatemala vivimos una significativa aceleración en el uso diverso de los medios de transporte, debiendo utilizar en aquellos años de manera combinada autobuses urbanos, carros y, en mucho menor medida, motocicletas. En esas décadas no se compara la cantidad de motos con la que hoy domina el tráfico de las vías capitalinas, lo que aunado a otros factores produce un contexto distinto, que constituye de forma amplia un grave problema social, económico y político.
En las décadas de los 70, 80 y 90 del siglo XX, la facilidad para trasladarse de un lugar a otro, el crecimiento urbano con el aumento de las respectivas distancias y la comodidad fueron factores para que la industria vehicular creciera rápidamente y se volviese parte de nuestra vida diaria. Viajar todos los días en diferentes tipos de automotores se hizo una necesidad, generándose diversas situaciones definidas por las desigualdades, pero también aquellas que nos hicieron acondicionarnos a los distintos vehículos: las camionetas, los ruleteros, los carros y, como dije al principio, las motos en más bajo número. Las estrategias para entretenernos, sobre todo los niños y adolescentes, debían de recurrir a la creatividad para que los viajes, con todo lo que implican, fuesen menos complicados. Surgieron así los juegos dentro de los medios de transporte. Uno de ellos era concursar quién miraba más carros de la marca Volkswagen del modelo “Escarabajo”, que en Guatemala se llamó coloquialmente «cucarachita». Era común ver y escuchar a infantes, jóvenes y algunas personas adultas decir “¡Cucarachita!” cuando se identificaba uno de estos autos, ganando quien lograra detectar más.
También surgió el juego de los farolitos rojos o luces rojas, que consistía en señalar en donde había una de ellas que significaban venta de tamales o paches. Se gritaba “¡Luz roja!” o “¡Farolito rojo!”, ganando quien lograra decir más. Con esa lógica, se inventaron muchos juegos similares, adaptándolos cada grupo familiar o de compañeros de viaje. Podía ser con animales, colores y tipos de ropa o cualquier cosa que sirviera para la entretención.
También se recurría a contar historias, ciertas o de ficción, respecto a lugares por los que se pasaba. A veces eran anécdotas de los mayores, de alguien en especial o inventos para pasar el tiempo y hacer sorprendente y menos tedioso el viaje, pero podía tratarse de información histórica que al mismo tiempo educaba. Sólo el hecho de ver por la ventanilla despertaba la curiosidad del viajante, más si era niño, niña o adolescente. Algunas personas podían leer, siempre y cuando no les provocara mareo, o conversar, incluso si quien llevaban a la par era alguien desconocido. En múltiples ocasiones se cantaba, sobre todo en los buses escolares y en los carros de familia, surgiendo canciones comunes y hasta tradicionales para ese tipo de momentos. Asimismo, los juegos de manos sirvieron a veces para que el tiempo pasara más rápido, y, en última instancia, el sueño. Cuando los niños y las niñas empezaban a leer, el descubrimiento de palabras en la calle permitía que esto se volviese en otro recurso de recreación mientras se viajaba. En fin, eran otras épocas en las que el mismo avance del implacable tren del crecimiento urbano aceleraba, pero podíamos todavía recurrir a nuestra imaginación, poniendo a trabajar el cerebro de una manera lúdica que resultaba beneficiosa, a pesar de circunstancias difíciles.
Hoy, el contexto presenta cambios que complican muchas circunstancias. La cantidad de tiempo que pasamos en el tráfico vehicular en la Ciudad de Guatemala es cada vez más y empeora nuestra calidad de vida, aunado al hecho de que el transporte público es insuficiente y son grandes cantidades de personas las que deben de recurrir a vehículos inseguros. Para agravar la situación, pasamos del juego de las cucarachitas a las pantallas, siendo los niños y las niñas quienes más resultan afectados. Muchos carros traen ya instaladas pantallas para conectar los millones de enlaces con los cuales se acceden a películas, vídeos y otras imágenes que mantienen a los pequeños en un estado de hipnosis y sobre estimulación, provocando problemas en el cerebro que se traducen en la mente, en las emociones y en la conducta. Como otra de las trampas del llamado «progreso» en clave del consumo, muchas personas han caído en la trampa de recurrir a las diversas pantallas: tabletas electrónicas o tablets, teléfonos celulares o las instaladas en el carro para «entretener» a los niños y a las niñas, así como a los y las jóvenes mientras se viaja en cualquier tipo de auto. Lo mismo sucede en otros espacios, lo cual profundiza el individualismo y reduce la creatividad.
En las salas de espera o en una casa que se visitaba, generaciones anteriores debían buscar con qué entretenerse: se leía lo que hubiese y se jugaba con recreación inventada o conocida, resultando como juguete cualquier cosa al alcance. Incluso la música se compartía, hasta que surgieron los audífonos, que con el objetivo de que en algunos casos no se generaran molestias con los sonidos, cada persona pudiera escuchar lo que quisiera sin interrumpir a los demás. Sin embargo, en un viaje todos escuchaban la radio o el casete (cassette) que había; o bien, se cantaba de manera colectiva. Hoy es común observar que en un mismo vehículo puede ir una familia en la que varios de sus integrantes pueden ir aislados a través de la pantalla o de los audífonos. Sucede así también en restaurantes, cuando en una misma mesa cada comensal está absorto en su teléfono, sin compartir con quien o quienes le acompañan. Se ha pasado de juegos simples como el de la cucarachita a las pantallas; esto es parte de la preocupante realidad que se justifica con que se trata de un importante avance.
No cabe duda de que lo es, pero esto no significa que no abordemos las contradicciones que contiene. La clave, como en todo, está en el valor de uso y no como lo intenta imponer el sistema capitalista. El uso de las pantallas debe ser regulado y hoy cada vez más. Y si se trata de un viaje, a pesar de los problemas de movilidad que sufrimos todos los días, podemos recurrir al aprovechamiento de la creatividad que surtirá mejores efectos ante esa problemática compleja de la aceleradísima dinámica en que estamos todos los días. El cerebro nos lo agradecerá y nuestro espíritu también.
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